Cartas desde Dubái 7 #2
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Para ello sacó de su bolso de Prada (otro de los regalos que le había hecho Faysal en los últimos días) la mil veces leída carta que Fhadila le había entregado en la puerta de su hotel de Alfonso XII a última hora de la tarde después de haber dado ambas de comer a los patos,

paseado en barca por el estanque, comido en Horcher, visitado el Museo del Prado y tomado el té en Embassy.

Su íntima amiga emiratí, Samira, había tardado tres años en contestar a Lola, pero la espera sin duda había merecido la pena…

Dubái, 17 de julio de 2018

Querida Lola:

En primer lugar, perdóname por haber tardado tanto en contestarte, pero mi esposo, Alí, me impuso esa condición cuando le rogué que ayudara a Faysal a conseguir tu liberación con todos los medios que estuvieran a su alcance.

Y después…, bueno, después, y como a estas alturas ya sabes, mi hermana se convirtió en su esposa y no habría sabido qué decirte…

No sé si me guardas rencor por tantos años de silencio, pero si es así espero que con la ayuda de Alá algún día sepas perdonarme.

Nuestra amistad es uno de los más preciados tesoros de mi vida y en todo este tiempo nunca he tenido ninguna intención de renunciar a ella, siempre has estado y siempre estarás en mi corazón.

Ya has conocido a mi hermana pequeña, Fhadila, y has escuchado de sus propios labios su ruego, el imperioso motivo que tiene para suplicarte que accedas a convertirte en la segunda esposa de su propio marido y las razones que por desgracia existen para que decidas si accedes o no a ello con tanta

premura; como imagino que ya te habrá explicado ella, su enfermedad avanza muy rápido y no le queda mucho tiempo…

El mayor deseo de Fhadila es llevarse a la Yanna (que es como nosotros llamamos al Paraíso), porque es la persona más buena y noble que haya existido jamás, la promesa de que Faysal será feliz junto a ti,

y que sus hijos tendrán una madre al que su padre adora (ella sabe que nunca ha dejado de hacerlo), que podrán crecer, en definitiva, en un hogar presidido por el amor, ya que tanto Fhadila como yo tenemos claro que no es la religión o la educación lo que los niños necesitan para ser felices,

sino que con el cariño verdadero les basta y les sobra para convertirse el día de mañana en personas honestas y de corazón limpio.

Fhadila también es plenamente consciente de que solo si ella se lo pide su familia aceptará que te tome como segunda esposa.

Una vez que ella ya no esté entre nosotros a Faysal nunca le permitirán casarse contigo, después del escándalo sería absolutamente inadmisible que pudiera obtener su beneplácito, así es nuestra sociedad aunque a veces nos pese, aunque eso ya lo has sufrido tú misma en tu propia carne…

Cuando entierren a mi hermana, los padres de Faysal buscarán a otra mujer musulmana y él rechazará a todas y cada una de las candidatas que le propongan, de eso Fhadila no tiene ninguna duda porque sabe cuánto te quiere Faysal y por qué se vio obligado a casarse con ella, a pesar de que,

gracias a la generosidad de sus corazones, puedo asegurarte que ambos han formado una familia feliz a lo largo de estos años.

La decisión es tuya y solo tuya. No me corresponde a mí suplicarte, aunque lo haría encantada si supiera que con ello podría inclinar la balanza hacia el bienestar de mi hermana, que es lo que más me importa en estos momentos, así como a tu propia felicidad,

porque no me cabe duda de que sigues albergando un amor puro hacia Faysal.

Solo te pido que lo pienses, y que sepas que si algún día, espero que cuanto antes, aceptas su proposición y te subes a ese avión que te está esperando yo siempre estaré aquí para recibirte, cuidarte y protegerte, a ti y por supuesto a tus hijos; serás mi hermana,

lo serás para siempre y pase lo que pase, y nunca podré agradecerte lo suficiente que hayas cumplido el último deseo de Fhadila, dejándola de ese modo partir en paz y con el alma liviana.

Te quiero, amiga mía, nunca he dejado de hacerlo.

GRACIAS. Sé que al menos lo vas a pensar…

Samira

Minutos después la voz del comandante la sacó de su ensimismamiento:

Señores pasajeros, muy buenas tardes desde la cabina, estamos a punto de iniciar el descenso al aeropuerto de Dubái (…).

—¡Diego, Alejandro, despertaos ya, muñecos, que estamos a punto de aterrizar. Mirad por la ventana qué bonito es! ¿Os acordáis de Dubái?

Después de salir del avión y utilizar la tarjeta roja de fast track que le había entregado la sobrecargo para acceder al control de pasaportes por la cola de los pasajeros que viajaban en clase preferente, el policía emiratí, vestido al modo tradicional,

no puso ninguna objeción a su entrada en el país y Lola aceptó con gusto la ayuda del muchacho indio que se ofreció con un carro a llevarles las maletas (alguna ventaja tenía que tener pasar de mileurista a millonaria…)

, cruzó el control de aduana bajo el letrero de «nada que declarar» y salió apretando muy fuerte las manitas de sus hijos con el corazón en un puño.

Entre el tumulto de gente que esperaba a sus familiares y amigos, estaba Faysal, al que Lola atisbó con un escalofrío recorriéndola de la cabeza a los pies.

Tenía una sonrisa de oreja a oreja y estaba más guapo que nunca con su kandora y su turbante.

Se le humedecieron los ojos e intentó abrazarlo, pero él rechazó sus brazos con toda la delicadeza de la que fue capaz.

—No, mi amor, aquí no, que ya sabes que en mi país las muestras de cariño no están permitidas en público.

Y Lola entonces musitó para sí misma: «Bienvenida a Dubái…».