5
La bofetada de viento que recibió Lola nada más abrir la puerta le sentó de maravilla.
Tantas horas leyendo y tal cúmulo de emociones y recuerdos le habían embotado la cabeza; necesitaba respirar aire fresco y tratar de procesar lo que estaba sintiendo para tratar de tomar una decisión lógica al respecto, si tenía que tomar alguna…
Sin embargo, todo sucedió muy rápido, no tuvo tiempo de pensar nada.
En cuanto abrió la puerta de hierro forjado de la urbanización se encontró con un flamante Mercedes azul marino aparcado justo enfrente y el grotesco López Vázquez de traje arrugado y apariencia grasienta sentado en el capó:
—¿Me permite que la acompañe al hotel Palace, señorita Goizueta? —le preguntó nada más verla tirando al suelo la colilla del Ducados que se estaba fumando hasta el filtro y abriéndole solícito la puerta del coche en un gesto caballeroso que no le pegaba nada.
Y Lola, como si no tuviera otra elección, como si se hubiera convertido en una marioneta cuyos hilos manejaba un dios menor, se sentó sumisa en el mullido asiento de atrás sin hacer preguntas, ni una sola,
y en el trayecto al hotel simplemente se dedicó a contemplar a través de la ventanilla el cielo todavía oscuro sobre los edificios decadentes del viejo Madrid.
Tenía la mente en blanco, la mirada ausente, y las manos y los pies congelados.
Durante los días, semanas, meses y hasta años posteriores (seguramente lo haría toda su vida) se preguntó una y mil veces por qué no rechazó la invitación del detective,
qué fue lo que la impulsó a subirse a aquel lujoso automóvil en lugar de regresar a su casa y darse otra ducha de agua fría que le aclarara las ideas.
Pero por muchas vueltas que le dio no supo encontrar una respuesta que la satisficiera completamente.
¿Fue el arrepentimiento sincero de Faysal y su necesidad de pedirle perdón personalmente?
Lola tenía meridianamente claro y asumido que nada de lo que pasó en aquella cama con dosel podía achacarse a él.
Fue ella la que le suplicó que se quedara a pasar con ella la que creía que iba a ser su última noche en Dubái, era de todo punto injusto que él siguiera martirizándose con un sentimiento de culpa que no le correspondía.
¿O acaso fue su determinación de venir a España todos los fines de semana que ella pasara sin sus hijos lo que tocó su fibra sensible…
? Quizá fue la gratitud que sentía por él después de haber movido Roma con Santiago para lograr sacarla de la cárcel; o puede ser que influyera la lealtad hacia un hombre guapo, inteligente, rico y bueno que le seguía asegurando, tres años después,
que seguía enamorado de ella a pesar de estar casado con otra mujer a la que consideraba un dechado de virtudes, o precisamente por eso, porque no tenía ninguna necesidad de volver a ella complicándose una vida perfecta…
Pero no fue la generosidad o el agradecimiento los que guiaron sus pies al interior del cuero de ese automóvil, no, y al menos en eso no tenía ninguna intención de engañarse a sí misma buscando sentimientos elevados y loables para sentirse mejor.
Leyendo manuales de psiquiatría por Internet encontró una «explicación» al comportamiento que volvería a cambiar irreversiblemente su vida como el típico de personas que se encuentran en estado de shock y son incapaces de valorar las consecuencias de sus actos,
tan solo responden obedientemente a las órdenes que se les dan.
Sí, eso era lo que más o menos le había pasado a ella en aquel momento.
Y no, no se aferró posteriormente a ese trastorno mental transitorio para eximirse o atenuar su «delito», pues solo pretendía tratar de entender lo que había sucedido, nunca justificarlo.
Cuando llegaron al hotel Palace, el rimbombante botones elegantemente uniformado de la cabeza a los pies abrió su puerta y la llamó por su nombre:
—Bienvenida al hotel Westin Palace, señorita Goizueta, un placer tenerla con nosotros. El señor Faysal Al Mubarak la está esperando. ¿Desea que la acompañe a su habitación o prefiere aguardarlo en La Rotonda?
—Muchas gracias, acompáñeme a su habitación, por favor —le contestó ella mecánicamente. El precioso carillón diseñado por Antonio Mingote del vecino edificio Plus Ultra estaba a punto de marcar las seis de la mañana y el cielo empezaba a clarear.
Apenas cinco segundos después de que el empleado golpeara la puerta con los nudillos, esta se abrió dejando paso al imponente Faysal.
Su pelo negro estaba ligeramente mojado y desprendía un agradable olor a cítricos.
Lola se percató de que le habían salido algunas canas en las sienes, que lo hacían aún más atractivo.
Vestía vaqueros de Calvin Klein, camisa azul claro con el inconfundible logotipo del vellocino de oro de los Brooks Brothers, en contraste con el bronce de su piel, y una tímida sonrisa se dibujaba en su rostro,
que dejaba entrever una fila de dientes blanquísimos enmarcada por esos labios jugosísimos imposibles de olvidar.
Lo primero que le dijo, después de más de tres años de auténtico infierno la dejó con la boca abierta:
—Buenos días, cariño, ¿tienes hambre?
Entonces Lola descargó todos los nervios acumulados con una sonora carcajada, y siguió riéndose varios minutos sin poder parar.
Luego se echó a llorar y él la abrazó muy fuerte envolviéndola en su aroma de los limones maduros, ella lamió su cuello, introdujo los dedos en su pelo sedoso, le arrancó dos botones de la camisa, le mordió el pecho y le arañó los brazos musculados,
se puso de puntillas para llegar a su boca y la besó como si no hubiera mañana mientras él le prometía con su lengua un placer infinito…
Pero después Faysal la apartó suavemente, le cogió la mano y la condujo hasta una mesa redonda de la inmensa suite donde estaba servido un espléndido desayuno, al que no le faltaban ni las ostras.
Apartó una de las dos sillas, la ayudó a sentarse y le espetó:
—No sabes cuánto te agradezco que hayas venido, mi amor.
Tomarás té, ¿verdad? —Y antes de escuchar su respuesta ya le estaba sirviendo un Earl Grey bien cargado en una taza blanca de porcelana.
A continuación untó una tostada con mantequilla, a la que añadió caviar con una cucharita y se la ofreció—: Por favor, cielo, come un poco, que debes de estar muerta de hambre —después llenó su vaso con zumo de naranja y se sirvió otro para él.
Mientras tanto Lola lo miraba alucinada sin saber qué cara poner…
Pero lo cierto es que llevaba más de un día sin probar bocado, así que, tras pensárselo solo un segundo, no pudo resistirse.
Se comió la tostada en dos mordiscos… Y a continuación, ya sin ningún tipo de control, los huevos fritos con jamón, la docena de ostras, un esponjoso cruasán de mantequilla, una magdalena de plátano riquísima y un par de tostadas más, una con confitura de mora y otra de frambuesa.
Faysal la miraba complacido devorar literalmente casi todo lo que había en aquella mesa dedicándole una amplia sonrisa.
Tenía la camisa abierta (el botón de arriba estaba partido y el siguiente había desaparecido), y en el labio inferior podía verse la marca sanguinolenta del mordisco que Lola le había dado minutos antes.
Él no probaba bocado, y no decía nada. Ella sintió que ya no podía más, que iba a acabar rodando por la increíble alfombra persa de la habitación.
Y fue entonces y solo entonces cuando él pronunció aquellas dos palabras que deseaba tanto decirle:
—¿Podrás perdonarme?
Lola se levantó de su silla, se sentó en las rodillas de Faysal, le sujetó la cara con las dos manos, lo miró a los ojos y le contestó:
—No tengo nada que perdonarte, mi vida, tú solo hiciste lo que yo te pedí.
Estaba desesperada porque Alfredo había escondido los pasaportes de Diego y Alejandro para que no pudiera sacarlos del país y gracias a ti pude recuperarlos, te rogué que te quedaras a pasar mi última noche en Dubái y eso también lo hiciste por mí.
—A Faysal se le llenaron los ojos de lágrimas, y ella le dio un dulce beso en la mejilla—.
Nada de lo que pasó después fue culpa tuya, nada.
Y muchas gracias por haber hecho todo lo que hiciste para lograr mi indulto, sin ti probablemente aún estaría en la cárcel, y te juro que no habría podido soportarlo.
Nunca te podré agradecer lo suficiente lo que has hecho.
Te quiero, y aunque sé que ya nunca podremos volver a estar juntos siempre estarás en mi corazón, hasta mi último aliento e incluso después —añadió—, porque cuando me muera y mi cuerpo se convierta en ceniza seré polvo enamorado, de ti,
cariño —le aseguró parafraseando a Quevedo mientras las lágrimas seguían rodando suavemente por su piel morena, que tenía nuevas arrugas—.
Entonces él la abrazó, le acarició el pelo, y le dio un beso largo, suave y profundo con el que intentó curar las heridas de su alma; y la verdad es que casi lo consiguió…
Lola le sonrió con ternura y no pudo evitar dejar escapar un bostezo; el pantagruélico desayuno y las veinticuatro horas más intensas de su vida sin pegar ojo la habían dejado completamente exhausta, así que Faysal la levantó en volandas y la llevó a la cama, le quitó las botas,
la arropó y se acostó junto a ella.
—Duerme, cielo, descansa, ya todo lo malo ha pasado. Deja que a partir de hoy sea yo el que vele tus sueños —le susurró acariciéndole el pelo.
Y Lola se quedó dormida prácticamente al instante abrazada por el calor de su cuerpo protector y de su fragancia de los limoneros que los árabes plantaron en España y Colón en América; y esta vez lo hizo sin pastillas, sin pesadillas, sin miedo y sin pena.
Durmió el sueño de los justos mientras a lo lejos sonaba Para Elisa de Beethoven solo para ella en un gran piano de cola, y su alma descansaba por fin entre algodones de azúcar.
Más de diez horas después se despertó con los besos de Faysal, que la miraba sonriendo.
—¿Cómo está la Bella Durmiente?, vamos, mi amor, tienes que despertarte ya.
En un par de horas llegarán a tu casa los niños y tengo algo muy importante que decirte antes, bebe un poco de agua —le dijo sin dejar de acariciarla con toda la dulzura de la que un ser humano es capaz ofreciéndole un gran vaso de agua con hielo—. ¿Te apetece darte una ducha?
Lola, aún medio dormida y atontada se bebió el vaso de un trago, chupó con muchas ganas la rodaja de limón que se encontró en el fondo y comenzó a recordar poco a poco por qué estaba en aquella maravillosa suite de hotel.
Admiró a Faysal sin poder creerse que pudiera existir alguien con las facciones tan rotundamente varoniles y bonitas y consultó su reloj.
—¡Dios mío, son ya las seis! Pero ¿son las seis de la tarde o de la mañana? —preguntó alarmada.
—De la tarde, cariño, tranquila no te preocupes. Te he despertado para que tuvieras tiempo de sobra para ir a casa a recibir a tus hijos; Roberto te llevará luego en el Mercedes.
—¿Roberto? ¿Quién es Roberto?
—Roberto es el investigador privado que contraté hace tres años para poder saber de ti, el que te ha traído aquí esta madrugada —le explicó.
—¡No quiero volver a ver a ese tío jamás, despídelo, despídelo ya, ahora mismo, no voy a permitir que nadie me vuelva a espiar!
—chilló indignada recordando lo mal que lo había pasado en los últimos tres años intuyendo que un fantasma la seguía por todo Madrid, pese a que su psiquiatra le aseguraba una y otra vez que eran solo imaginaciones suyas.
—De acuerdo, Lola, lo que tú quieras, te prometo que voy a prescindir de sus servicios antes de que acabe el día y que no volverás a verlo nunca más —la tranquilizó—.
Yo te llevaré a tu casa dentro de un rato, pero, por favor, ahora siéntate y préstame atención.
Tenemos que hablar. ¿Quieres darte una ducha primero?
—le volvió a preguntar, a lo que Lola negó con la cabeza.
Entonces él la llevó de la mano al sofá de la sala de estar, la sentó, se puso de rodillas frente a ella e hizo lo que jamás habría podido imaginarse que podría hacer.
—Lola Goizueta, a partir de ahora vamos a hacer las cosas a mi manera, para que esta vez sí salgan bien —le dijo mostrándole un precioso solitario de platino coronado por un enorme diamante de una pureza casi perfecta que despedía destellos dorados cuando los rayos de sol atravesaban la ventana—.
Eres el amor de mi vida y con el permiso y la aprobación de Fhadila, mi esposa, a la que quiero y respeto, he venido a Madrid a pedirte que te cases conmigo —hizo una pausa sin levantarse del suelo para ver cómo reaccionaba ella,
pero como Lola lo miraba con cara de póquer sin dar crédito a lo que estaba escuchando y sin poder articular palabra, continuó de rodillas.
—Ya sé que en tu cultura esto no es posible, pero en la mía sí, la ley en mi país permite que tenga dos mujeres al mismo tiempo y no sería la primera vez que un musulmán está casado con más de una.
Te ofrezco todo lo que soy y todo lo que tengo, mi presente y mi futuro, te doy mi palabra de que te regalaré una vida de ensueño para ti, y para Alejandro y Diego si me aceptas.
Alfredo podrá venir a ver a sus hijos a Dubái siempre que quiera y tú también podrás viajar a España con ellos cuando lo decidas; recibirán la mejor educación en el colegio que tú elijas y tendrán dos hermanos más, mis propios hijos, a los que querré exactamente igual que a los tuyos,
formaremos todos una familia unida y feliz.
Y no tendremos que volver a correr más riesgos innecesarios, ni a escondernos ni a hacer nada inmoral o ilegal nunca más; os cuidaré y protegeré siempre y a los ojos de todos serás mi esposa y serás respetada como tal.
Pero Lola ya no quiso escuchar más. Escupió la raja de limón, se puso las botas, cogió su bolso y antes de salir dando un portazo le dio a Faysal un sonoro bofetón, con tanta furia que le dejó los cinco dedos marcados en su cara de portada de revista.