Cartas desde Dubái 9 #2
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Lo que no se imaginaba Lola era que no se trataba de una metáfora.

Aunque por razones bien distintas, aquella noche sus gritos sí se iban a oír en el país vecino.

Sin darle opción a réplica, la acompañó a su coche y se despidió de ella con un escueto «Hasta dentro de unas horas», a lo que añadió en un tono más bajo para que no lo oyera el chófer, y con un gesto muy pícaro: «Me muero de ganas de lamerte de arriba abajo como si fueras un helado de fresa».

Después le cerró la puerta y corrió hacia su Porsche Cayenne que conduciría él mismo a la oficina.

Irresistible, así era su marido, y Lola repitió esa palabra varias veces, «marido», y le encantó cómo sonaba.

Cuando recogió a sus hijos en el colegio ambos parecían bastante contentos, lo cual relajó a Lola bastante. Los dos preguntaron por Faysal.

—Faysal hoy no va a poder venir a casa porque tiene muchísimo trabajo, pero mañana os prometo que pasará toda la tarde con vosotros —a los dos se les torció un poco el gesto—. Pero contadme qué tal en el cole, ¿os ha gustado la profesora, habéis hecho algún amigo?

En el camino de vuelta, mientras escuchaba las andanzas de los niños en su primer día, se preguntó cómo podría explicarles que su mamá acababa de casarse, pero que su marido también estaba casado con otra mujer.

«Tiempo al tiempo, por ahora Faysal va a ser solo un amigo y más adelante ya veremos…» , pensó.

Al llegar a casa, el cocinero libanés había preparado una estupenda merienda que los niños devoraron, y le preguntó a Lola a qué hora quería la señora que sirviera la cena y si tenía alguna preferencia.

Y Lola, que se estaba volviendo pijísima a pasos agigantados, le contestó que sus hijos cenarían a las siete, pasta a la boloñesa, y el señor y ella a las nueve en punto, algo francés, preferiblemente.

Mientras los niños hacían los deberes, aprovechó para llamar a Fhadila, que nada más descolgar el teléfono la felicitó cariñosamente por la boda y le aseguró que se encontraba perfectamente: «Muchísimo mejor que ayer, es que tanto niño junto me cansa…»

, aunque Lola volvió a notar un ligero tartamudeo en su voz (uno de los síntomas de la ELA).

Fhadila aprovechó su llamada para invitarlos a almorzar a ella y a sus hijos ese mismo viernes: «Cuando volvamos de la mezquita, para que conozcas mi casa y celebremos en familia el feliz acontecimiento», le dijo, invitación que Lola aceptó encantada.

Después, cuando se estaba preparando un baño con sales, sonó su móvil de última generación, regalo de su marido, en el que Fhadila había introducido los contactos de ella misma, Faysal, Samira y hasta la suegra, y en la pantalla apareció un número que empezaba por 04, es decir,

una línea fija de Dubái que no conocía.

—Buenas tardes, ¿la señora Al Mubarak, por favor? —preguntó una voz masculina con un ligerísimo acento árabe.

Y Lola tardó en contestar, porque se le hacía aún muy raro que se dirigieran a ella con ese título.

—Sí, sí, soy yo, Lola. ¿Con quién tengo el placer de hablar?

—Encantada de saludarla señora Al Mubarak, espero no haberla interrumpido en nada importante. Mi nombre es Mahir al Gazali y soy socio del despacho de abogados que defiende los intereses de su familia, ¿es este un buen momento para hablar? —inquirió con una educación exquisita.

—Sí, por supuesto, le escucho, ¿de qué se trata? —preguntó Lola con gran curiosidad.

—Si no le importa y tiene tiempo ahora mismo, podría acercarme a su casa en media hora aproximadamente. Me ha sido encomendado que le detalle los derechos adquiridos como consecuencia de su nuevo estado civil y sería para mí un honor poder hacerlo en persona.

Así que Lola quitó el tapón de la bañera y se sentó en el jardín con su traje de Chanel a esperar al misterioso letrado bebiendo una taza de té marroquí que desprendía un agradable aroma a menta, mientras sus hijos se bañaban en la piscina,

Unos cuarenta y cinco minutos después llegó el tal Mahir (que significa «hombre honorable y valiente»; le chiflaba eso de que cada nombre árabe expresara un concepto o un calificativo concreto), vestido con traje y corbata oscuros, portando un maletín negro,

secándose el sudor de la frente con un pañuelo de hilo con sus iniciales bordadas y disculpándose reiteradamente por la tardanza: «Es que a estas horas la carretera Mohammed bin Zayed está siempre colapsada».

Aceptó un refresco y en menos de una hora le dio a la nueva señora Al Mubarak la bofetada de prosa que consciente o inconscientemente Lola se había negado a recibir hasta el momento de estar ya casada con Faysal.

A partir de ese día viviría en una casa que era exactamente igual de grande que la de Fhadila, conduciría dos coches del mismo valor que los de ella y recibiría un sueldo mensual, excluyendo gastos corrientes de la casa, salarios de los empleados (tres doncellas, chófer, jardinero,

cocinero y dos cuidadoras para los niños), comida y tasas escolares que ascendería a cincuenta mil dírhams mensuales (es decir, doce veces más de lo que cobraba en la empresa de seguros de Madrid por dejarse las pestañas de ocho de la mañana a tres de la tarde).

Hasta ahí era todo más o menos previsible, pero después vino el meollo de la cuestión:

—Su marido, Faysal Al Mubarak, tiene la obligación de, tal y como estipuló el Profeta, tratar a todas sus esposas con ecuanimidad, por lo que a partir del día de hoy, su noche de bodas, podrá disfrutar de usted, señora, hasta el amanecer del día de mañana,

en que estará obligado a dedicar el siguiente día y el resto de la noche a su primera mujer, y así consecutivamente y siempre que no tenga obligaciones laborales en el periodo que a usted o a ella le corresponda.

Según las enseñanzas del Corán, tanto la compañía como la energía sexual deben repartirse de la misma manera entre las mujeres que hubiera tomado como esposas sin beneficiar a una sobre otra.

Y en ese punto, y ante la cara de asombro de Lola, el abogado en cuestión se permitió parafrasear al propio Mahoma asegurando:

Quien tenga dos esposas y favorezca a una sobre la otra llegará al Día de la Resurrección con uno de sus lados caído…

—¿Tiene usted alguna pregunta, señora Al Mubarak?

—preguntó el «hombre honorable y valiente».

Pero como Lola estaba atónita y muda, y hubiera deseado estar sorda también, el abogado, que consideraba que ya había cumplido con su deber y estaba deseando largarse de aquella casa cuanto antes, añadió ante la falta de respuesta—:

Y aquí está su apunte de diez millones de dólares en la cuenta de la Unión de Bancos Suizos, tal y como ordenó su padre y negociamos con su abogado, el honorable Silverio Ramas Rombo —le dijo entregándole el documento que acreditaba el ingreso de esos diez millones de dólares a su nombre—.

Ahora, si me lo permite, y a no ser que tenga alguna duda que resolver, me retiro, que ya es tarde e imagino que el señor no tardará en llegar —se despidió entregándole una tarjeta con su nombre,

el nombre del bufete y su número de teléfono directo además del de su móvil— por si en los próximos días considera que hay algún extremo que deba aclararle, lo cual haré con gusto.

Estaré siempre a su disposición, señora Al Mubarak, y permítame reiterarle mi más sincera enhorabuena por su casamiento.

—Cogió su maletín y salió por la puerta bastante azorado.

En cuanto aquel señor sudoroso salió por la puerta, Lola gritó a sus hijos:

—Subid arriba a dormir ya, que mañana hay colegio.

Hoy no quiero ni media tontería, ¡a apagar la luz inmediatamente!

—Y Diego y Alejandro, que para nada estaban acostumbrados a que su madre les levantara la voz, se fueron a la cama, cerraron la puerta de sus respectivos dormitorios algo asustados y apagaron la luz sin atreverse a decir ni una sola palabra.

De todas formas y tras las emociones de su primer día de colegio estaban agotados y ambos cayeron rápidamente en los brazos de Morfeo.

Apenas quince minutos después, el cocinero libanés le anunció que la cena estaba servida en el comedor, y Lola, sin dirigirle la palabra, acudió a la puerta principal, donde acababa de oír a Faysal (cuyo nombre, por cierto, en árabe significa «firme») girar la llave.

—¿Se puede saber qué significa esto? —le gritó nada más verle enseñándole el documento bancario ante la cara de asombro de su marido—.

¿Es que en algún momento habías pensado que me podías comprar, tú te crees que soy una prostituta de lujo?

Yo no tengo precio, y si lo tuviera te aseguro que tú jamás podrías pagarlo, ¡no eres más que un nuevo rico paleto convencido de que todo lo puedes conseguir con dinero!

Faysal se acercó a ella con toda la calma de la que fue capaz y trató de tranquilizarla.

—Por supuesto que ni eres ni te he considerado eso nunca.

No te permito que vuelvas a emplear esa palabra jamás refiriéndote a ti, porque ahora eres mi mujer y si lo vuelves a hacer me estarás insultando también a mí —le contestó de manera autoritaria—.

Por favor, mi amor, tranquilízate, tú sabes cuánto te quiero, creo que a estas alturas ya te he demostrado que eres el amor de mi vida, que haría cualquier cosa por ti —añadió de una manera más suave ahora y tratando de abrazarla, abrazo que ella rechazó con desprecio—.

Ese dinero no significa nada para nosotros, es una cantidad que exigió tu padre para garantizar tu seguridad económica en el futuro y, cuando tu abogado estableció ese requisito para que se celebrara nuestro matrimonio, yo no puse ninguna objeción.

De hecho me pareció una buenísima idea porque aún no hemos concebido hijos propios y para mí también es importante que estés protegida por si algún día, y eso solo está en manos de Alá, me ocurre alguna desgracia.

En ese caso, bajo ningún concepto, querría dejaros a ti y a Alejandro o Diego desamparados…

Entonces Lola, que estaba completamente fuera de sí, nada convencida con el argumento de Faysal y absolutamente indignada con su padre por haberle puesto un precio, y con su marido por haber accedido a pagarlo como si ella fuera una mercancía,