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Eran ya las seis de la mañana y el impresionante Airbus 380, el más grande del mundo, despegaría en una hora y media, así que Lola se resignó a lo que más temía: su padre no iba a ir a despedirlos al aeropuerto…
—Decidle adiós a papá, muñequitos, que nos tenemos que ir ya —les dijo a Alejandro y a Diego antes de cruzar el acceso VIP de la nueva terminal del aeropuerto de Barajas a la que Alfredo los acompañó cargando un carro lleno de voluminosas maletas Louis Vuitton, todas ellas regalo de Faysal,
uno de los muchos y valiosísimos obsequios que Lola fue recibiendo casi cada día desde el momento en que había recuperado su tarjeta con el «piénsalo, por favor», a esas alturas ya muy deteriorada y sobada por la indecisión,
marcando finalmente el número que figuraba en ella para aceptar su propuesta de matrimonio.
—Hasta el mes que viene, que papá irá a buscaros para traeros a Madrid —los tranquilizó él—.
En Navidad también vendréis a España a ver a los abuelitos y os voy a llevar unos días a esquiar con Jessica (la del nombre de culebrón venezolano era su nueva novia, con la que tras las vacaciones en Playa del Carmen con sus hijos había tomado finalmente la decisión de casarse en primavera).
Os llamaré todos los días, pasadlo muy bien, haced muchos amigos en el colegio nuevo, os voy a echar muchísimo de menos, os quiero —y los tres se abrazaron; Alejandro dejó caer alguna lágrima, y a Lola se le encogió el corazón y volvió a tener dudas acerca de si estaba haciendo o no lo correcto,
si tenía derecho como madre a arrastrar a su hijos a una aventura de final tan incierto, porque ni siquiera tenía claro que fuera a salir bien…
Volvió a buscar con la mirada a su padre, pero este había cumplido su amenaza de renegar de su hija para siempre, así que, resignada, le dio a la azafata de tierra sus pasaportes y tarjetas de primera clase y cruzaron los tres el control de metales para luego montarse en el trenecito del aeropuerto
y llegar a la puerta de embarque en el último minuto.
A los niños se les pasó el disgusto de tener que despedirse de su padre hasta después de un mes (pasarían la semana de vacaciones escolares en Madrid con Alfredo y sus tres abuelos,
porque el padre de Lola no quería renunciar a seguir viendo a sus nietos) en cuanto ella les mostró las suites en las que viajarían las próximas siete horas, con una pantalla de televisión enorme y todo tipo de películas y juegos para ellos en el sistema de entretenimiento de a bordo;
el bar redondo, donde podrían pedir todos los zumos y refrescos que quisieran, y los baños, donde les prometió que se darían una ducha los tres juntos cuando el avión estuviera volando sobre las nubes.
Los ayudó a elegir una película, les puso el cinturón y después de llenar de babas sus preciosas caritas con un montón de besos y decirles «vais a ver lo felices que vamos a ser los tres juntos en Dubái, os lo prometo»,
se sentó en su lujoso asiento y miró por la ventanilla mientras el avión se deslizaba por la pista y finalmente despegaba del aeropuerto Adolfo Suárez dejando atrás una vida rota, un padre profundamente decepcionado al que seguramente nunca volvería a ver,
un trabajo en el que de todas formas no habría aguantado mucho tiempo, y poco más, porque ya ni siquiera tenía amigos en Madrid…
«La suerte está echada», pensó dando un largo suspiro…
En cuanto la aeronave alcanzó su velocidad de crucero aceptó una copa de Pesquera que la guapa azafata serbia le ofreció amablemente, a pesar de que solo eran las ocho de la mañana, y declinó comer nada,
porque estaba demasiado angustiada como para atacar el caviar y las demás delicias incluidas en su desayuno.
La copita de vino se deslizó con calidez por su garganta y se le subió un poco a la cabeza, pero le sentó muy bien atontar un poco su mente y dejar de darle vueltas a lo que en cualquier caso ya no tenía remedio.
No es lo mismo tener problemas que tener problemas y ser pobre, y todavía es peor tener problemas, ser pobre y no tener amigos que te echen una mano cuando más lo necesitas.
En el caso de Faysal, ni era pobre ni le faltaban amigos poderosos, así que logró resolver todos los inconvenientes burocráticos que suponía casarse con una extrajera que había cometido un delito y cumplido condena por ello de una manera limpia y rápida,
más rápida de lo que a Lola le habría gustado.
No hay nada más fácil que lanzar un montón de billetes para allanar el camino cuando te encuentras una piedra, y eso es lo que su futuro esposo había hecho.
Más o menos lo mismo, aunque le costó bastante menos, es el procedimiento que utilizó con Alfredo, pues logró vencer sus reticencias iniciales con la promesa de billetes de avión ilimitados en primera clase y una «compensación económica» para estrechar la distancia a la que sus hijos iban a vivir a
partir de entonces, compensación que, para vergüenza de Lola, él se apresuró a aceptar.
Faysal estaba muy impaciente por contraer matrimonio con el amor de su vida y también tenía muchas dudas acerca de que ella pudiera reconsiderar su decisión.
Así que tan solo algo más de dos meses después de que Fhadila se encontrara con Lola en El Retiro, ya lo tenía todo dispuesto para que al día siguiente de que Lola y sus hijos aterrizaran en la terminal 3 del Aeropuerto Internacional de Dubái pudieran casarse en la Corte de la manera más discreta
posible, a petición de la que se convertiría en su segunda mujer.
Como era de prever, su familia había puesto el grito en el cielo, pero Fhadila había intercedido por Faysal ante el clan Al Mubarak al completo, empezando por su propia suegra (con la que mantenía una relación excelente), y como se trataba de una situación tan extrema, al final logró su bendición,
aunque únicamente porque era ella la que se lo había suplicado.
Se trataba de una unión que en cualquier caso sería papel mojado para Lola, ya que en España es absolutamente ilegal casarse con alguien que ya está casado, máxime cuando se tiene conocimiento de esa circunstancia.
Así se lo había explicado su amigo el abogado Silverio, que había tenido un veranito muy ocupado hablando con Faysal y sus abogados a petición del propio padre de Lola, conversaciones de las que ella desconocía el contenido porque no le interesaban en absoluto los acuerdos a los que pudieran llegar.
La firma de ese documento de matrimonio era una simple ceremonia de trámite por la que tendría que pasar, porque así se lo habían pedido Faysal y Fhadila, pero no tenía ninguna validez.
«No eres más que una puta, cara, carísima, pero puta al fin y al cabo», fue la última frase que Lola oyó pronunciar a su padre, y lo cierto es que desde el punto de vista del Código Civil español no le faltaba un ápice de razón.
Tras comprobar que los niños se habían comido todo su desayuno, les propuso visitar el bar, pero Alejandro se estaba quedando prácticamente dormido por el madrugón, así que reclinó su asiento, le puso el suave edredón por encima y lo dejó descansar,
y Diego tampoco aceptó la oferta porque «la peli está que arde, mamá».
Lola decidió estirar las piernas, atravesó toda la primera clase, que estaba prácticamente vacía, después business, en la que la mayoría de los pasajeros se habían quedado también dormidos, y llegó a la barra redonda del piso superior del avión,
donde pidió una segunda copa de vino al auxiliar de piel oscura que llevaba un pin con la bandera de Sudáfrica en la solapa granate de rayas de su chaleco.
No pudo evitar sonreír al matrimonio de españoles que bebiendo sendas copas de Moët & Chandon le estaban comentando en aquel momento lo ilusionados que estaban con la perspectiva de una nueva vida en Dubái.
A él, que era arquitecto, le habían hecho una oferta laboral con muchos ceros en una empresa de construcción que Lola identificó enseguida como parte del conglomerado de empresas propiedad de la familia del que al día siguiente se convertiría en su «marido»,
y ella estaba entusiasmada con la idea de buscar trabajo allí, «seguro que es facilísimo, porque en Emiratos Árabes no hay paro», aseguraba, quedarse embarazada lo antes posible, «y que mis hijos hablen inglés y árabe igual que español».
Se vio a sí misma hacía exactamente cuatro años, cuando Alfredo, sus hijos y ella también se subieron a un avión parecido soñando con una nueva vida llena de posibilidades que no pudieron materializar,
porque los magníficos fuegos artificiales que imaginaron en un principio se transformaron muy pronto en un incendio tan devastador que había arrasado con casi todo a su paso.
—Y tú, ¿por qué viajas a Dubái, vives allí?
—le preguntó ella. Pero a Lola lo último que le apetecía era compartir confidencias con nadie, su cabeza era en ese momento una montaña rusa, su corazón una olla en plena ebullición y todavía no había asimilado del todo el paso de gigante (aunque aún no tenía claro si era hacia delante o hacia
atrás) que acababa de dar.
En definitiva, no tenía ni la más remota idea de lo que estaba haciendo con su vida.
Así que, como de cualquier manera no tenía intención alguna de tirar por la borda los sueños de sus compatriotas (cada uno tiene derecho al menos a pensar que escribe su propio destino), le contestó lacónicamente diciéndole que tan solo iba de vacaciones,
se terminó su bebida de un trago y se disculpó con esa pareja tan fresca, brillante e ingenua:
—Lo siento, pero tengo que volver a mi asiento, que he dejado a los niños solos. Muchísima suerte en Dubái, que seáis muy felices, os lo deseo de todo corazón.
De vuelta en su cabina de primera, Diego también se había quedado frito.
Le quitó los cascos, apretó el botón de su asiento hasta convertirlo en una cama, lo arropó y aceptó una tercera, «y última», se prometió a sí misma, copa de vino mientras trató de volver a explicarse o tal vez justificarse a sí misma por qué se había subido a ese avión.