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También tuvo conocimiento gracias al meticuloso y esclarecedor conjunto de cartas de Faysal de que en cuanto a principios del mes de diciembre, coincidiendo con las celebraciones del Día Nacional,
el presidente de Emiratos Árabes dio a conocer la tradicional lista de centenares de presos a los que concedía el indulto, entre los que estaba el suyo, Faysal tomó un avión a Madrid para reunirse con ella,
pero Lola había ingresado por voluntad propia en la clínica López Ibor para tratar de curar las heridas de su alma y no lo autorizaron a verla.
Esta noticia, de la que se enteraba ahora, la dejó muy sorprendida, ya que nadie le había contado nunca que Faysal había intentado visitarla.
Ni se lo dijeron sus médicos ni se lo comentó su padre, que era el que pagaba las abultadas facturas del «centro de reposo».
Sus ojos se volvieron a humedecer en este punto y decidió hacer un parón en la lectura para tomar una ducha e intentar tranquilizarse con el agua helada sobre su cabeza.
Eran ya más de las dos de la madrugada y apenas había comido nada en todo el día, los nervios le habían cercenado la boca del estómago…
El hecho de no poder verla volvió loco a Faysal por aquel entonces, tal y como le explicaba desesperado en sus cartas, que ella continuó leyendo en pijama y con el pelo mojado, si bien comprendió que debía respetar el consejo de los psiquiatras,
los cuales le aseguraron que para su recuperación era completamente imprescindible que Lola se alejara mentalmente durante una larga temporada de todo lo que tuviera que ver con Dubái.
Como el padre de Lola, y eso ella tampoco lo sabía, se negó a reunirse o hablar con Faysal (lo llamó varias veces, pero este siempre le colgaba el teléfono exigiéndole que se alejara de su hija para siempre), tomó la decisión de contratar a un detective privado (el famoso plagio de López Vázquez,
el fantasma que ella siempre sospechó que seguía sus pasos).
NECESITABA (I NEEDED, escribió Faysal, así, en mayúsculas) saber de ella, asegurarse de que estaba bien, y esa fue la única forma que se le ocurrió…
Al filo de las cuatro de la madrugada Lola llegó a la última página de aquel voluminoso cuaderno de anillas y no pudo evitar recordar la letra de la canción de Nacho Vegas que el día anterior (parecía que habían pasado siglos y no llegaba ni a veinticuatro horas) había escuchado yendo en el metro a
trabajar:
Y hoy va a ser la noche más larga del año, y la quiero vivir como si en realidad no tuviera, no, que asistir a su final.
Se dio unos minutos para ir a la nevera y beber otro vaso de agua, respiró muy hondo y comenzó a leer la última carta, que estaba fechada el día de su cumpleaños (o sea, ayer mismo).
Como si de un partido de tenis se tratara, esta vez la pelota iba a golpear en la red y volvería a Lola trayendo consigo su derrota; estaba a punto de perder su match point.
Madrid, 11 de mayo de 2018
Querida Lola,
Feliz cumpleaños, mi amor. Me hubiera encantado poder felicitarte personalmente y darte un abrazo hoy, pero no ha podido ser.
Me has devuelto mi tiempo (un chico estupendo tu amigo Javier, por cierto), mis flores no adornan tu casa y la cena se ha quedado fría, así que supongo que ya solo me queda irme mañana a Dubái y tratar de sobrevivir al resto de los días que Alá tenga pensados para mí en este mundo sin poder admirar
nunca más la sonrisa de tu boca, ese espectacular arcoíris en mitad de la lluvia.
Ojalá pudiera hacerlo, nada me gustaría más, te lo aseguro, pero llevo todos estos años intentándolo y no lo he conseguido.
Por eso te suplico que, aunque me odies, me permitas verte una sola vez más, solo una, para que pueda mirarte a los ojos y pedirte perdón por todos esos meses que estuviste prisionera.
Yo soy el único responsable de tu sufrimiento y aunque no me quede otro remedio que seguir soportando el profundo dolor de esta culpa, al menos tendré la oportunidad de expresarte mi arrepentimiento.
No te pido que me perdones, porque sé que eso es imposible, pero, por favor, déjame decirte cuánto lo siento, tengo que hacerlo para poder seguir sobreviviendo a esta vida sin ti, que es mi merecido castigo por no haber sabido cuidarte y protegerte como era mi obligación.
Estaré hasta el domingo en el Westin Palace, pero volveré dentro de dos semanas y seguiré hospedado en el mismo hotel; volveré todos los fines de semana que tus hijos pasen con Alfredo,
y lo haré el resto de los fines de semana alternos de mi vida hasta que un día te apiades de mí y escuches de mis propios labios esa palabra que tanto necesito decirte: Perdón.
Siempre tuyo,
Faysal
Lola, entonces, como un robot sin voluntad, automáticamente y sin pensarlo, cerró el cuaderno, se puso unos vaqueros, botas camperas, la primera camiseta que encontró en su armario y un viejo jersey de lana fina gris que siempre se ponía para estar en casa en invierno y poder así ahorrar algo de
calefacción; cogió su bolso y salió de casa.
Aún era de noche y en la calle hacía frío, mucho frío. Pronto comenzarían a despuntar los primeros rayos de sol.