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se acercó al aparador del vestíbulo y le enseñó la abaya que le había regalado su madre tirándola al suelo con rabia. Después de pisotearla le espetó:
—Esto es para tu querida mamá, para que se lo devuelvas antes de que lo haga trizas, pero ¿quiénes os habéis creído que sois todos en tu familia, los Kennedy de Oriente Medio?
—y en ese punto ya había perdido el control completamente y no sabía ni lo que decía—.
¿Y qué tenías pensado esta noche, que es nuestra noche de bodas, hacerme el amor y después irte corriendo en cuanto amaneciera?
—Ojalá todo pudiera ser diferente, pero tengo otra esposa que está muy enferma y me necesita más que nunca, así que sí, por supuesto que me iré al amanecer, pero no solo porque es mi obligación para con ella como marido,
sino también porque quiero estar allí cuando se despierte y no tenga fuerzas ni para ponerse en pie, ¿tan terrible te parece eso?
—le respondió Faysal cada vez más enfadado.
Entonces Lola, presa de la ira, en gran parte consigo misma por ser tan insensible y egoísta, y con lágrimas en los ojos, se lanzó a él con la mano abierta, pero Faysal la vio venir y paró el golpe sujetándole el brazo con fuerza.
—Que sea la última vez que te atreves a levantarme la mano, porque ya es la segunda vez que lo haces, y la tercera que lo intentes créeme que voy a ser implacable en mi castigo.
Tendré que disciplinarte aunque me vea obligado a hacerte daño —le advirtió sin levantar el tono de voz pero con mucha determinación—.
Como esposa mía que eres me debes obediencia, y te aseguro que no voy a tener ninguna misericordia contigo hasta que aprendas a respetarme, a mí y, por supuesto, y por encima de todo, a mi madre.
—¿Tu madre? ¡Tu madre es la que ha venido a faltarme al respeto a mi casa ofreciéndome una abaya como regalo de bodas sabiendo que soy cristiana, católica y romana!
¿Qué es lo que tiene tu madre, muy mala leche o un retraso mental acusado?
—gritó—. Pero, por Dios, ¿quién se ha creído esa señora que es? —le dijo escupiendo sobre la abaya.
Y en ese momento Faysal ya no quiso aguantar ni una sola ofensa más.
Se fue andando a paso rápido hacia la cocina y volvió rojo de furia con una gran cuchara de madera de las que se usan para remover los guisos, que Lola contempló con extrañeza y estupor poniéndose de repente a temblar de miedo.
Sin decirle ni una sola palabra, Faysal la tiró sobre el sofá, la sujetó fuertemente con sus piernas, le levantó la falda, le arrancó las bragas y comenzó a azotarla en el trasero una y otra vez…
Lola, indefensa y sintiendo un dolor insoportable chilló y lloró de odio y de impotencia durante largo rato, cada vez que la cuchara alcanzaba sus nalgas, que fueron muchas, ¿diez, quince, veinte?
Y en cada uno de los azotes creía que no iba a poder aguantar el siguiente, pero él la seguía teniendo inmovilizada con su cuerpo y ella no podía evitar tratar de encogerse inútilmente cuando sentía que la madera volvía a elevarse y anticipaba con terror otro golpe proferido con saña sobre su piel.
Sus gritos, efectivamente, se oyeron hasta en Arabia Saudita.
Tras los primeros varazos, realmente duros y enérgicos, poco a poco el castigo fue perdiendo rigor y la azotaina se fue apaciguando, hasta que finalmente Faysal dejó aquel palo de madera en forma de cubierto sobre la mesa del salón,
la abrazó con todo su cuerpo sin dejar de tenerla firmemente sujeta y le susurró al oído con la voz quebrada:
—Perdóname, mi amor, por favor, perdóname, no quería hacerte daño —Lola no podía parar de sollozar y temblar con fuertes espasmos.
Era la primera vez en toda su vida que alguien le ponía la mano encima y la paliza había sido descomunal—, te quiero, eres mi vida entera, y lo último que quería era herirte, pero es que no me has dado otra opción…
Lo siento, cielo, lo siento de verdad —le decía cariñosamente Faysal besándola en el cuello y en la cara para tratar de limpiar así sus lágrimas.
—¡Vete, lárgate de aquí! ¡No quiero volver a verte nunca más, te odio, te odio con todas mis fuerzas! —le gritó Lola entre hipidos, pero él no hizo ningún amago de soltarla, al contrario, apretó sus piernas alrededor de las suyas aún más fuerte.
Entonces, y sin dejar de decirle ni un segundo cuánto la quería, arrastró su cuerpo sobre el de ella hasta que sus mejillas se colocaron sobre su trasero (que a esas alturas había adquirido un sorprendente parecido con la bandera de Japón) y lo besó tiernamente tratando de calmar con su lengua el
ardor de aquellas marcas rojas en su piel.
Ella le repetía llorando que le odiaba y que se fuera de allí, pero él la seguía reteniendo sin permitirle moverse ni un milímetro, y continuó acariciándola tranquilamente y con mucha dulzura, tomándose su tiempo.
A continuación y en un gesto muy hábil, le dio la vuelta a Lola y rozó suavemente con sus labios sus muslos, muy despacio primero y cada vez más rápido hasta sumergir con violencia su lengua entre ellos.
Y aunque Lola no cesaba de insultarle de toda las maneras y en todos los idiomas posibles Faysal supo que su cuerpo decía lo contrario.
La penetró allí mismo, en el sofá, con la cuchara de madera a la vista de ambos y la chaqueta de su traje de Chanel todavía puesta, provocando en su segunda esposa un intenso y profundo gemido de placer que a Lola le salió de las entrañas recorriendo en un escalofrío de gozo casi inaguantable todo
su cuerpo, como si de una descarga eléctrica se tratara, desde el último cabello de su cabeza hasta los dedos de los pies.
Él la contempló aullar de placer con un gran orgullo y una profunda satisfacción, todavía dentro de ella, y luego fue saliendo de su cuerpo lentamente, besó su boca y su cara encharcada en lágrimas, la cogió en brazos y la subió en volandas por las escaleras hasta el tercer piso.
Ya en el dormitorio la colocó con mucho cuidado sobre la enorme cama matrimonial, que también tenía dosel y sábanas de hilo, la desnudó, dedicó unos minutos a admirar su espléndida figura y volvió a hacerle el amor suavemente y muy despacio una y otra vez de la manera más tierna, dulce y cariñosa,
hasta que los primeros rayos de sol se colaron por la ventana.