Cartas desde Dubái 3 #2
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—Lo sé porque yo soy empleado del señor Al Mubarak —le replicó confirmando las sospechas de Javier, que había pensado que el sujeto parecía más de Jaraíz de la Vera que de Dubái (las primeras impresiones sobre la gente casi nunca le fallaban,

aunque también pudo haber influido su marcado acento extremeño)— y precisamente esta mañana me ha encargado envolver este objeto en papel de regalo y entregarlo junto a un ramo de flores en la empresa de la señorita Goizueta a su nombre —le contestó acrecentando enormemente sus ganas de saber quién

era el árabe en cuestión que se hospedaba en un hotel de cinco estrellas, tenía asistentes personales y le regalaba flores a Lola— así que no se moleste, que ya le haré llegar yo la caja a mi jefe.

Muchas gracias por tomarse la molestia de venir hasta aquí a devolverla y buenas tardes.

—Pues me temo que eso no va a ser posible. La señorita Goizueta me ha pedido que devuelva este regalo al señor Al Mubarak en persona, así que eso es lo que voy a hacer —contestó rotundo Javier—. Si me disculpa… —añadió dirigiéndose a la recepción del hotel.

—En ese caso, no se preocupe, que ya lo aviso yo —le espetó cortándole el paso—, ¿le importaría esperar un momento?

—Y como no se trataba de una pregunta, sino de una orden tajante, Javier no tuvo más remedio que aguardar mientras ese personaje tan excéntrico, como sacado de una película española de los años cincuenta, se hacía a un lado para llamar desde su teléfono móvil sin poder ser escuchado.

Después volvió a acercarse a él y, de una manera mucho más amable que antes, le indicó:

—El señor Al Mubarak le ruega que lo espere en el bar mientras baja de su habitación. No le tomará más de cinco minutos, ¿me sigue, por favor?

Javier cruzó la magnífica cúpula de cristal del Palace por cuyas vidrieras de colores se filtraba la luz del sol en un espectáculo de una belleza impresionante.

Y se sentó en la barra del bar, decorado al más puro estilo clásico inglés, frente a una botella de champán en una cubitera dorada que el camarero se apresuró a servir en una copa, tras una indicación que le hizo la burda imitación cacereña de José Luis López Vázquez.

Javier, por supuesto, no le hizo ningún asco a la copa.

Sonrió para sus adentros parafraseando El arte de la guerra de Sun Tzu en el pasaje que asegura que «el que llega primero al campo de batalla espera la llegada del enemigo fresco para combatir»,

si bien las burbujas de la segunda copa se le atragantaron un poco al recordar que el mismo estratega chino también había afirmado que «los buenos guerreros hacen que los adversarios vengan a ellos»…

Mientras tanto, Lola estaba de camino al colegio llamando a su psiquiatra y tratando infructuosamente de que le recibiera al día siguiente.

—De verdad que no puedo, Lola, si estuviera en Madrid no me importaría, pero salgo ahora mismo para Jávea y no vuelvo hasta el domingo, ¿por qué no llamas a la consulta y adelantas tu cita del miércoles para el lunes?

—le decía Patricia con un tono que no podía disimular su fastidio ante la machacona insistencia de su paciente.

—¡Pero es que yo no puedo esperar hasta el lunes!

, ¿no has escuchado lo que te he dicho? Faysal está en Madrid, quiere que cenemos juntos esta noche, me ha regalado su reloj y lo ha dejado en mi oficina, así que sabe dónde trabajo.

Estoy segura de que la persona que pensaba que estaba siguiéndome es un detective privado contratado por él para espiarme… —le repetía ella.

—Lola, por favor, no hagas nada hasta el lunes, no veas a Faysal y, sobre todo, no llegues a conclusiones precipitadas.

Aún no sabemos seguro que haya contratado un detective; trata de calmarte e intenta no estar sola este fin de semana; llama a tu padre o a tu amigo Javier para que te acompañe y no hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte…

Sé que puedes manejar esta situación, confío plenamente en ti, estás preparada para ello —trataba de calmarla sin mucho éxito.

Lola sabía que no había nada que hacer, por mucho que se arrastrara y suplicara, y a pesar de la fortuna que llevaba gastada su padre en tres años de consultas,

Patricia se iría a la playa a tumbarse en una hamaca de algún hotel de lujo dejando que ella se volviera loca sabiendo que Faysal estaba en ese momento en su mismo país, en su misma ciudad y no muy lejos de su propia casa…

No obstante, y a pesar de lo angustiada y abatida que se sentía por toda la situación, que ya la estaba sobrepasando por mucho que Patricia dijera lo contrario, trató de poner la mejor de sus sonrisas cuando sus hijos le cantaron el Cumpleaños feliz.

—Pide un deseo, mamá, antes de soplar las velas tienes que pedir un deseo, pero no digas qué deseo pides, que si nos lo cuentas no se cumple —la animó Alejandro.

Y Lola en lugar de salud para sus hijos, erradicación del hambre en África, paz mundial o el Gordo de la Primitiva, lo que pidió fue que Faysal se fuera de España y de su vida, que se fuera para no volver, que la dejara tranquila con su tristeza y su soledad,

que se muriera si era preciso para que ella pudiera seguir viviendo en paz.

Después de terminar de comer la tarta (Diego se la habría tomado entera si se lo llega a permitir y ella apenas pudo digerir un pequeño trozo), Alejandro preguntó que cuándo iba a venir su padre a recogerlos.

—Papá viene mañana, os ha dejado que hoy paséis la tarde conmigo para celebrar mi cumpleaños los tres. Podemos hacer palomitas y ver una peli con la manta juntos y superabrazados en el sofá si queréis… —les propuso. Pero contra todo pronóstico ambos parecieron algo desilusionados con su propuesta.

—Es que los abuelos han comprado un cachorro y lo íbamos a conocer hoy. Papá nos iba a llevar este fin de semana a El Escorial para verlo… —le explicó Diego—. Porfa, ¿nos dejas irnos con él? La abu nos ha dicho que es un perrito monísimo y tenemos muchísimas ganas de conocerlo…

«Muy típico de Alfredo», pensó ella, «primero se hace el bueno dejándome pasar la tarde con ellos y luego les ofrece un caramelo para que sean ellos los que me supliquen irse con él…»

. Así que, con todo el dolor de su corazón, porque después de todo lo que había pasado realmente necesitaba el calor, la seguridad y la placidez que solo conseguía estando con sus hijos,

llamó a su exmarido (que con su cinismo habitual insistió en que por él no había ningún problema en recogerlos al día siguiente) y acordó que pasaría a buscarlos a las siete en punto.

En cuanto salieron por la puerta con sus mochilas contentísimos con la perspectiva de un fin de semana entero por delante para jugar con el perro, Lola se lanzó a su teléfono móvil.

Pero nada, Javier no había contestado su whatsapp de hacía más de cuatro horas (algo extrañísimo en él); de hecho, ni siquiera lo había leído, así que ya no pudo más y lo llamó una, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces, de manera compulsiva, hasta que por fin consiguió que atendiera su llamada.

—¡Hola, estoy ahora mismo con Faysal. Qué grande es tu amigo árabe, es un auténtico crack!

—le dijo completamente borracho—, me ha invitado a una comilona en Lucio por todo lo alto y ahora nos estamos tomando unos gin-tonics en Chicote, ¿te apuntas?

Venga, vente, que lo estamos pasando de lujo.

¡Es un fuera de serie el tío, se sabe más marcas de ginebra que yo de cerveza, que ya es decir…

, y las estamos probando todas. Estamos haciendo una cata y te necesitamos aquí con nosotros para que nos des el voto de desempate, ¡vente, por favor!

—¡Vete a la mierda; idos los dos a la mierda! ¡Y dile a Faysal que no pienso cenar con él esta noche y que ya está tardando en subirse en un avión directo a Dubái…! —chilló furiosa antes de colgar.

Javier, que no se podía creer lo que acaba de escuchar, marcó inmediatamente el número de Lola, pero como ella había desconectado su móvil, le sugirió a Faysal que la siguiente fuera de Puerto de Indias, «¿o te crees que en España no sabemos hacer buenas ginebras?;

mira qué color rosa tan chulo tiene. Venga, pruébala, y dime si tiene algo que envidiar a las inglesas».

A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza descomunal, no supo por qué, pero volvió a acordarse del manual castrense chino, aunque en esta ocasión le vino a la cabeza un fragmento bien diferente: «Lo supremo en el arte de la guerra consiste en someter al enemigo sin darle batalla…»

Después, como era muy aficionado a los temas bélicos y mitológicos, además de que todavía seguía un poco ebrio, llegó a la conclusión de que si Paris y Menelao se hubieran ido de copas, a lo mejor la Guerra de Troya no habría durado diez años.

Se tomó un Espidifen y se volvió a la cama, que para eso era sábado y no tenía que ir a currar.