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Un único grano no forma una tormenta de arena en el desierto.
Esa era una de las enseñanzas que Lola había aprendido de su amarga experiencia, aunque no siempre lo fue, porque también hubo momentos sublimes, de dieciséis meses viviendo en Emiratos Árabes Unidos.
Normalmente no es un solo acontecimiento el que desencadena una hecatombe, sino que son un cúmulo de ellos, algunos intencionados y otros fortuitos, que al coincidir en el mismo lugar, espacio y tiempo, contribuyen al desastre total.
Si su por aquel entonces todavía marido no se hubiera traído a su amante española a vivir a Dubái, si no hubiera escondido los pasaportes de sus hijos para impedirles salir del país, si ella no hubiera conocido a Faysal aquella noche,
si Faysal no hubiera sido el presidente de la empresa en la que trabajaba su marido, si no hubiera sabido nunca que Elvira era lesbiana y mantenía una relación sexual con Paola, ambas a espaldas de sus maridos,
si Elvira no hubiera odiado a Lola por haberlas descubierto y no se hubiera vengado dando el chivatazo a Alfredo cuando se acostaba con Faysal en aquella jaima, si ella misma no hubiera estado deprimida, desesperada y prácticamente alcoholizada…
Si todas esas circunstancias no hubieran concurrido juntas, quizá no habría sido condenada por adulterio, no habría tenido que sufrir la terrible experiencia de tener que pasar ocho meses en la cárcel en un país que no era el suyo a miles de kilómetros de sus hijos, y su vida, sin duda alguna,
sería muy diferente en esos momentos.
En eso, y también en el refrán castellano de que «agua pasada no mueve molino», pensaba Lola después de colgarle el teléfono a Javier y encontrarse completamente sola en su casa el día de su cumpleaños sabiendo que Faysal estaba en Madrid,
que en apenas cuatro horas se había metido en el bolsillo al que consideraba su fiel aliado y que la esperaba para cenar en la suite de su hotel.
Lo que de verdad le pedía su cuerpo hacer, y le faltó el canto de un duro para hacerlo, era cruzar la calle y comprarse una botella de Brugal en el Opencor, un par de botellas de Coca-Cola, limones y una bolsa de hielo.
No le llevaría más de quince minutos hacer la compra y servirse la primera copa, que la relajaría y contribuiría a atontar un poco su mente y evadirse de la situación tan extrema que estaba viviendo.
Pero sabía por propia experiencia que no se conformaría con beberse solo una, que tras la primera querría otra, y después otra…
, y entonces perdería el control de la situación y, o bien cogería un taxi para irse al Palace, o seguiría bebiendo hasta la inconsciencia.
Así que, valorando todas las posibilidades que tenía, y rechazando de plano la de quedarse sola en casa, decidió ponerse sus leggings y sus zapatillas de deporte y salir a correr por el barrio.
Albergaba la esperanza de que el ejercicio físico calmara sus nervios, pero, aunque no lo hiciera, al menos no acabaría tirándose en los brazos de Faysal o en su cama nadando en su propio vómito.
No se merecía ninguna de las dos cosas (al menos el dineral que su padre se había gastado en la psiquiatra le estaba sirviendo de algo), y esta vez estaba dispuesta a poner todos los medios que estuvieran a su alcance para no volver a convertirse en un velero a la deriva a merced de las corrientes
del viento.
Así que, después de ponerse los cascos y elegir una lista de canciones optimistas, para variar, se despidió de Rashid, el portero, con un alegre «¡me voy a hacer un poco de deporte, que nunca viene mal!»
, y eligió el recorrido más largo, pero que más le gustaba.
Bajó primero hasta el Paseo Virgen del Puerto escuchando The hole of the Moon, de los Waterboys, para correr después durante media hora por la Ribera del Manzanares y hacer un pequeño descanso para admirar el precioso Puente de la Victoria.
Siguió a buen paso hasta el Puente de Segovia, y, cual Clint Eastwood en la famosa película protagonizada junto a Meryl Streep, continuó su recorrido por algunos de los puentes más bonitos de la capital: el de Andorra, Toledo, Arganzuela y Matadero.
En total, más de dos horas en las que Lola trató de despejar su mente y agotarse, porque había aprendido que cuanto más cansada se encontraba gracias al ejercicio físico mejor dormía por las noches, y acababa de proponerse firmemente erradicar de su mesilla de noche los lorazepam,
Lexatin o Valium de los que llevaba dependiendo para poder conciliar el sueño los últimos tres años.
Cuando a eso de las nueve y media, ya de noche, llegó a la puerta de hierro de su urbanización con la lengua fuera y la ropa de Decathlon empapada en sudor, pero muy orgullosa de la decisión de haber salido a correr y con la mente bastante más tranquila, ocurrió el Big Bang, la Gran Explosión,
el cataclismo final.
Hay cosas que por mucho que hagamos para evitarlas no dependen de uno mismo, lo que tiene que pasar al final acaba pasando, se ponga uno como se ponga…
—¿Qué tal la carrera, Lola? —le saludó el portero tras pulsar el botón para abrirle la puerta.
—Pues la verdad es que fenomenal, Rashid —le contestó—, me he pegado una buena paliza pero me ha venido genial, muchas gracias.
—Por cierto, ¿hoy es tu cumpleaños? —le preguntó.
—Pues sí, hoy cumplo cuarenta, acabo de poner un pie en la tercera edad —bromeó Lola — pero ¿tú cómo te has enterado?
—¡Muchas felicidades!, pero de tercera edad nada, que estás más joven y guapa que nunca —le dijo el conserje, muy adulador, con un acento marroquí que cada vez se le iba notando menos—.
Es que mientras estabas corriendo ha venido un señor y me ha entregado este regalo para ti, así que me he imaginado que hoy tenías algo que celebrar —le aclaró entregándole una elegante bolsa de color beis en la que se podía leer «Loewe, Madrid 1846».
En ese momento a Lola le temblaron tanto las piernas que se tuvo que agarrar a las rejas de la puerta para no caerse…
—¿Te acuerdas de cómo era el señor que ha traído esto, me lo podrías describir? —le preguntó con la cara pálida, sintiendo que la sangre se le había congelado de repente y ya no circulaba por sus venas.
—Pues era un señor mayor, un poco gordo, más bajo que yo, calvo y con bigote negro, llevaba traje y corbata —le contestó—. ¿Es familia tuya? —insistió, para entablar conversación y porque los porteros suelen ser también bastante cotillas.
Pero Lola no le contestó; tan solo agarró la bolsa, le dio las gracias y volvió a subir corriendo las escaleras de su portal. Volvía a estar demasiado nerviosa como para esperar el ascensor.
En cuanto llegó a su piso, se bebió un vaso de agua fría de un trago, se sentó en el sofá y abrió la bolsa, que estaba atada con un gran lazo.
En su interior había un precioso maletín marrón…
, y de dentro de aquella piel tan suave Lola sacó un voluminoso cuaderno de anillas en cuya portada de cartón y en grandes letras Faysal había escrito Cartas desde Dubái (o más bien Letters from Dubai, porque estaba en inglés).
Se trataba de un larguísimo diario a base de cartas fechadas y todas dirigidas a ella que Faysal había redactado a pluma con una cuidada caligrafía prácticamente a diario, desde que Lola ingresó en prisión y a lo largo de esos años.
En un rápido vistazo pudo comprobar que la última misiva era de ese mismo día, felicitándola por su cuarenta cumpleaños, pero decidió empezar por el principio y seguir el orden cronológico de la correspondencia, que empezaba así:
Dubái, 15 de abril de 2015
Querida Lola:
Acabo de salir de la comisaría y me dicen mis contactos que tú sigues encerrada y que probablemente te van a condenar por adulterio.
Me considero el único responsable de lo que ha pasado, estás en mi país y yo sí conozco la Ley.
Mi deber era cuidarte y protegerte, y jamás debí haber permitido que corrieras ningún peligro.
Lo siento, mi amor, lo siento con toda mi alma.
Te doy mi palabra de que aunque sea lo único que haga en esta vida te voy a sacar de la cárcel; utilizaré todas las relaciones de mi familia y mías, me pondré de rodillas, me arrastraré y suplicaré si es necesario, pero no voy a descansar hasta conseguirlo.
Ojalá algún día puedas perdonarme, aunque yo nunca podré perdonarme a mí mismo. (…)
Lola sintió que las lágrimas volvían a arrasar sus ojos y siguió leyendo con avidez y sin parar de llorar una carta tras otra durante horas.
Y supo cómo Faysal había puesto absolutamente todos los medios que estaban a su alcance para honrar las promesas que le había hecho, a costa de muchos sacrificios, eso sí…
El hecho de que un miembro de una de las familias más prominentes de Dubái hubiera sido pillado casi in fraganti por la policía teniendo relaciones sexuales con una mujer casada previa denuncia del marido (que para más inri era empleado de una de sus empresas),
supuso un escándalo mayúsculo que fue corriendo de boca en boca como la pólvora, traspasando incluso las fronteras de los Emiratos.
Pero es que, además, constituyó un fuerte varapalo a la reputación de su familia, algo fundamental en la complicada tela de araña de las relaciones económicas de esa sociedad tan cerrada y tradicional en la que el apellido,
los negocios y la respetabilidad se mezclan y superponen en un frágil equilibrio susceptible de derrumbarse como un castillo de naipes por conductas que desde el punto de vista de la moral occidental no tienen la menor importancia.
Valores como el honor, la discreción y el decoro lo son todo en la cultura árabe.
Si una persona pierde la dignidad se arruina ante los ojos de su comunidad, y en la mayoría de los casos esa ruina es literal.
De ahí que Faysal enseguida confirmara lo que sospechaba desde un principio: que él solo nunca iba a ser capaz de sacar a su querida Lola de la cárcel, que sin la ayuda de los miembros varones del clan Al Mubarak, fundamentalmente su padre y sus tíos, no había nada que hacer.