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Había cuarenta tulipanes, Pilar los había contado y le aseguró que eran para ella:
—Pone tu nombre en el sobre, mira: Lola Goizueta.
¡Venga, lee la tarjeta de una vez! —le repetía con insistencia…
Pero ella no la escuchaba: a sus oídos llegaban sus palabras, pero en algún momento interferían con algún conducto nervioso y no llegaban a su cerebro, no entendía lo que le decían—.
Pero, hija, ¡que te has quedado atontada!
, mira, si quieres te leo yo lo que pone…
—y como Lola seguía sin articular palabra, la recepcionista (que como no podía ser de otra manera, era una cotilla integral) abrió el sobre y leyó en voz alta:
Feliz cumpleaños, mi amor
—¡Venga, adivina quién firma la tarjeta!
, ¿lo sabes tú o te lo digo yo? —insistía sin obtener ninguna respuesta—.
¡Es de F!, pero ¿quién es F?, ¿se llama Fernando…
o Federico? También puede llamarse Félix o Francisco…
¿Quién es ese F, Lola?, no sabía que tenías novio, no nos habías dicho nada…
Espero que no sea el señor que ha traído los regalos, porque más feo no podía ser, y mínimo tenía sesenta años, así que ese no lo quiero ni para mí…
Y con las flores han traído esta caja: mira qué bonita la han envuelto, ¿qué crees que hay dentro?
, ¿la abres tú o quieres que lo haga yo?
Lola, tratando de contener las lágrimas, cogió la caja en ese momento y se fue corriendo al baño más cercano, donde cerró una de las puertas con pestillo, se sentó en la taza y comenzó a llorar mirando aquella caja rectangular que no conseguía abrir,
porque le resultaba imposible coordinar sus manos.
Al final logró romper el lazo con los dientes, rasgó con furia el papel de regalo e inspiró una buena bocanada de aire antes de abrir la preciosa caja de caoba y encontrarse con un Patek Philippe de caballero que no era nuevo, porque era el reloj de Faysal,
el mismo que llevaba en la muñeca el día que lo conoció en el restaurante China Grill del hotel Westin de Dubái, poniendo en ese preciso instante su vida del revés como un calcetín.
Junto a esa verdadera joya había una tarjeta en la que había escrito en inglés de su puño y letra:
Te regalo mi tiempo, todo él (all of it), porque sin ti mi tiempo no vale nada.
Te espero esta noche para cenar en la Suite Real del hotel Westin Palace de Madrid.
Por favor, ven, escucha todo lo que tengo que decirte, no perdamos más tiempo, te lo suplico.
Te quiero y no he dejado de pensar en ti ni uno solo de estos 1.122 días.
Mil ciento veintidós días; eran exactamente mil ciento veintidós, Lola también los había contado.
Mil ciento veintidós días en los que Lola había descendido a los infiernos para no volver, mil ciento veintidós días que la habían transformado en una persona completamente diferente, tanto que ya ni siquiera se acordaba de cómo era antes.
Mil ciento veintidós días de los cuales más de doscientos estuvo encerrada en una cárcel (con aire acondicionado, eso sí), con extraños en todos los aspectos (no había ni una sola mujer occidental allí), que no hablaban su idioma (tan solo algunas chapurreaban el inglés),
completamente aterrorizada y sin saber siquiera si algún día podría volver a abrazar a sus hijos.
Mil ciento veintidós días, y los que le quedaban, de tratar con mucho esfuerzo de sobrevivir al resto de una vida entre sombras era el precio que había tenido que pagar por pasar una noche con Faysal, el mayor error de su vida, el único error que jamás podría llegar a perdonarse.
Y hoy, precisamente hoy, el día que por fin había conseguido reunir un poco de energía de no se sabe dónde para poder celebrar su cumpleaños con sus hijos,
aparecía el flamante millonario emiratí —que seguramente no se habría quitado la chaqueta de su traje Armani en todo el viaje en primera clase a Madrid—, con la firme convicción de que unas flores y un reloj carísimo podrían hacer desaparecer aquel vía crucis inhumano y cruel que había vivido, así,
de un plumazo, como por arte de magia.
El guapísimo árabe de ojos negros y labios carnosos al que las atractivas azafatas le habrían dedicado sonrisas de admiración durante las siete horas de vuelo mientras le servían el mejor whisky escocés estaba aquí, en España, porque había dispuesto, unilateralmente y sin consultar a nadie,
hacer acto de presencia para cenar con ella en una suite del hotel Westin Palace, porque, claro, ¿cómo se le iba a ocurrir al caballero más elegante y con más clase de este mundo reservar mesa en la Cervecería Tere?
El poderoso aristócrata, que había tenido que dormir, pobrecito él, una noche en el calabozo, solo una, mientras ella tuvo que pasar más de doscientas noches imaginando más de doscientas formas diferentes de quitarse la vida (esa fue la única manera que encontró en la cárcel de poder conciliar el
sueño: fantasear con su propia muerte), había decidido que hoy, no hace dos años ni dentro de tres meses, no: hoy, justo hoy, le apetecía volver a verla.
¿Cuánto tiempo estuvo llorando de rabia en ese baño Lola? ¿Cinco, diez, quince minutos?
A ella le pareció una eternidad en la que, además del miedo y la soledad de la prisión, no pudo evitar que en su cabeza se sucedieran a una velocidad vertiginosa, como en una película a cámara rápida, intercalándose y superponiéndose unas sobre otras sin orden ni concierto,
las imágenes de la primera vez, el día de la tormenta de arena, en la que Faysal le cogió la mano y se la apretó con una perfecta mezcla de ternura y autoridad a partes iguales;
o la descarga de electricidad que sintió cuando admiró su cuerpo fibroso sumergirse en el agua dulce de los lagos de Al Qudra bajo el sol naranja del desierto;
y el escalofrío que la recorrió de arriba abajo cuando aquellos deliciosos labios se adentraron en su boca y ella los mordió ansiosa y sedienta, como si se tratara de la fruta prohibida del Jardín del Edén.
Pero sobre todo se repetían una y otra vez, en una especie de analepsia cinematográfica, los frames en blanco y negro de la piel morena de Faysal entre la suavidad de las sábanas de hilo de la inmensa cama con dosel, mientras Lola, que ya sabía que iba a acabar muriéndose de placer,
se retorcía y gritaba cada vez que sus manos expertas la acariciaban y sus brazos musculosos la sujetaban firmemente para poder sumergirse en ella, con tanta violencia y delicadeza al mismo tiempo, que todavía lo seguía sintiendo allí, muy dentro y en cada poro de su piel…
Faysal era parte de su vida y lo seguiría siendo siempre, tenía asumido que ya nunca podría arrancarlo de su corazón a pesar de desearlo con todo su ser.
Sabía perfectamente que si no hubiera sido por él y por su amiga emiratí, Samira, nunca habría conseguido el indulto del jeque y no habría tenido más remedio que cumplir hasta el final la condena que le habían impuesto por adulterio (tres larguísimos años).
Pero quería cerrar a cal y canto esa horrible etapa de su vida (tenía que hacerlo para poder seguir respirando) que le había dejado marcadas las entrañas con heridas tan profundas que eran imposibles de cicatrizar.
Odiaba a Faysal por haber dado esa patada abriendo de par en par las puertas de su alma, tan frágil aún, así, de repente y sin avisar, con la prepotencia de quien aparece en una fiesta sin ser invitado.
Lo odiaba por haberle elegido a ella en aquella fatídica ladies night de Dubái, cuando descubrió que Alfredo tenía una amante, porque aunque entonces a ella le pareciera que su vida era un desastre sin remedio, lo cierto es que, si no hubiera conocido a Faysal, su destino,
y de eso no le cabía la más mínima duda, habría ido por otros derroteros y el daño no habría sido irreversible.
Lo había pensado muchas veces encerrada en esa celda, había tenido ocho meses para darle una y mil vueltas a todo lo que pasó y lo que podía haber pasado si Faysal no se hubiera fijado en el vestido azul que llevaba aquella noche, azul como su uniforme de presa…
E irremediablemente siempre llegaba a la misma conclusión: Faysal, sin darse cuenta y por supuesto sin desearlo (Lola nunca había sido injusta y mucho menos estúpida),