Cartas desde Dubái 3
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—¡No me toques, déjame en paz! —chilló Lola cuando Javier la sujetó por los hombros a la salida de la oficina.

—Perdóname Lola, lo siento, pensé que estabas mal, que te pasaba algo… Lo siento, de verdad —le contestó él un poco asustado, porque era la primera vez que Lola le levantaba la voz. Siempre era muy dulce, con él y con todo el mundo, jamás la había visto tan enfadada y fuera de sí.

Entonces ella rompió a llorar y se abrazó a él, a la única persona con la que podía contar en esa etapa de su vida, la que siempre estaba de su lado, el amigo que llevaba más de dos años echándole constantemente una mano en el trabajo (si no llega a ser por él probablemente estaría ya en la calle),

intentando hacerle compañía fuera de él, brindándole su cariño de manera desinteresada, sin pedirle nada a cambio, sin agobiarla, respetando su tristeza y su deseo de soledad.

Lola sabía que estaba pagando con él la rabia que en esos momentos sentía hacia Faysal por haber irrumpido bruscamente en su vida como un elefante en una cacharrería, precisamente cuando pensaba que estaba empezando a manejar de alguna manera las riendas,

al menos de una forma que a ella le funcionaba.

—No pasa nada, mi niña, vas a estar bien, llora todo lo que necesites, échalo fuera, desahógate.

Yo estoy aquí y no me voy a ir; llora, cariño, llora tranquila —le susurró suavemente mientras le acariciaba la cabeza.

No tenía ni idea de qué le podía haber ocurrido a Lola en el pasado, pero sentía que estaba abrazando a una marioneta desmadejada y sintió mucha lástima por ella.

Quería darle todo ese amor que le faltaba, anhelaba con todas sus fuerzas poder reparar y cuidar a esa muñeca a la que habían hecho añicos, arreglando con toda la ternura de la que era capaz cada una de las piezas que alguien, no sabía cuándo ni cómo ni por qué, había destrozado, literalmente.

Nunca se había engañado respecto a lo que sentía por ella.

La quería, y en ese momento, al verla tan frágil y desamparada, la quiso más que nunca.

—Necesito que me hagas un favor…, necesito que lleves esta caja al hotel Palace y se la des en mano a un hombre que se llama Faysal Al Mubarak —le rogó ansiosa, tartamudeando ligeramente y entregándole la caja con el Patek Philippe—.

Pero se la tienes que dar a él en persona porque lo que hay dentro tiene muchísimo valor.

Acuérdate del nombre: Faysal al Mubarak, pregunta por él porque sé que está hospedado allí.

¿Podrías hacer esto por mí, por favor? —le suplicó otra vez enjugándose las lágrimas.

El agua había tornado el gris de sus ojos en un tono azul verdoso claro muy brillante y, con la cara llena de mocos y haciendo pucheros, estaba más guapa que nunca.

—Claro que sí; haría lo que fuera por ti, pero primero déjame que te lleve a casa, en el estado en el que te encuentras no voy a dejarte ir sola en el metro… —le contestó solícito mientras paraba un taxi que bajaba por la avenida de Asturias.

Lola insistió en acercarse un momento a recoger la tarta que había encargado el día anterior y dejar primero a Javier en el hotel, porque le pillaba de camino a su casa,

y como tenía algo de dinero previsto para hacerse un regalo a sí misma por su cumpleaños decidió gastárselo en el taxi (de todas formas no había nada que le hiciera especial ilusión comprarse).

De este modo podría llegar a casa con el tiempo suficiente para lavarse la cara y desmaquillarse (tenía el rímel corrido de tanto llorar), darse una ducha e ir a buscar a sus hijos al colegio de una manera más presentable.

Quizá si se frotaba mucho con la pastilla de jabón podría eliminar el olor a Faysal de su piel (que volvía a estar más presente que nunca) y olvidar que estaba en la misma ciudad, pisando el mismo asfalto y bajo el mismo cielo que ella en ese mismo instante.

Dejó que Javier cogiera su mano durante todo el trayecto, en el que él tuvo el detalle de no hablar, de no preguntar, de simplemente hacerle saber que estaba ahí, que era justo lo que ella necesitaba; y poco a poco se fue calmando.

No tenía por qué volver a ver a Faysal, pensaba una y otra vez para autoconvencerse.

Daba igual que él hubiera reaparecido si ella se mantenía fuerte en su determinación de mantenerlo alejado de su existencia, así que no había motivo para preocuparse, no tenía que pasar nada si ella no quería que pasara; él regresaría a Dubái y todo seguiría como hasta ahora…

. «En cuanto llegue a casa llamo a Patricia, a ver si me puede dar una cita mañana cuando los niños se vayan con Alfredo. Espero que me haga un hueco aunque sea sábado. Me vendría tan bien tener una sesión para hablar de todo esto…»

Y con la esperanza de ver a su psiquiatra al día siguiente su respiración fue poco a poco acompasándose.

Y fue entonces, exactamente cuando el taxi se detenía en el Paseo del Prado para que Javier se bajara, cuando tuvo esa premonición.

Apenas fue una décima de segundo, un instante muy fugaz, pero Lola tuvo la certeza de que su instinto no la estaba traicionando y por vez primera pudo poner cara, y ojos, y hasta piernas, al fantasma cuya presencia había notado en sus espaldas intermitentemente los últimos tres años.

Se trataba de un señor más bien regordete, bajo, prácticamente calvo y con bigote que estaba en el umbral de la elegante puerta del hotel Westin Palace, apoyado en la pared, como esperando a alguien…

Nada más verlo ahí, fumándose un cigarro, supo que conocía a ese señor de algo, que su cara le resultaba familiar y que no estaba allí, ese día, y a esa hora, por pura casualidad.

Y si todavía le quedaba alguna duda, esta se disipó por completo cuando aquel hombre, de apariencia mediocre y con un traje azul aún más mediocre en contraste con la suntuosidad del flamante edificio,

interceptó a Javier en el momento en el que iba a entrar en el hotel con la caja de caoba en la mano…

Pero el taxi arrancó el motor cuando el semáforo de la plaza de Neptuno se puso en verde y ella, que se había quedado paralizada en su asiento, no supo reaccionar, no tuvo los reflejos necesarios para pedirle al conductor que frenara,

y se quedó mirándolo a través de la ventanilla del coche mientras hablaba con Javier hasta que lo perdió de vista en su camino hacia Atocha, Embajadores y Paseo Imperial.

«¿Quién era el señor con el que estabas hablando en las escaleras del hotel? Por favor, llámame en cuanto puedas. Muchas gracias. Un beso», le escribió a su amigo por whatsapp antes de darle al taxista el dinero de su regalo de cumpleaños, saludar a Rashid,

el simpático portero marroquí de su urbanización, y subir corriendo las escaleras (estaba demasiado nerviosa como para esperar al ascensor) a su piso, el segundo C, otra vez con un vuelco en el corazón.

Javier sabía que Lola había vivido algún tiempo en Dubái, ella misma se lo había comentado en alguna ocasión, si bien, por mucho que trató de averiguar algo más, nunca había querido entrar en detalles.

También tenía claro, por las conversaciones que solía tener con ella tomando una caña a la salida del trabajo (aunque ella siempre se pedía una Coca-Cola),

o cuando después de mucho pedírselo conseguía quedar con ella algún fin de semana para cenar y ver una película independiente en las salas de la calle Martín de los Heros (no era su favorito, pero sabía que a ella le encantaba ese tipo de cine en su opinión soporífero),

que poco después de volver de Dubái se había divorciado de su marido, por lo que intuía que algo muy gordo tenía que haber pasado allí.

Sin embargo, por la forma en que hablaba de su ex (o, más bien, por lo poco que hablaba de él), percibía que ya no albergaba ningún sentimiento romántico hacia Alfredo; tenía la impresión de que pasaba de él olímpicamente.

Pero lo que no era normal era la tristeza de esa chica, el hecho de que apenas tuviera vida social, que nunca le hablara de ningún amigo suyo (solo se refería constantemente a sus hijos y de vez en cuando a su padre), que siendo tan atractiva y teniendo ese cuerpo de infarto no saliera con nadie…

Había algo que a él evidentemente se le estaba escapando, pero era tan reservada que cada vez que intentaba indagar en su alma se cerraba como una concha y no había forma humana de sacarle ningún tipo de dato íntimo que explicara por qué estaba tan sola, y, sobre todo,

y lo que a Javier le resultaba más extraño, por qué quería estar tan sola.

No obstante, hoy, el día de su cuarenta cumpleaños, todo había sido diferente, había descubierto una nueva Lola que bebía una cerveza detrás de otra, le llamaba cariño, le gritaba…

y lloraba en sus brazos mientras se dejaba acariciar el pelo.

Le gustaba infinitamente más esta nueva mujer mucho más apasionada, a pesar de que, cual Atlas condenado por Zeus, parecía seguir cargando con todo el peso del mundo sobre sus hombros.

Por otro lado, no había podido soportar verla sufrir de esa manera tan profunda, tan intensa, eso le había dolido más que si le hubieran dado una paliza, lo cual le había desconcertado bastante, porque ni él mismo conocía esa faceta suya…

Pero al menos hoy había podido llegar a una conclusión clara: detrás de ese cambio tan brutal y de un día para otro en la mujer de la que estaba enamorado tenía mucho que ver ese hombre, Faysal Al Mubarak (el nombre no podía sonarle más árabe),

y esa caja de madera de la que todavía desconocía el contenido pero que no pensaba tardar en descubrir.

Y en eso iba pensando cuando, al subir las escalinatas del hotel Palace, un desconocido con una pinta muy rara lo abordó nada más verlo:

—Hola, buenas tardes —le dijo ofreciéndole su mano, que él no quiso estrechar—, perdone que le moleste, pero viene usted a entregar esto… —le preguntó señalando la caja— …al señor Faysal Al Mubarak, ¿verdad?

—Pues sí, efectivamente. Pero ¿quién es usted y por qué sabe a qué vengo?

—le contestó muy sorprendido y algo molesto, porque el tipo en cuestión no le daba muy buena espina que digamos: había algo siniestro en esos ojos pequeños que no paraban de moverse hacia todos los lados hundidos en su cara roja e hinchada por la grasa.