Cartas desde Dubái 4 #2
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El peso de la deshonra se había desplomado como una losa sobre su nombre, había caído en desgracia y a no ser que su familia lo perdonara e hiciera público su apoyo incondicional, Lola podría acabar pudriéndose entre rejas.

De ahí que Faysal, tal y como le explicaba detalladamente a través de las misivas que le iba escribiendo día tras día, tomara la decisión de suplicar a su padre que convocara un concilio familiar, al que acudieron todos los patriarcas,

para expresar humildemente su arrepentimiento por lo que había hecho y ponerse a disposición de todos los parientes a la hora de hacerse cargo de los perjuicios económicos que su comportamiento había causado.

Celebrado el cónclave y después de escuchar humildemente las «reprimendas» de todos (las más duras las de su propio padre), que aguantó estoicamente y con la cabeza baja porque no le quedaba más remedio, pasó a rogar clemencia para la española, súplica que para nada fue bien recibida…

Después de varios días de deliberaciones en los que Faysal lo pasó realmente mal, pues sabía que de la decisión que tomara su familia iba a depender la libertad de Lola, las muchas noches sin dormir por la incertidumbre terminaron con un veredicto que no esperaba en absoluto:

la familia mostraría públicamente su apoyo a Faysal e intercedería ante el jeque para solicitar un indulto a la adúltera extranjera.

Eso sí, con la condición de que Faysal contrayera inmediatamente matrimonio con una mujer «adecuada» que buscarían para él, por supuesto emiratí y de fama intachable,

tarea que no iba a resultar fácil después del escándalo (aunque la inmensa fortuna de la familia Al Mubarak al final la facilitó bastante, todo sea dicho, y de una manera muy sorprendente que Lola aún desconocía).

De este modo se daría por concluido el lamentable episodio con Lola, que se encontraría de vuelta en su país, y él podría empezar una nueva vida en la que debería atenerse al pie de la letra a los preceptos del Corán y la Ley Sagrada del Islam, la temida sharia.

Lola creyó morirse cuando leyó la carta en la que Faysal describía a grandes rasgos y por supuesto sin entrar en detalles (no quería ocultarle ningún tipo de información pero estaba claro que mostraba el tacto suficiente como para tratar de no herir sus sentimientos) su boda con Fadhila (que en

árabe significa virtud), con los grandes fastos que requería la solemne ocasión…

Pero el dolor acabó de atravesar lo que a esas alturas quedaba de su corazón, que ya estaba hecho un auténtico guiñapo, cuando, más adelante, y salpicando aquí y allá las cartas escritas en los meses posteriores, Faysal no podía, o no quería,

evitar frases referidas a su esposa tales como «su belleza no es solo exterior, sobre todo reside en la pureza de su alma, sin atisbo de maldad» o «gracias a Alá mi familia ha elegido a una buena esposa, puedo confiarle todos mis problemas y preocupaciones,

sabe del amor que siento por ti y todo lo comprende, todo lo acepta y es una fuente inagotable de cariño», o «Fadhila es como un bálsamo, me hace la vida tan fácil que si no fuera por ella no podría soportar el dolor de saberte en prisión imaginando todo lo que debes estar sufriendo, mi vida»,

por poner solo algunos ejemplos…

Cada una de estas reflexiones se transformó en una vara azotándole con dureza la espalda hasta alcanzar su columna vertebral y romperla por la mitad.

Lola, que más de dos dedos de frente sí que tenía, había entendido a la perfección que el único motivo por el que Faysal había decidido casarse era para sacarla a ella de la cárcel; y aunque eso le dolía profundamente,

porque sabía que con esa elección había terminado drástica y definitivamente una historia de amor que apenas había durado unas semanas y que ella había podido alejar con mucho esfuerzo de su cabeza pero no de su corazón,

lo que no podía soportar (era más fuerte que ella) era constatar que Faysal quería a su mujer, que la quería de verdad…

Una cosa era aceptar que se había visto obligado a concertar un matrimonio de conveniencia y otra muy diferente ser consciente de los sentimientos completamente sinceros que se habían desencadenado en él.

Si por lo menos Fadhila hubiera sido fea, o mala, o simplemente Faysal no hubiera aprendido a quererla así, tan rápida y fácilmente…

Era ya noche cerrada en Madrid (la noche en la ciudad estaba despojada del brillo de las estrellas del desierto, que nunca podría olvidar) y Lola estaba acurrucada en el sofá de su cuarto de estar, todavía enfundada en su ropa sudada de deporte,

leyendo con voracidad bajo la luz de su lámpara de pie.

A medida que iba pasando las páginas se sentía cada vez más poca cosa, más intrascendente y hasta ridícula.

No podía evitar compararse con la bella, bondadosa y paciente Fhadila y ser devorada por su propia inseguridad hasta desaparecer casi por completo.

Supo también que Faysal, al igual que ella, había tenido dos hijos varones, que ahora eran muy pequeñitos, a los que adoraba, y llevaba una vida en Dubái que podría considerarse plácida, si no feliz, a pesar de seguir enamorado de ella, algo que le repetía una y otra vez,

casi a diario y de todas las formas y maneras posibles, a cual más romántica, porque además de ser una buenísima persona, un marido considerado y un excelente padre, Lola acababa de descubrir que también era un magnífico escritor.

Su abogado, el eminente catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla Silverio Ramas Rombo, ya le había explicado que el influyente marido de Samira, su gran amiga emiratí,

había resultado crucial a la hora de conseguir el indulto debido a sus relaciones de consanguinidad con la familia del jeque (eran primos), y así se lo explicaba también Faysal, que se refería a Alí como su «gran aliado» en el difícil proceso de lograr su libertad.

Lo que gracias a la correspondencia que estaba leyendo ahora, más de tres años después de todo lo acontecido, entendió por fin Lola fue por qué cuando le escribió una larga y sentida carta de agradecimiento a Samira esta nunca le contestó.

Alí se había comprometido a ayudar a Lola únicamente si no volvía a tener ningún contacto con ella, ya que consideraba a la española una vergüenza y una pésima influencia para la madre de sus hijos, perfecto ejemplo de lo que una esposa musulmana debe ser,

por lo que exigió a Faysal que todas las gestiones se realizaran de la manera más discreta posible.

Sin embargo, hubo otra razón de peso para que su querida Samira nunca llegara a contestar su carta, pero aún tendría que pasar mucho tiempo para que Lola se llegara a enterar de cuál era…

La que, con su mejor voluntad, estuvo a punto de dar al traste con todo el trabajo realizado por Faysal y Alí fue la amiga americana de Lola, que, muy alarmada e indignada por lo sucedido diseñó una agresiva campaña de comunicación para que el Gobierno español,

el de la Comisión Europea y Amnistía Internacional exigieran su inmediata liberación —eso Lola ya lo sabía por Silverio y por los emails que le escribía la propia Alice—.

Esta campaña la cortó por lo sano Faysal en cuanto tuvo conocimiento de ella a través de una llamada y una reunión en casa de Peter y Alice, en la que les explicó que él ya estaba luchando por la liberación de la española al más alto nivel y que resultaba imprescindible que el delicado asunto no

trascendiera y no se montara ningún escándalo público o político, porque en un país donde se invierten tantos millones cada año en turismo, eso sería contraproducente y dificultaría enormemente el éxito de sus gestiones.

Afortunadamente, Alice lo entendió a la perfección y abortó su iniciativa de inmediato, mantuvo contacto periódico con Faysal para saber cómo iban desarrollándose sus gestiones y no dejó de encender una vela por ella cada viernes en la iglesia cristiana a la que acudía semanalmente.