SEGUNDA PARTE #2
No era la primera vez que un preso en una cárcel de un país musulmán canjeaba su libertad a cambio de memorizar y recitar en árabe el Corán delante de un tribunal de la sharia, y esa era la única esperanza de Saba, empeño al que dedicaba todos sus días y la mayor parte de sus noches,
porque había nacido en Adís Abeba y no tenía la suerte de ser europea o tener amigos locales que usaran sus influencias para conseguirle el indulto como le ocurrió a Lola.
Era una muchacha muy sencilla y tímida que había sido acusada por la señora de la casa en la que trabajaba como sirvienta de robarle unas joyas, aunque ella siempre aseguró que no era una ladrona.
Por ese supuesto delito cumplía condena cuando Lola ingresó en el centro penitenciario, y por ese supuesto delito siguió encerrada —quién sabe si está aún entre rejas—, el día en que Lola le dio un abrazo de despedida y un torrente de lágrimas fue deslizándose mansamente,
como le había tocado vivir a ella, por sus grandes y probablemente inocentes ojos negros, negros como la miseria y negros como la injusticia, que es todavía peor.
Había sufrido episodios parecidos el día en que en el escaparate de una agencia de viajes había reparado en un cartel publicitario sobre Dubái («Visita la ciudad que crece mientras duermes», rezaba el eslogan),
o cuando dedicaron el programa Españoles por el mundo a compatriotas suyos expatriados en Emiratos Árabes Unidos y no fue capaz de apagar la televisión: por propia voluntad tragó sapos y culebras hasta el final de la emisión,
del mismo modo que aquel póster coronado por el Burj Khalifa la atrapó como a una mosca una telaraña y la mantuvo pegada al cristal de la agencia de viajes durante más de una hora, completamente hipnotizada por aquel skyline de rascacielos imposibles que conocía tan bien.
Pero nada de todo esto había sido comparable a leer por primera vez, negro sobre blanco, el nombre de su amante emiratí: Faysal.
Esas seis letras activaron inmediatamente un resorte oculto en su cerebro sacando a la luz con una nitidez intolerable cientos de imágenes, sensaciones y recuerdos que había empujado con mucho esfuerzo hacia el rincón más apartado de su memoria.
El impacto fue tan grande que esta vez sí tuvo que salir corriendo, esta vez ya sí que no lo pudo aguantar.
Eran las cinco y media y algunas madres ya esperaban a sus hijos en la puerta del colegio, pero Lola, que había perdido su frescura transformándose en una persona solitaria que siempre trataba de evitar el trato con cualquier otro ser humano a no ser que fuera completamente imprescindible,
decidió esperar en la terraza del bar a que Diego apareciera sudoroso con su quimono de yudo y su cinturón amarillo, y Alejandro le dedicara una amplia sonrisa cargando una guitarra casi más grande que él, porque siempre había sido el niño más bajito de su clase.
—¿Has comprado la tarta de cumpleaños? —fue lo primero que le preguntó Diego, que estaba muy gracioso de yudoka con gafas.
—¿La vamos a comer hoy? —dijo Alejandro.
—No, muñequitos, la tarta se come mañana, que es el día de mi cumpleaños. Ya la he encargado y va a ser de chocolate.
—¡Bieeeeeen, de chocolate! —exclamó Diego, el mayor, que era muy goloso.
—¡Ay, mamá!, deja de llamarnos muñequitos, que yo ya tengo siete —añadió Alejandro esbozando un mohín de reproche.
Y juntos se fueron caminando a casa para darse un baño, hacer los deberes, cenar, ver un rato la tele y dormir, como todos los días, porque mientras estaba con sus hijos Lola se sentía contenta (lo de feliz habría constituido una exageración desmesurada).
Lo malo venía cuando los fines de semana alternos se los llevaba Alfredo: eran demasiadas horas a solas consigo misma, la única persona en este mundo a la que no podía soportar.
Cuando a la mañana siguiente sonó la alarma a las seis y cuarto, se encontró con un whatsapp de Alfredo en la pantalla de su teléfono móvil: «Feliz cumpleaños, que pases un día estupendo.
Si quieres recojo a los niños el sábado a las nueve para llevarlos a su partido de fútbol y así esta tarde puedes celebrar con ellos tus 40 años. Dime si te parece bien», decía, e inmediatamente Lola le contestó con un escueto «Sí»,
en el fondo muy agradecida por el inesperado regalo de poder pasar unas horas más con sus hijos, o quizá por no tener que pasarlas sola.
Ambivalente, así podría calificarse su sentimiento actual hacia su exmarido, aunque lo de «sentimiento» no sea el sustantivo más adecuado, porque por Alfredo hacía mucho que prácticamente no sentía nada, ni siquiera rencor.
Siempre supo, más tarde se lo confirmaron sus abogados, que el 13 de abril de 2015 había sido su propio marido el que la había denunciado a las autoridades.
Al amanecer del día siguiente, aquel fatídico 14 de abril, mientras se fumaba el que creía firmemente que iba a ser su último cigarro admirando el desierto (por fin había conseguido recuperar los pasaportes de sus hijos y se volvía a España) con una sonrisa bobalicona después de haber pasado su
única noche de amor con Faysal, Lola se dio cuenta, presa del pánico, de que los coches que se aproximaban a la jaima no eran excursionistas, sino patrullas de policía.
Fue en ese preciso instante, cuando en sus oídos más que las sirenas policiales retumbó la banda sonora de la venganza y la traición, como si de una ópera de Puccini se tratara, al tiempo que su saliva adquiría el sabor metálico del miedo atascándole la garganta,
cuando tuvo la certeza de que había sido él.
A partir de ese momento odió a Alfredo con las vísceras, con las articulaciones, con todos y cada uno de los cartílagos de su cuerpo durante mucho, muchísimo tiempo.
Sin embargo, sus innumerables cartas recibidas mientras cumplía condena suplicando perdón, mostrando un sincero arrepentimiento y poniéndola al día de la vida de sus hijos fueron poco a poco aplacando su ira hasta que el día que lo volvió a ver, ya en Madrid,
comprobó que la culpa lo había empequeñecido tanto, lo había convertido en un ser tan insignificante, que ya casi no podía distinguirlo.
De esta manera completamente involuntaria, y muy a su pesar por otra parte, la abominación se convirtió en una profunda indiferencia en la que apenas había quedado hueco para el desprecio.
—¡Sorpresa, sorpresa! ¡Te traemos el desayuno a la cama, feliz cumpleaños mamá! —gritaron Diego y Alejandro entrando en la habitación con una bandeja.
El desayuno consistía en una gran tableta de chocolate, un vaso de leche y una bolsa de patatas fritas (la intención es lo que importa) que Lola compartió con sus hijos mientras los llenaba de babas con sus besos,
los besos que durante ocho meses no pudo darles y con los que soñaba cada segundo de cada minuto de cada día, porque sin la promesa de esos besos no habría podido seguir con vida.
Como era un día especial se animó a arreglarse un poco por primera vez en mucho tiempo.
Después de darse una placentera ducha de agua completamente fría (en prisión el agua salía irremediablemente caliente durante los meses de verano y desde que había vuelto a España había sido incapaz de girar el grifo a la izquierda),
eligió un sencillo vestido negro liso sin mangas a la altura de la rodilla, de Massimo Dutti, que le había regalado su padre por Navidad (era muy bonito, por lo que seguramente lo habría elegido Luisa, su mujer),
y lo combinó con la chaqueta de rayas en tonos crudo de uno de sus trajes (ni recordaba la última vez que había ido de compras) y unos zapatos de salón beis que metió en el bolso para cambiárselos por las bailarinas en cuanto llegara a la oficina.
A las siete en punto, como todos los días, los niños estaban jugando con sus maquinitas en el sofá enfundados en unos vaqueros que ya se les estaban quedando pequeños.
«Qué rápido crecen», pensó con melancolía recordando lo chiquitines que eran (acababan de cumplir cuatro y cinco años) cuando se subieron a ese flamante Boeing triple 7 de Emirates Airlines rumbo a Dubái,
sin poder evitar que sus ojos se humedecieran al sacar de un cajón y volver a echar un vistazo a la foto que una de las azafatas, muy guapa y simpatiquísima (se llamaba Inmaculada y casualmente también era española) les hizo con una Polaroid en mitad del vuelo,
los cuatro muy sonrientes en sus asientos de clase turista, y que posteriormente les había entregado en un pequeño marco de cartón en el que toda la tripulación había escrito, cada uno en su idioma, «Bienvenidos a Dubái»: once frases con once caligrafías diferentes.
Afortunadamente (salvada por la campana), minutos después el timbre la rescató de su ensimismamiento.
Abrió la puerta a Marisol, la afable asistenta boliviana que venía todos los días para planchar un par de horas y llevar luego a los niños al colegio: «¡Feliz cumpleaños, señora, que pase usted un día maravilloso!»
, le dijo nada más verla, regalándole unas galletas que había cocinado ella misma.
Le dio un abrazo de agradecimiento, algo que le costó una barbaridad aceptar, porque, excepto cuando se trataba de sus hijos, había desarrollado una especie de repulsa inexplicable hacia cualquier tipo de contacto físico con otras personas (otra secuela más,
según el terapeuta) y se fue a trabajar con la bolsa de las galletas en la mano para repartirlas entre sus compañeros de la oficina.
Era el viernes 11 de mayo de 2018. Había empezado el primer día del resto de la vida de Lola Goizueta.