Cartas desde Dubái 9
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Lola durmió toda la noche de un tirón y cuando se despertó la nanny filipina ya estaba dando el desayuno a los niños en la «isla» de la amplia y luminosa cocina de diseño italiano.

No cabía duda de que alguien, seguramente Fhadila, había instruido a su servicio acerca de los horarios y las tareas de la casa, porque Diego y Alejandro estaban duchados,

peinados y vestidos con el uniforme de su nuevo y prestigioso colegio de currículum británico al que les habían «colado» en las largas listas de espera de años que había para conseguir plaza.

«Después la llamaré para saber cómo se encuentra y darle las gracias por todo», se prometió a sí misma.

Había aprendido muy pronto a querer a esa mujer (ahora comprendía a Faysal) tan buena y generosa, siempre pendiente del bienestar de Lola a pesar de su cruel enfermedad.

«Me queda menos de un año», le había confesado aquella mañana en El Retiro, y a Lola se le cayó el alma a los pies al constatar que aquel ser humano tan extraordinario solo era ya dueño del reloj, mientras que era ella la que contaba con el tiempo.

A los niños no les hacía ninguna gracia tener que empezar el curso escolar en un nuevo centro al que llegaban tarde y en el que no tenían ningún amigo, pero Lola trató de animarlos como pudo,

consciente del sacrificio que los había obligado a hacer al despedirse de los compañeros del colegio de Madrid.

—Vais a ver cómo os encanta este nuevo colegio.

Tiene piscina, campo de fútbol, de baloncesto…

Es enorme y todos los niños están deseando conoceros y jugar con vosotros —pero ellos seguían haciendo mohines y Alejandro hasta un puchero—.

Estoy segura de que os va a gustar un montón; y podréis invitar a casa a los niños con los que os llevéis mejor para montar en los coches o bañaros en la piscina todos los fines de semana que queráis, siempre y cuando hayáis hecho los deberes, claro.

Después colgaron sus mochilas (hasta de comprar los libros y el material escolar se había preocupado Fhadila) y se subieron en el Lexus junto a su madre mientras Nabil, su nuevo chófer paquistaní, arrancaba el motor.

La escuela estaba a apenas diez minutos de su casa (Lola recordó que cuando vivió en Dubái por primera vez no consiguió plaza en ninguna cercana a su domicilio y tenía que hacer kilómetros y kilómetros todos los días) y la verdad es que tenía una pinta fantástica.

Acompañó a sus hijos a cada clase, saludó a las profesoras inglesas y les solicitó una tutoría para la semana siguiente, ya que el curso había empezado hacía un mes y quería saber cómo podía ayudar a los niños a ponerse al día,

máxime cuando a partir de ahora tendrían que estudiar en un idioma que no era el suyo.

Los niños se quedaron algo tristes en sus asientos y ella les prometió que vendría a buscarlos por la tarde y que Faysal los esperaría en casa para jugar con la PlayStation o con lo que ellos quisieran, lo cual los dejó bastante más tranquilos,

porque no cabía duda de que el que en muy pocas horas se convertiría en su marido era muy niñero y sabía cómo ganarse el cariño de Alejandro y Diego.

Ya en casa se duchó, se aplicó en todo el cuerpo la crema hidratante de su perfume favorito (últimamente se había decantado por Cristalle Eau Verte), se puso un precioso conjunto blanco de lencería de Victoria’s Secret muy sexy,

y el elegante traje de chaqueta en tono crudo de Chanel que Faysal le había regalado.

Después se subió a los tacones de sus nuevos Manolos color tierra y se maquilló cuidadosamente.

Hoy se iba a casar y quería impresionar al hombre tan excepcional del que estaba enamorada hasta la médula y al que se había jurado que iba a hacer muy feliz, porque se lo había ganado con creces después de todo lo que había luchado para que llegara este día,

y porque ella también se merecía ser por fin feliz.

Ya lista y algo nerviosa por la emoción, bajó las grandes escaleras de madera con forma de caracol y en el vestíbulo de la entrada se encontró con un espectacular centro de flores blancas y una caja roja envuelta con un lazo. Rasgó el sobre atado al ramo y leyó la tarjeta:

Disfruta de tu gran día, Lola, gracias por hacer feliz a Faysal. Fhadila

Acto seguido abrió la caja de terciopelo rojo y se quedó totalmente fascinada al ver una espléndida pulsera de oro blanco y brillantes de Cartier, en cuyo interior Faysal había mandado inscribir la fecha de aquel día y la frase:

Siempre te querré

En ese momento Lola se alegró enormemente de haber escogido la máscara resistente al agua para sus pestañas y se subió al coche para convertirse en la segunda mujer de Faysal Al Mubarak, el amor de su vida, porque eso ya no había Dios o Alá que pudiera cambiarlo.

En el trayecto a la Corte de Dubái (había un tráfico tremendo y por muy potente que fuera el vehículo todavía no podía volar), se acordó de la magnífica película de Robert Zemeckis, especialmente de la famosa frase que pronunciaba en ella el oscarizado Tom Hanks:

«La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar…»

, aunque todavía le gustaba más, porque se aplicaba con mayor precisión al momento que le estaba tocando vivir, la reflexión de Forrest Gump acerca de las vueltas que da la vida: «Yo no sé si todos tenemos un destino, o si estamos flotando casualmente como en una brisa.

Pero yo creo que pueden ser ambas, puede que ambas estén ocurriendo al mismo tiempo».

Lola se preguntó cómo podía haber pasado en menos de medio año de ser una chica introvertida, solitaria, profundamente triste y con graves problemas psicológicos a una mujer segura de sí misma, rodeada de cariño y más contenta de lo que nunca hubiera podido soñar.

¿Estaban los acontecimientos cambiando tan solo las circunstancias de su vida o también la estaban convirtiendo a ella en una persona completamente diferente?

¿Se trataba de felicidad genuina lo que estaba sintiendo o únicamente era una euforia artificial en el sentido más etimológico de la palabra?

Como si los locutores de la emisora Dubai 92 le hubieran leído el pensamiento, anunciaron a los The Verve con su Bittersweet Symphony y esbozó una sonrisa al escuchar la letra: «I am a million of different people from one day to the next, I can’t change my molde» (es decir:

«Soy un millón de personas diferentes de un día para otro, no puedo cambiar mi molde»).

Faysal la estaba esperando en la puerta del impresionante edificio blanco de altísimas columnas y ventanas ajedrezadas de la Corte de Dubái (los Emiratos de Dubái y Ras Al Khaima no se adhieren al sistema judicial federal) presidido en la parte superior derecha por un enorme dibujo circular de la

balanza que simboliza la Justicia.

Nada más verla llegar se apresuró a abrirle la puerta, la ayudó a bajar del coche y le dijo que estaba absolutamente preciosa: «Todavía no me puedo creer que vayas a convertirte en mi mujer, hoy es el día más feliz de mi vida».

A continuación le presentó a su padre, el poderoso Jamal Al Mubarak (que en árabe significa guapo y era más que eso; a pesar de la edad, unos setenta calculó, era aún más atractivo que su hijo), que la miró directamente a los ojos con una mirada penetrante que Lola no supo descifrar,

y le ofreció su mano para apretarle la suya tan fuerte que casi le hizo daño.

Era un hombre que imponía el tal Jamal, de eso no cabía la menor duda.

La ceremonia ante el Tribunal del Estado Civil (que no podrían ratificar en el Consulado porque ese matrimonio nunca podría ser legal ante el Gobierno español) se desarrolló íntegramente en árabe (Lola rechazó la presencia de un intérprete porque para ella se trataba de un mero trámite sin validez)

y en cuanto el juez los nombró marido y mujer, Samira, que había acudido como testigo junto a Alí, le dio un beso en la mejilla susurrándole: «Nunca podré agradecerte lo que acabas de hacer por mi hermana».

Jamal, por su parte, les dio la enhorabuena en un tono de voz muy alto, grave y neutro, y después se dirigió específicamente a su hijo: «Nos vemos en quince minutos en mi despacho», tras lo cual salió con paso firme de la sala.

Entonces su amiga, siempre muy discreta, decidió retirarse: «Nosotros también os dejamos solos, muchas felicidades», y su marido apretó la mano de Faysal antes de salir, mientras la española aprovechaba para agradecerle personalmente todas las gestiones realizadas para lograr su indulto,

a lo que él le contestó:

—Me lo pidió Samira y a ella no le puedo negar nada, pero espero sinceramente que no te vuelvas a meter en ningún problema, porque no ha sido nada fácil limpiar tu historial delictivo para que hoy puedas estar aquí casándote con mi gran amigo —y se lo dijo de una manera muy seria y circunspecta,

como si fuera una reprimenda.

Cuando ya todos habían abandonado la habitación, Lola se quedó mirando a su recién estrenado marido unos minutos sin saber qué decir, y él, sonriendo y sin mediar palabra, le hizo un gesto para que le acompañara a la salida.

Una vez en la calle, y sin haberla tocado aún, porque ni siquiera le había dado un beso tras la ceremonia, le aseguró:

—Te quiero, mi amor, y ahora sí tengo la bendición de Alá y el permiso de mi Gobierno para hacerte mía. No veo la hora de que llegue esta noche…

—¿Esta noche? ¿Pero no nos vamos ahora a casa juntos? —le interrumpió ella visiblemente enfadada — le he prometido a los niños que esta tarde los iríamos a buscar al colegio y jugarías con ellos…

—No, cariño, ya has oído a mi padre; me tengo que ir a trabajar ahora mismo.

Esta tarde tengo que recibir a unos inversores americanos y la reunión se va a alargar—, le contestó con mucha dulzura—, pero elige la botella de vino que más te guste de la bodega del sótano y dile al cocinero que prepare un menú muy rico para dos.

Yo llegaré a casa sobre las nueve y te prometo que después de cenar te voy a poseer tantas veces y de tantas maneras que tus gritos de placer se van a oír en Arabia Saudita —le dijo,

consiguiendo que ella se derritiera (a primeros de octubre y a mediodía seguía haciendo todavía un calor sofocante en Dubái).