6
La primavera duró lo que tarda en llegar el verano (a Lola siempre le había encantado Joaquín Sabina) y los días fueron dejando paso a las semanas, y todas eran iguales, igual de rectas y siesas, como un aburrido cuaderno de caligrafía de Rubio.
A finales de junio los niños se fueron muy emocionados a Marbella con sus abuelos.
Y Alfredo, el día que pasó a recogerlos, le dio la noticia de que estaba pensando en casarse con su nueva novia, lo cual a Lola le dio exactamente igual mientras su posible futura mujer, a la que no conocía, tratara bien a sus hijos.
Afortunadamente su exmarido, que buen padre sí era (no podía ser todo malo), había planeado unas vacaciones con ella y Diego y Alejandro la segunda quincena de julio en no sé qué playa de México para comprobar cómo se desarrollaba la convivencia entre ellos,
idea que a ella le pareció estupenda y para lo cual dio su aprobación por escrito (así lo estipulaba el Convenio Regulador de su divorcio si uno de los progenitores tenía intención de sacar a los menores de edad de España).
Lola se despidió de ellos con muchísima pena, ya que un mes entero sin verlos se le hacía demasiado cuesta arriba y los días eran demasiado largos en verano, pero era la vida.
Ellos tenían que disfrutar porque se lo habían ganado (habían sacado los dos muy buenas notas) y ella tenía que trabajar hasta el uno de agosto, así que como eran lentejas…
En la oficina las cosas tampoco iban bien, por un lado la amistad con Javier se había enfriado desde el episodio de las copas con Faysal, y por otro habían empezado a circular rumores de un posible recorte de personal.
Lola sentía que esta vez su exiguo sueldo peligraba de veras, de modo que decidió cancelar la reserva que había hecho en una casa rural del bonito pueblo de Candelario, en Salamanca, para pasar allí un par de semanas en agosto con los niños.
Apenas tenía ahorros en el banco y si podía acabar perdiendo su puesto de trabajo de mileurista lo mejor era empezar cuanto antes con la economía de guerra.
Sabía que, económicamente, siempre podría contar con su padre, pero desde que él se había enterado de que había dejado de ir al psiquiatra (Patricia la dejó en la estacada cuando más la necesitaba y sencillamente había dejado de confiar en ella),
no quería volver a pedirle dinero a no ser que fuera completamente imprescindible.
La decisión de no seguir bajo tratamiento médico su progenitor no la había recibido nada bien y su relación tampoco pasaba por un buen momento.
De este modo, entre una cosa y otra, Lola se encontró en pleno mes de julio más sola que nunca, con la casa sin barrer (había despedido a Marisol hasta septiembre) y sin aire acondicionado (tenía que ahorrar de donde fuera).
Sin embargo, y contra todo pronóstico, la verdad es que estaba más contenta que nunca…
La felicidad también empieza por F, igual que la fantasía.
Dicen que el cerebro humano funciona igual que la memoria de un ordenador, que tiene una determinada capacidad para almacenar información y cuando se agota hay que borrar algo para poder hacer sitio a lo nuevo.
Probablemente no sea exactamente así, pero lo cierto es que los «gigas» de Lola se habían llenado de recuerdos y emociones negativas en los últimos años y ahora necesitaba espacio para sensaciones positivas,
así que para ello no tuvo más remedio que ir arrinconando la tristeza hasta casi hacerla desparecer.
Tenía una nueva ilusión en su cabeza y quería exprimirla, sacarle el máximo partido por muy irreal que esta fuera.
Tiró a la basura los últimos somníferos e hipnóticos que le quedaban y los sustituyó por dos horas de natación en el polideportivo municipal que había al lado de su casa;
necesitaba el deporte para hacer algo más cortos sus días en soledad y la mente libre de química para poder alargar sus noches de utopías y quimeras.
Incluso había logrado modificar completamente su relación con el alcohol, que antaño fue muy adictiva y después se vistió de miedo, repulsa y precaución.
Ahora se tomaba cada tarde después de nadar una caña bien fría, a veces dos, en el bar de moteros del Paseo Imperial, el Dakota, y después se iba a su casa fumándose un cigarro (aunque también había reducido considerablemente el nivel de nicotina) completamente satisfecha,
sin quedarse con ganas de ninguna más.
Esa era su rutina esos días, siempre igual y nada excitante aparentemente…
Pero solo aparentemente, porque Lola, como Alicia en el maravilloso (nunca mejor dicho) cuento de Lewis Carroll, también se había caído dentro del espejo.
Como una semilla de lavanda caída por casualidad en la cuneta de la carretera, la propuesta de matrimonio de Faysal había germinado y, sin necesidad de mantenimiento o fertilización, porque no había vuelto a saber nada más de él,
sus tallos habían crecido rápidamente elevándose por encima del follaje de las dificultades.
No tenía ninguna duda de que jamás aceptaría convertirse en la segunda esposa de nadie, por muy Faysal que se llamara, pero disfrutaba releyendo una y otra vez la tarjeta con su número de teléfono que él le había guardado en el bolso cuando dormía en el hotel Palace y que únicamente decía
«piénsalo», con un «por favor» detrás, por supuesto, porque siempre había sido un auténtico caballero de exquisitas maneras y esmerada educación inglesa.
Le hacía mucha gracia saber que Faysal había anticipado su respuesta mucho antes de haberle hecho la pregunta (si no hubiera sido así habría escrito «Gracias» o «Te voy a hacer muy feliz» en la tarjeta que escribió antes de proponerle matrimonio),
y al mismo tiempo le daba mucha rabia su prepotencia, pues si sabía que lo iba a rechazar de plano, ¿por qué le había escrito
«piénsalo». ¿De verdad creía que tenía tanto poder sobre ella como para no dar por sentado que Lola tiraría esa tarjeta a la basura inmediatamente y se olvidaría de él para siempre? Pues sí, lo cierto es que sí tenía ese poder, y su arrogancia en este caso estaba más que justificada…
Pasaba los ratos muertos en la oficina mirando por Internet imágenes de los barquitos de madera del Creek con el ajetreo de los comerciantes del Mercado de las Especias preparando cada mañana sus escaparates en las calles angostas de la Ciudad Vieja de Dubái;
el majestuoso Burj Khalifa desafiando al cielo con sus veintiseis mil paneles de vidrio rechazando los intensos rayos de sol al mediodía, el sobrecogedor atardecer naranja en el desierto y el efervescente skyline de Dubái por la noche, con sus luces y Ferraris de colores.
También escribía una y otra vez en Google el apellido Al Mubarak, que solía aparecer junto a premios a la excelencia y en el top ten de las familias más ricas e influyentes de Emiratos, con un imperio empresarial que incluía intereses en el sector de la construcción, el turismo,
la seguridad o el comercio internacional…
En una palabra: impresionante. Pero sobre todo pensaba en Faysal.
Por mucho que lo intentó no consiguió ver ninguna foto en Internet, pero su imagen, con sus canas en las sienes y sus nuevas arrugas alrededor de los ojos se mantenía fresca en su memoria como una deliciosa limonada en pleno verano.
Evidentemente no había superado, ni superaría nunca, todos sus meses de cautiverio, pero la visita del amor de su vida (porque lo era, y eso ya no podía seguir negándoselo a sí misma) había desempolvado la oscuridad y la mugre de aquellos terroríficos recuerdos (que ni eran oscuros ni mugrientos,
porque como en Dubái todo es nuevo, la cárcel también era modernísima) y ahora el destello de aquella ciudad que parecía de cartón piedra, pero no lo era, la había vuelto a cegar.
Sin embargo, en su intenso mundo onírico a veces se mezclaba el sonido de sus zapatos de tacón saliendo de un Lamborgini de la mano de Faysal con el espeluznante y por desgracia inolvidable ruido del metal cerrando su celda.
Nunca volvería a Dubái y jamás se casaría con Faysal, pero el hecho de saber que él la quería, que seguía enamorado de ella hasta el punto de pedirla en matrimonio (porque sabía que su proposición había ido absolutamente en serio) era la vaselina que poco a poco iba cicatrizando las heridas de sus
entrañas, aunque tenía asumido que siempre estarían ahí.
Imaginarse junto a él, saberse querida a pesar de los miles de kilómetros de distancia y la imposibilidad de un futuro en común le hacían mucho bien a Lola, y llevaba tanto tiempo atormentándose con la culpa que ahora no tenía ninguna intención de renunciar a ese dulce momento.
De todas formas, por mucho que lo hubiera intentado, nunca lo habría conseguido.
Y así, entre fantasías y sueños irrealizables fueron pasando los días y Lola cada vez se encontraba mejor, más fuerte, más optimista y más segura de sí misma.
Por fin se había cerrado el círculo de esa parte de su vida.
Por un lado, la lectura de las cartas de Faysal le había arrojado luz a tantos años sumida en la duda y la ignorancia y, por otro, saber que la quería tanto le había dado mucha paz.
Por lo menos con él no se había equivocado, su historia de amor no había sido un espejismo en el desierto.
Es verdad que no era fácil estar enamorada de un hombre con el que no podría compartir su existencia, pero al mismo tiempo el hecho de saber que estaba casado constituía un punto de partida para ella.
Al menos así podría tratar de empezar una nueva vida sola (o eso es lo que pensaba en aquel momento) con aquel precioso recuerdo que siempre guardaría en su corazón y al que se aferraría cuando el viento le soplara de cara.
Solo por Faysal habría merecido la pena haber vivido, pensaría cuando se convirtiera en una anciana, y daría gracias a Dios por haberle permitido conocer el verdadero amor.
Lola, finalmente, se sentía preparada para enterrar los fantasmas del pasado, aunque la vida no hubiera dicho aún su última palabra…
Después de setenta días de vivir en una nube tras la visita de Faysal, sonó su teléfono móvil. Eran las nueve de la mañana del sábado 20 de julio de 2018 y Lola estaba en la cocina en pijama recién despertada calentándose el agua para hacerse su té.
—Sí, ¿dígame?
—¡Hola, buenos días! ¿Eres Lola, Lola Goizueta? —preguntó en inglés una voz femenina con un marcado acento árabe.
—Sí, sí, soy yo —contestó Lola sentándose en la silla de plástico de Ikea por la impresión—. ¿Con quién hablo, por favor?
—¡Hola, Lola!, un placer saludarte, no sabes cuánto he oído hablar de ti. Es un honor y un privilegio poder hablar contigo, soy la hermana de Samira, tu amiga emiratí. ¿Te acuerdas de Samira?
—¡Dios mío! ¿Eres la hermana de Samira? No me lo puedo creer, no sabes la ilusión que me ha hecho volver a escuchar su nombre, cuéntame, por favor, ¿cómo está? —le preguntó emocionada.
—Muy bien, Lola, mi hermana está en Dubái y todo le va fenomenal, siempre se acuerda de ti —le contestó con una voz muy suave y agradable—, la que está de paso en Madrid soy yo, y había pensado que quizá, si tienes un rato libre,
nos podríamos ver y así entregarte una carta que Samira ha escrito para ti contestando una tuya de hace varios años —le explicó, y a Lola le dio un vuelco el corazón—.
Imagino que entre tu trabajo y tus hijos estarás muy ocupada y yo no he tenido la delicadeza de avisarte con el tiempo suficiente para que te puedas organizar, discúlpame, por favor, pero ha sido un viaje muy repentino y mañana a primera hora tengo que irme a Estados Unidos,
¿serías tan amable de hacerme un hueco hoy para vernos un rato?
Me han hablado maravillas del parque de El Retiro y había pensado que podríamos quedar allí para dar un paseo y conocernos, o en cualquier otro sitio, donde tú me digas y a la hora que tú quieras…
¿Te viene bien o ya tenías otros planes y todo esto supone una molestia para ti?
—¿Molestia? ¡Pero si me acabas de hacer feliz! —le contestó Lola con la voz entrecortada por la emoción—, ¿podrías estar dentro de una hora en el Palacio de Cristal de El Retiro, justo en la puerta principal, donde están las columnas?
—¡Sí, claro que sí! Me hospedo en el Petit Palace Savoy de la calle Alfonso XII, así que no tardo nada en llegar.
Muchísimas gracias en nombre de mi hermana y en mi propio nombre, Lola, eres una auténtica leyenda en mi familia y llevo tanto tiempo queriendo conocerte…
Allí nos vemos a las diez en punto; me reconocerás nada más verme, porque Samira y yo nos parecemos muchísimo —le contestó realmente complacida.
—¡Perfecto! Llevaré pan duro para los patos del estanque —le dijo antes de colgar, porque estaba muy nerviosa y cuando estaba nerviosa nunca podía evitar decir gilipolleces que no venían a cuento.
Se dio una ducha rápida, eligió un vaporoso vestido blanco de tirantes que le favorecía mucho y se maquilló cuidadosamente pero a toda velocidad (recordaba que Samira iba siempre impecable y no quería darle una mala impresión a su hermana).
Solo veinte minutos después ya estaba en la parada del autobús esperando impaciente mientras en sus oídos sonaba el Himno a la alegría, el mundo le parecía el sitio más hermoso y la vida una increíble aventura finalmente digna de ser vivida.
La reconoció desde lejos en la escalinata de mármol porque, efectivamente, el parecido con su hermana era asombroso, si bien se le notaba que era algunos años más joven.
Iba vestida al modo occidental (sin la abaya) con un sencillo vestido verde largo de flores, bailarinas del mismo color y un bolso grande tipo bandolera muy bonito de color beis.
Tenía el mismo pelo largo, negro y brillante, la misma nariz perfecta (a lo mejor compartían cirujano plástico), la misma boca de labios grandes…
Tan solo era un poquito más baja y delgada que Samira y no tendría más de treinta años; parecía una auténtica muñequita.
Ella también la reconoció nada más verla.
—¿Lola? —le preguntó, y cuando Lola asintió a ella se le saltaron las lágrimas en sus preciosos ojos negros de pestañas infinitas y cejas perfectamente depiladas, y le dio un larguísimo abrazo mientras no cesaba de repetirle ¡Gracias, gracias, muchas gracias por venir!
Y entonces Lola ya casi no tuvo necesidad de escucharle soltar la bomba que soltaría a continuación, porque con ese abrazo tan cálido y esas lágrimas inundando su mirada lo acababa de entender todo:
—Querida Lola, soy Fhadila, la hermana de Samira y también la mujer de Faysal.
Y al ver que Lola se había quedado pálida y muda, Fhadila inmediatamente supo cómo romper el hielo.
—Pues sí que parecen hambrientos estos patos…, yo también he traído comida para ellos, la he «robado» del bufé del desayuno… —Y le mostró un par de panecillos envueltos en sendas servilletas con el logotipo del hotel que sacó de su bandolera de Gucci.