Cartas desde Dubái 2
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A Lola le encantaba viajar en metro. En el momento en que bajaba las escaleras empinadas de adoquines desgastados de la estación de Puerta de Toledo y se ponía los cascos, lograba diluirse en la soñolienta riada humana hasta convertirse en un viajero más, igual que todos,

ni mejor ni peor que el resto: un ser anónimo sin nombre, apellidos ni un pasado que lamentar.

Contradictoriamente, no le molestaban los empujones ni los codazos al abrirse o cerrarse los vagones, ni el olor corporal de algunos ni el aliento a café rancio de otros, porque el tiempo que pasaba allí, la mayoría de las veces encajonada entre otras personas,

era de los pocos en los que se sentía verdaderamente libre junto a sus congéneres, y probablemente el único en que no se sentía escrutada con cara de pena o de circunstancias.

Siempre viajaba de pie agarrada a las asideras, y se dejaba llevar por las baladas tristes y desgarradoras de la música country, su favorita, o de Los Secretos y Joaquín Sabina.

Para la mañana de su cumpleaños escogió evadirse con el grupo Taburete y su canción «Mariposas», que «llueven en el metro» y que «solo se posan» porque «han decidido que no quieren volar», igual que ella,

y se subió al vagón atestado de sudamericanos y oficinistas con trajes de medio pelo tarareándola con una sonrisa, porque se la sabía de memoria y porque parecía que habían escrito la letra pensando en ella.

En Alonso Martínez abandonó la línea verde para unirse a la azul celeste que la llevaría a Plaza de Castilla, y entonces volvió a tener esa oscura sensación de que alguien la estaba siguiendo, algo que la angustiaba mucho porque a pesar de que se había dado la vuelta en multitud de ocasiones,

nunca había logrado atisbar a nadie sospechoso de estar espiándola.

Era terrible sentirse acosada, pero aún era más frustrante pensar que estaba loca, que su psiquiatra tenía razón y que esa persona solo existía en su imaginación.

Lola sabía que no se trataba de un espectro, que tenía dos brazos y dos piernas con las que caminaba detrás de ella parapetándose entre la marea de gente que transitaba presurosa por los túneles subterráneos; pero lo cierto era que no tenía manera de confirmar sus sospechas,

y si no podía estar segura de sí misma entonces no podía estar ya segura de nada.

Como estaba un poco alterada, decidió escuchar algo más extremo (el grado de tristeza de la música era directamente proporcional a su capacidad para tranquilizarla).

Buscó a Nacho Vegas y pulsó La noche más larga del año, cuya letra apocalíptica logró templar momentáneamente sus nervios.

En ese momento Lola no podía figurarse lo premonitorio que resultaría el título de aquella canción.

A las ocho menos diez ya estaba cruzando la puerta de la empresa de seguros en la que trabajaba; le dio los buenos días a Pilar, la alegre y servicial recepcionista, y subió a la primera planta, que era la que ocupaban los técnicos, mientras que los jefes de departamento estaban en la segunda,

los presidentes de las agrupaciones en la tercera, y el presidente y la secretaria general de la aseguradora, en la cuarta.

Hacía algo más de cuatro años, justo antes de renunciar a su carrera profesional para trasladarse a Dubái con sus hijos y su por entonces todavía marido, al que le habían hecho una oferta laboral «imposible de rechazar», era ella la que ocupaba la cuarta planta en una empresa parecida a aquella,

de hecho bastante más grande e importante, pero ni un solo día de los dos años que llevaba trabajando allí (gracias a la intercesión de un amigo de su padre) había echado de menos el sillón de cuero, la secretaria y la moqueta.

Aunque uniendo su sueldo de mileurista a la exigua pensión alimenticia de su ex (no se le puede pedir a alguien más de lo que te puede dar) a duras penas le alcanzaba para llegar a fin de mes.

No le había quedado más remedio que acostumbrarse a una nueva situación que implicaba centrarse en los productos en oferta del supermercado al hacer la compra semanal y aceptar la ayuda de su padre a la hora de pagar las dos horas diarias de Marisol,

porque los niños eran aún muy pequeños para ir solos al colegio.

Por culpa de aquellos lapsus mentales que experimentaba a menudo y la falta de sueño por tantas y tantas noches sin dormir (el orfidal ya no le hacía tanto efecto),

había perdido la capacidad de concentración para cualquier tarea intelectual y era plenamente consciente de que el humilde puesto de trabajo que ahora ocupaba estaba bastante por encima de sus capacidades actuales, así que daba gracias a Dios,

y a su incondicional Javier (que era el que siempre le sacaba las castañas del fuego cuando se bloqueaba con algún informe), por poder seguir manteniéndolo.

—¡Feliz cumpleaños, guapísima! —exclamó Javier nada más verla entrar por la puerta, levantándose de su mesa para darle dos besos y una cajita envuelta en papel de regalo con un gran lazo rojo que Lola abrió fingiendo curiosidad.

Se trataba de una pulsera Pandora de plata con un corazón (un auténtico espanto que seguro que había costado un dineral) que Lola agradeció muchísimo sacando a relucir sus mejores dotes para la interpretación: «Es preciosa, me encanta, no sabes lo que me gustan estas pulseras,

siempre he querido tener una».

Después, ocupó su asiento en una gran habitación sin puertas pero con grandes ventanales por donde siempre entraba la luz natural a raudales y que estaba llena de otras muchas sillas y mesas de metal iguales a las suyas.

A las ocho fueron llegando algunos compañeros suyos que también tenían jornada reducida, y a eso de las nueve o nueve y media la primera planta se fue llenando del ruido de las llamadas telefónicas, el aporrear de los teclados y el silbido de la máquina de café:

una jornada laboral tediosa como la de todos los días, aunque este no iba a ser un día como los demás…

Pero de eso Lola todavía no tenía ni la más remota idea.

Cuando puso en marcha su ordenador, lo primero que hizo fue echar un vistazo a su correo electrónico personal.

Se estremeció al encontrarse con un email de Sonia, la catalana, y otro de Alice, la tejana, que eran las dos únicas amigas de Dubái que todavía perseveraban en escribirle de vez en cuando a pesar de que Lola jamás contestaba.

Nunca había querido mantener el contacto con ninguna de las personas que había conocido en Emiratos Árabes porque sabía que le habría dolido demasiado.

Ambas se habían acordado de que ese día cumplía cuarenta años y le dedicaban una cariñosa felicitación, rogándole que esta vez les respondiera; querían saber de ella, que al menos les confirmara que estaba bien.

«Algún día tendré que sentarme a escribirles; a ellas y a María, y a Valentina, y a Luz, y, por supuesto, a Céline, mi gran amiga belga, e incluso a Joan, que tan bien cuidó a mis hijos», pensó sabiendo de antemano que nunca podría reunir el valor para hacerlo.

A la hora del café recibió la llamada de su padre y su mujer y, como ya no esperaba ninguna felicitación más, se resignó a prepararse para esa fiesta «sorpresa» que Javier llevaba días organizando para ella en la sala de reuniones contigua al finalizar la jornada laboral.

Menos mal que era viernes y la cosa no se alargaría demasiado porque sus compañeros de oficina, después de tantos días de mal tiempo, estarían deseando irse de fin de semana a la sierra o a la playa para darle la bienvenida a la primavera,

que por fin había llegado a Madrid pisando fuerte con sus zapatos de charol.

«Todo según lo esperado», meditó Lola satisfecha, porque esa era ya su única aspiración: que los días, los meses y los años fueran pasando, uno tras otro y uno igual que el otro, sin sobresaltos,

porque hacía mucho tiempo que su paleta de colores se había llenado de polvo y solo se sentía segura con el gris de la rutina, cuanto más oscuro mejor.

Serían más o menos las dos de la tarde cuando volvió a sonar el teléfono. Era Pilar:

—Lola, por favor, ¿te importaría bajar un momento? Han dejado un par de regalos para ti —le dijo.

Y ella sonrió al imaginar que Javier le había pedido a la recepcionista que la distrajera un rato mientras él colocaba los sándwiches, refrescos y canapés en la mesa alargada y alguien lo ayudaba a apartar las sillas.

—Claro, ahora mismo bajo —le contestó tomándose su tiempo para que él tuviera el necesario para organizarlo todo.

Después de darle su regalo (la infame Pandora), Javier le había pedido que comieran juntos, «o unas cañas, si quieres», pero Lola había rechazado la invitación alegando que tenía que ir a recoger a los niños en el colegio y luego comer la tarta en casa con ellos.

Como él conocía al dedillo qué fines de semana pasaba Lola con sus hijos y cuáles no, pero desconocía que Alfredo le había cedido a los niños esa tarde para poder celebrar su cumpleaños, no pudo evitar pensar que se trataba de una excusa inventada,

aunque decidió aceptar su negativa con un «por supuesto, cielo: en otra ocasión, cuando tú quieras».

Había aprendido que con Lola no se podían forzar las cosas: era un chico lo suficientemente inteligente como para haber vislumbrado desde hacía mucho tiempo la tristeza que se escondía tras esos fascinantes ojos grises y el temblor de sus manos cuando los ponía en blanco y miraba al infinito.

Intentaba controlar sus instintos para dejarle espacio y, aunque le costaba mucho, porque lo que a él le hubiera gustado habría sido abrazarla muy fuerte, respetaba esas «regresiones» (como él las había denominado cuando le hablaba a sus amigos de Lola,

que era bastante a menudo) a un pasado del que desconocía casi todo, pero que intuía tremendo.

Esperaría lo que fuera necesario porque ella sí, ella merecía la pena.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor en la planta de la entrada y Lola vio sobre la enorme mesa del vestíbulo ese deslumbrante ramo de tulipanes amarillos se quedó sin habla.

Los tulipanes eran sus flores favoritas: le evocaban tiempos pasados de prósperos comerciantes holandeses, sábanas blancas secándose al sol y sirvientas retratadas con una perla.