Cartas desde Dubái 2 #3
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había sido el responsable de empujar esa primera ficha de dominó que había ido golpeando una a una todas las demás hasta terminar destruyendo su vida por completo y para siempre.

Por eso lo odiaba. Y si viviera siete vidas más no tenía ninguna duda de que lo odiaría las siete con la misma fuerza.

—¡Lola, Lola! ¿Estás ahí?, ¿te pasa algo? —le gritó Lucía, una de sus compañeras de trabajo, mientras golpeaba con los nudillos la puerta del baño.

«Otra vez salvada por la campana», pensó, al tiempo que se preguntaba cómo sabía Faysal dónde trabajaba; quién se lo había dicho, por qué tenía la dirección de su empresa…

—Sí, sí, estoy aquí. Todo bien, dame cinco minutos, que subo enseguida —contestó Lola limpiándose las lágrimas. Al fin y al cabo, el show debe continuar, como diría Aznavour. Aunque, eso sí, antes de meterse en el ascensor le cedió el ramo de flores a Pilar.

—Y si no te gusta, por mí lo puedes tirar a la basura.

Sin saltarse el guion ni un milímetro, Lola fingió cara de asombro e incredulidad cuando llegó a la habitación y todos sus compañeros le gritaron «¡Sorpresa!»

, al tiempo que le cantaban el Cumpleaños feliz cada uno con su sombrerito de fiesta y un matasuegras comprado para la ocasión.

Pero la verdad es que Lola sí estaba algo sorprendida por el despliegue de bebida y comida, globos, confeti y serpentinas.

No cabía duda de que Javier se lo había trabajado un montón.

Después de dar las gracias a todos lo primero que hizo fue coger de la nevera una Mahou bien fría que se bebió de un trago ante la mirada divertida de Javier.

—¡Eh!, tómatelo con calma, rubia, que cervezas hay para aburrir —le dijo guiñándole un ojo.

—Pues no sabes cómo me alegro, cariño, porque hoy estoy muerta de sed —le contestó Lola mientras abría una segunda botella y a él se le subían los colores (le había llamado cariño, era la primera vez que le llamaba así y le había sonado a música celestial, al Coro de los esclavos de Nabucco,

al Adagio de Albinoni, a la Marcha triunfal de Verdi…

¡Estaba absolutamente FELIZ, no se lo podía creer!) .

—Por cierto —añadió—, muchísimas gracias por esta fiesta.

Nunca habíamos tenido una celebración de cumpleaños tan por todo lo alto en la oficina, y, sobre todo, gracias por tu regalo —le dijo cayendo en la cuenta de que ni siquiera se había puesto el esperpento ese de pulsera—.

Espera aquí un momento, que quiero que me la veas puesta —y acudió corriendo a su mesa para sacarla del bolso, donde, una al lado de la otra, también había guardado la caja con el impresionante Patek Philippe de oro rosa de Faysal.

«Se lo tengo que devolver, este reloj vale una fortuna y no pienso quedármelo», pensó poniéndose muy nerviosa…

—A ver, un brindis, que nos haga Lola un discurso, por favor —exclamó Iñaki, el más fiestero de la empresa. Y a continuación todos exclamaron «¡Discurso, discurso, discurso!», cada vez más alto.

Así que Lola no tuvo más remedio que alzar su tercera cerveza, gesto que los demás secundaron levantando sus copas, y, con los ojos húmedos por la emoción, respiró profundamente,

se tomó unos minutos para aclararse la garganta y que no se le quebrara la voz (momento de gran expectación en el que no se oyó ni una mosca) y finalmente gritó:

—¡¡¡Brindo por la libertad!!!

Todos se quedaron boquiabiertos… «Y esta chorrada de la libertad, ¿a qué viene?, ¿esta tía es una comunista furiosa o es que ya va pedo?», oyó susurrar a Virginia, conocida en toda la oficina por su mala leche y por estar colada por Javier a pesar de que él no le había dado nunca ni la hora.

Lola, que había oído el comentario, se sintió ofendida, humillada y mareada por todo lo que había pasado esa mañana y también por las tres cervezas que llevaba entre pecho y espalda sin haber podido probar bocado (el amarillo de los tulipanes de Faysal le había hecho un nudo en el estómago).

Así que decidió que una retirada a tiempo era una victoria (ojalá se hubiera aplicado esa máxima napoleónica tres años antes…)

, por lo que volvió a dar las gracias, se despidió, cogió su bolso con sus dos regalos y se fue de allí haciendo oídos sordos a los ruegos de todos para que se quedara un rato más.

Como era de esperar, Javier, que sentía que por fin podía haber llegado su oportunidad, cogió corriendo su chaqueta y fue tras ella provocando la risa unánime del personal,

que estaba al cabo de la calle de sus sentimientos hacia la guapísima —pero-más-rara-que-unperro-verde— técnica que había entrado por enchufe (en una empresa tan pequeña los chismorreos son el pan nuestro de cada día).

Cuando los dos salieron por la puerta, uno detrás de la otra, Virginia, verde de envidia, no pudo reprimir su ira y le espetó a Javier en voz alta para que la oyera todo el mundo: «¡Aprovecha, hijo, que hoy parece que la mosquita muerta se ha animado con las birras y a lo mejor hasta triunfas!»

, lo cual no le hizo gracia absolutamente a nadie, porque aunque ninguno de los allí presentes pudiera entender por qué Lola parecía estar siempre tan triste y melancólica, todos estaban de acuerdo en que era una buena compañera.