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Los niños se acordaban perfectamente de Faysal, así que «chocaron los cinco» con él en cuanto les ofreció la palma de su mano y se centró en volver a ganárselos desde el minuto uno,
a pesar de que no había pasado por alto el mohín de disgusto de su futura mujer cuando este no tuvo más remedio que rechazar su abrazo.
—¿Qué tal el vuelo, chicos, os habéis dado una ducha en el cielo? —les preguntó.
—No, nos hemos quedado dormidos después de desayunar y mamá no nos ha despertado hasta que hemos llegado a Dubái —le contestó Diego con cara de pena.
—Bueno, es normal que mamá os quisiera dejar descansar, sobre todo porque en cuanto lleguemos a vuestra nueva casa hay un montón de primos vuestros esperándoos para daros la bienvenida y jugar con los coches que os he comprado.
«Así que mis hijos ahora tienen primos, primera noticia», pensó Lola notando cómo su malhumor crecía por momentos.
—¿Nos has comprado un coche? —inquirió Alejandro con los ojos como platos, porque desde muy pequeñito, ahora ya tenía siete años, era un apasionado de cualquier vehículo que tuviera motor—. ¿Y va rapidísimo?
—A más de cincuenta kilómetros por hora, y no es un coche, sino dos, uno para cada uno —les aseguró Faysal sonriendo mientras se acercaban ya al Lexus 4×4 donde los esperaba con la puerta abierta un chófer perfectamente uniformado—.
Os va a encantar conducirlos en la pista de karts que os he construido en el jardín; eso sí, siempre con los cascos puestos y bien sujetos en la cabeza, ¿de acuerdo?
—¡Sí, sí, te lo prometo! —gritaron los dos al unísono contentísimos.
Ya en el coche, Faysal se sentó a su lado en los asientos del medio, mientras los niños se colocaban detrás y el chófer delante.
—No sabes lo feliz que estoy de que estés aquí, Lola —le dijo visiblemente emocionado cogiéndole la mano y besándosela con ternura—, mañana serás mi esposa y te prometo que no te vas a arrepentir de convertirte en una Al Mubarak.
—Después le susurró al oído—: Me muero de ganas de chupar cada centímetro de esa piel de porcelana que tienes y que me vuelve completamente loco, espero que no te atrevas a oponer ninguna resistencia, sería una pena tener que cambiar ese color tan blanco y delicado en otro tono más rojizo…
—y le guiñó un ojo mientras Lola notaba cómo se le subían los colores y creía que se iba a morir de placer allí mismo simplemente imaginándoselo.
Recordaba a Faysal como el amante más experto que hubiera conocido jamás y el hecho de saber que a partir de ahora podría disfrutar de él cada día y cada noche la obligó a descruzar las piernas en un movimiento instintivo mientras se le caían un par de gotas de sudor a pesar del potente aire
acondicionado del coche.
Cuando el conductor enfiló la principal arteria de la ciudad a toda velocidad (estaba claro que tenía autorización para recibir multas ilimitadas), Lola tuvo una sensación agridulce muy extraña al volver a contemplar la modernísima Sheikh Sayed Road flanqueada por aquellos impresionantes
rascacielos.
Aquella había sido la primera imagen que tanto la había impactado al aterrizar en Dubái cuatro años antes, y no pudo evitar estremecerse al rememorar el terror de la pesadilla que tuvo que vivir después.
Pero Faysal, al que no se le escapaba ni una, le acarició el brazo y le aseguró:
—Tranquila, cielo, todo va a salir bien, esta vez vas a ser muy feliz aquí, te lo prometo.
Tan solo quince minutos después de conducir como si se tratara del Gran Premio de Fórmula Uno de Abu Dhabi, el vehículo llegó a la preciosa zona residencial de Almanara, una de las preferidas por los locales para vivir,
con sus cuidados bulevares y a pocos minutos del lujoso hotel Burj Al Arab y de la preciosa playa de Jumeirah.
Segundos después, el conductor paquistaní accionó el mando a distancia y abrió una espectacular verja de hierro forjado con motivos árabes dejando paso a un auténtico palacio de tres pisos y otras dos casas adyacentes de menor tamaño:
—¡Bienvenidos a vuestro nuevo hogar! —les dijo Faysal.
—¡Ostras! —exclamaron los niños mientras Lola se quedaba con la boca literalmente abierta—. ¿Y esos dos chalés que hay a los lados, para quién son? —preguntó.
—La casa de la derecha es para los sirvientes masculinos (las mujeres tienen su propia zona de servicio dentro de la casa) y el pabellón de la izquierda es el majilis —le contestó complacido por la cara de sorpresa de la española.
—¿Y eso del majilis, qué es? —preguntó Lola.
—Es un pabellón donde reúno a mis familiares y amigos todos los miércoles, cenamos, charlamos, nos ponemos al día de los negocios y, en definitiva, pasamos un buen rato —le explicó él.
—¡Qué planazo, tenemos fiesta en casa todas las semanas! —exclamó ella, pero Faysal soltó una carcajada.
—Me temo, mi vida, que en esas reuniones solo están invitados los hombres; y de fiesta nada, que no hay ni una gota de alcohol de por medio; lo más fuerte que bebemos es el lemon mint —le aclaró—.
Pero tú no te preocupes, que podrás organizar todas las reuniones que quieras con tus amigas en el salón de la casa.
Por cierto, espero que te guste la decoración.
Fhadila ha contratado a Guillermo Blanco, un decorador español que trabaja en Emiratos, y ella misma ha supervisado personalmente todos y cada uno de los muebles que el interiorista ha elegido para ti.
Pero si algo no te gusta no te preocupes, lo cambias inmediatamente, puedes cambiarlos todos si quieres, queremos que te sientas como en casa, porque esta es tu casa y los dos queremos que estés muy a gusto en ella.
Palacio con jardín, pista de karts, sirvientes, decorador, majilis…
Lola empezaba a asimilar su nuevo estatus social y se sentía un poco abrumada, pero al mismo tiempo encantada de no tener que hacer limpieza de armarios en cada cambio de estación,
porque seguro que ahora hasta tendría un enorme vestidor donde admirar sus nuevos modelitos de Chanel (a nadie le amarga un dulce y Lola vocación de Cenicienta, para ser sinceros, nunca la había tenido).
Lo que menos gracia le hizo fue lo de «los dos queremos», pero más valía que se fuera acostumbrando a ello.
Además (cuanto antes empezara a ver el vaso medio lleno mejor para todos), daba gusto llegar a un nuevo hogar con todo listo y preparado.
El Lexus LX 570 aparcó entre otro exactamente igual, blancos los dos, y un Ferrari Italia amarillo alucinante.
—El grande es para llevar a los niños al colegio y el otro para cuando quedes con tus amigas —le dijo Faysal, y a Lola le temblaron las piernas.
Dos chicas y un chico, ambos de tez oscura, que estaban esperando en la puerta de la casa, acudieron corriendo al maletero después de decirle «Bienvenida, señora», muy bajito y sin mirarla a los ojos. Los niños se lanzaron también a la puerta.
—¡Ven mamá, vamos a ver los coches que nos ha comprado Faysal! —Así que Lola se apresuró a seguirlos, pero Faysal no hizo lo mismo, se quedó apoyado en el coche sonriendo al parecer muy divertido y con los brazos cruzados.
—Vamos, cariño, que los niños quieren que les enseñes sus nuevos juguetes —le animó Lola ofreciéndole la mano.
—Eso no va a poder ser, mi amor —le contestó—, Fhadila te está esperando dentro con Samira, la mujer de mi hermano y otras amigas.
Querían agasajarte con una pequeña merienda de celebración para demostrarte lo contentas que están de que hayas venido, y también han traído a sus hijos para que los niños tengan con quién jugar; estoy deseando que conozcas a Abdul y Hassan, mis hijos, estoy seguro de que los vas a adorar.
—Qué detalle que Fhadila y Samira hayan venido a recibirme, y no sabes la ilusión que me hace conocer por fin a tus hijos, pero, vamos, entra conmigo —insistió.
—Ya me gustaría, pero te aseguro que no puedo, cielo.
Es una reunión solo para mujeres, y si entro contigo todas se tendrían que poner sus abayas y mi presencia acabaría al instante con la fiesta.
Ya irás aprendiendo que nosotros, los hombres y las mujeres árabes, nos reunimos siempre por separado, cada uno por su lado.
—¿Queeeeé? —exclamó Lola—, ¡pero si acabo de aterrizar, no puedes irte el día que llego, no conozco a la mayoría de las personas que están en mi casa, no puedes irte!
—Después tomó aire y decidió que no podía quejarse nada más llegar (un nuevo vistazo al Ferrari ayudó bastante)—.
Vale, pues te llamo en cuanto se haya ido todo el mundo, que ojalá sea pronto.
Yo también me muero de ganas de tenerte enterito para mí esta noche, no te voy a dejar dormir ni un minuto.
—No sabes cuánto lo siento, cariño, pero por desgracia eso tampoco va a ser posible.
Hasta mañana no serás mi esposa, y estaría muy mal visto que pasara la noche contigo, así son las cosas en mi país.
Solo tenemos que esperar un día más, después seré tuyo para siempre, te lo juro —y Lola casi se echa a llorar—.
Por cierto, más tarde se pasará también mi madre a saludarte y darte la bienvenida, ¡que lo paséis fenomenal!
Mañana nos vemos en la Corte. ¡Ponte muy guapa!
Acto seguido se subió a su coche blanco y le lanzó un beso desde el asiento de atrás dejando a Lola con un palmo de narices.
La «pequeña merienda de celebración» resultó ser un bufé en una mesa del jardín para niños y adultos al que no le faltaban ni las manzanas de caramelo, un mago para entretener a los niños más mayores y un payaso para los pequeños, cientos de globos de colores, un castillo hinchable,
un enorme cartel que decía «Bienvenidos a Dubái, Diego, Alejandro y Lola» (escrito en español) y una treintena de niños tirándose por el tobogán de la piscina o haciendo carreras en los coches de la pista de karts;
hasta habían traído una granja «ambulante» para que los niños dieran de comer a los conejos, y un poni por si les apetecía dar un paseo por el kilométrico césped del inmenso jardín.
Pero lo mejor de todo fue el largo y cálido abrazo que recibió de Fhadila y Samira nada más verlas.
Fue entonces cuando Lola despejó sus dudas y supo que había hecho lo correcto.