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En una visita guiada por Fhadila, que le pidió permiso para subir al tercer piso en el ascensor («perdóname, es que cada día estoy más cansada, ya no tengo fuerzas ni para subir las escaleras…»
), comprobó que el tal Guillermo había hecho un trabajo excepcional decorando su nuevo hogar con muebles coloniales, tonos ocres en las paredes, mullidos sofás de cuero desgastado y, en definitiva, una sencillez con clase de estilo europeo, afortunadamente muy alejada del recargamiento árabe.
Realmente le estaba maravillando todo lo que veía y no puso ni un solo pero.
Ni en sus mejores sueños podría haberse imaginado que algún día viviría en semejante mansión a la que Downtown Abbey no tenía nada que envidiar.
Conocer finalmente a los hijos de Faysal y Fhadila también constituyó una grata sorpresa, se encariñó con ellos nada más verlos, y Diego y Alejandro también: «Tenéis que cuidar mucho de vuestros nuevos primitos», los advirtió Lola.
Diego, muy efusivo, enseguida les dio un beso y un abrazo mientras Alejandro los invitaba a subirse en su nuevo Range Rover (porque el cochecito en cuestión era una copia exacta de ese modelo en tamaño infantil) sentándolos a ambos, con ayuda de la cuidadora, en el asiento de atrás.
—¿Queréis que os lleve a comer un helado?
—preguntó al simpático Abdul (que era una copia exacta de su guapísimo padre y que pronto cumpliría tres años) y al monísimo Hassan (un bebote moreno, gordito y con el pelo muy rizado, más parecido a Fhadila, que en febrero cumpliría dos y aún llevaba un voluminoso pañal),
señalando el puestecito de helados decorado en tonos pastel que habían colocado para la ocasión bajo la sombra de un árbol.
—Vale, pero yo me llevo a Leila a ver el atardecer, adelante lady —le dijo Diego a la hija de Samira, que había sido su compañera de clase años atrás y de la que todavía se acordaba— y le abrió la puerta del jeep en miniatura regalo de Faysal, provocando la risa de las tres amigas.
Con el sol cayendo sobre el inmenso jardín y los niños supervisados por las nannies filipinas, Lola se sentó en el porche a disfrutar de una limonada bien fría con su nuevo y selecto grupo de amistades.
A muchas las conocía porque había tomado el té con ellas en casa de Samira tiempo atrás; todo era absolutamente perfecto, excepto porque Faysal no estaba allí.
A eso de las siete de la tarde, cuando la mayoría de las madres y niños ya se habían ido a sus casas reiterándole la bienvenida y prometiéndole un sinfín de invitaciones en los próximos días para visitar sus respectivos domicilios, apareció Aasiyah,
la madre de Faysal y futura suegra de Lola (su nombre, como averiguaría esa misma noche, le venía al pelo, pues significa «reina de una poderosa dinastía»).
Aasiyah traía una gran bolsa de boutique con letras árabes.
Todas (la esposa de su marido, su amiga y su futura cuñada) se levantaron nada más verla y con mucho respeto se acercaron a saludarla, ademán que Lola se apresuró a imitar diligentemente.
Se trataba de una mujer de gran belleza, de algo menos de sesenta años y cuya rotunda presencia lo inundaba todo.
—No, por favor, Fhadila, no te levantes, debes descansar todo lo que puedas, siéntate, querida —fue lo primero que dijo Aasiyah sin ni siquiera mirar a Lola—. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Muy bien, muchas gracias, hoy es un día muy especial para mí, ahora que por fin tenemos a Lola y sus hijos entre nosotros —le contestó dulcemente.
—¿Qué tal ha ido el viaje, Lola? Encantada de saludarte —aunque no parecía en absoluto encantada… —Te he traído tu regalo de bodas —añadió con frialdad entregándole la gran bolsa que llevaba consigo— y a tus hijos unos dulces, ¿serías tan amable de pedirles que vengan a saludarme?
Y Diego y Alejandro se acercaron, dijeron «hello, nice to meet you» a su nueva abuela y pidieron la aprobación de su madre antes de aceptar los chocolates que la señora les ofreció dándoles un beso a cada uno, pero un beso sincero y afectuoso de verdad,
todo lo contrario de cómo había tratado a Lola tan solo unos minutos antes.
—Bueno, Lola, supongo que no te importará dar un paseo conmigo por tu nuevo jardín, ¿verdad?
—y Lola buscó con los ojos a Fhadila suplicando su ayuda, porque aquella mujer le daba un poco de miedo, pero ella enseguida interceptó el cruce de miradas y comentó—: Espero que no haya necesidad alguna de molestar a la esposa de mi hijo, que como tú comprenderás,
en su estado no le conviene nada cansarse.
Y a Lola no le quedó otra que armarse de valor y dar un paseo, bastante corto, por cierto, porque su suegra era una persona muy directa de las que necesitan muy pocas palabras para decir exactamente lo que quieren dejar cristalino. La conversación fue más o menos así:
—Espero que te haya complacido la casa que mi hijo ha comprado para ti, Lola.
—Por supuesto que me gusta, es asombrosa, nunca había visto nada igual —le contestó ella sin mentir ni un ápice y tratando de ser lo más educada posible.
—Pues, ya que ahora vas a vivir en una casa digna de una Al Mubarak, espero que tu conducta te haga merecedora de llevar este respetable apellido —le espetó con desprecio.
Y tal vez porque Lola llevaba muchas horas de pie y el viaje había sido muy largo a pesar de su suite, o porque había vivido demasiadas emociones y demasiado intensas en un solo día, no fue capaz en ese momento de morderse la lengua y contestó:
—Es para mí un gran honor pasar a formar parte de esta familia, señora, y mi conducta le aseguro que siempre será respetable porque yo soy y siempre he sido una persona muy respetable, no tenga ninguna duda de ello.
A lo que Aasiyah le replicó con un rencor ácido que le salió directamente del estómago, como si estuviera vomitando bilis:
—Señorita Goizueta, el Gobierno de mi país no ha considerado su comportamiento digno en absoluto, mucho menos respetable, y por ello la condenó a tres años de cárcel, sentencia que no cumplió íntegramente solo porque tuvo la suerte de toparse con una persona, mi maravilloso hijo Faysal,
al que quiero con toda mi alma y cuyo corazón es demasiado misericordioso.
Ha cegado por completo a mi primogénito y únicamente porque él y su bondadosa mujer nos lo han pedido reiteradamente a mi marido y a mí, hemos accedido, con todo nuestro pesar, a dar nuestra aprobación a este matrimonio.
Lo único que me importa es la felicidad de mi hijo y no voy a negar la última voluntad a una mujer buena y honesta que se está muriendo —sentenció—, pero que no le quepa la menor duda, señorita, de que si no se dieran ambas circunstancias nunca habríamos aceptado este matrimonio,
que gracias a Alá es el segundo de Faysal, por lo que le aseguro que a ojos de todos nuestros amigos la esposa de mi hijo seguirá siendo siempre Fhadila.
En ese momento, la propia Fhadila, que no perdía de vista la conversación y había notado perfectamente la tensión desde su sofá, se levantó para acercarse a ellas y tratar de calmar un poco los ánimos, porque en eso su suegra sí tenía razón:
no existía ser humano más bondadoso sobre la faz de la Tierra.
Pero las piernas le fallaron, y cayó al suelo redonda.
Todas, Aasiyah, Samira, su futura cuñada y ella misma, acudieron corriendo a socorrerla y a ayudarla a levantarse, pero la ELA ya estaba realmente avanzada y los músculos no le respondían,
así que su doncella acercó la silla de ruedas que estaba doblada en una esquina (era la primera vez que Lola reparaba en su presencia) y entre todas la ayudaron a sentarse en ella.
—Perdonadme, lo siento —balbuceó Fhadila arrastrando las palabras en un tartamudeo casi ininteligible.
—No te disculpes, querida —contestó la inefable suegra (para una española el nombre era bastante difícil de pronunciar)—, estás agotada porque has empleado demasiado tiempo y energía en preparar esta fiesta, así que ahora nos vamos todos a casa,
que Faysal te está esperando ansioso y muy preocupado por el gran esfuerzo que bajo ningún concepto tenías que haber hecho —y de un codazo apartó a la filipina para empujar ella misma la silla de ruedas.
Lola, muy impresionada (Fhadila había empeorado muchísimo desde su visita a Madrid hacía solo algo más de dos meses), las acompañó a todas a la puerta, pero solo hasta allí, porque no podía contener las lágrimas; enseguida se fue al interior de la mansión para romper a llorar.
Minutos después reparó en la bolsa del regalo de boda de su suegra y la abrió con gran curiosidad.
Desenvolvió el delicado papel de seda y contempló con estupor que le había regalado una abaya negra con las mangas bordadas en un dibujo color crema.
«Lo que me faltaba», pensó, y sin pensárselo volvió a envolver semejante prenda, la metió en la bolsa y corrió a la calle.
Fhadila ya estaba sentada en su asiento mientras la sirvienta filipina ponía a Adul y Hassan en sus sillitas de bebes y el chófer guardaba la silla de ruedas en el mismo modelo de Lexus con el que Faysal había ido a buscarla al aeropuerto.
En el asiento de atrás del otro coche, un espectacular Bentley con una matrícula de dos números, estaba la que al día siguiente se convertiría en su suegra, a la que Lola se acercó ofreciéndole su obsequio.
—Disculpe, señora, no sabe cuánto le agradezco su regalo, pero teniendo en cuenta que yo soy cristiana me temo que esta preciosa abaya, que no puede ser más bonita, por cierto, de ninguna manera me puede ser de utilidad a mí.
A lo que ella contestó muy digna:
—Quédesela, señorita Goizueta, le aseguro que la va a necesitar, y además mucho antes de lo que usted imagina, créame.
Y a continuación hizo un gesto a su conductor para que arrancara el motor y se despidió de Lola ondeando la mano como si de la reina de Inglaterra se tratara, aunque en este caso con abaya y niqab negros en vez de sombrero de floripondios histriónicos.