Cartas desde Dubái SEGUNDA PARTE
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SEGUNDA PARTE

(Tres años después)

Lola va a cumplir cuarenta años. Cumplió treinta y siete en una cárcel de Emiratos Árabes Unidos, treinta y ocho en una clínica de reposo y treinta y nueve completamente a oscuras sin fuerzas para salir de la cama.

Pero se ha jurado a sí misma que esta vez comprará una tarta y soplará las velas con sus hijos para tratar de vestir su vida con algo de normalidad o, al menos, para convencer a los demás de que poco a poco lo está superando.

Sin embargo, en estos momentos no hay nada más lejos de la realidad.

Quien se atreve a decir que el tiempo lo cura todo es simplemente porque nunca ha estado realmente enfermo.

Lo que no sabe, y ni remotamente se imagina Lola, es el vuelco que va a dar su vida a partir del día de su cuarenta cumpleaños.

Ni ella ni nadie es dueño de su destino, y aunque sea cierto que «el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra», lo de que «no hay dos sin tres» no puede ser verdad, porque cuando te has roto en mil pedazos después de la primera caída,

ya ni siquiera intentas levantarte tras la segunda.

1

Después de tres días de llover sin parar, el día había amanecido radiante y daba gusto pasear en manga corta respirando hasta el fondo el aire inusitadamente limpio de Madrid.

Lola Goizueta había salido a las tres de la tarde de la oficina, la hora habitual tratándose de una media jornada, y en lugar de tomar el metro en Plaza de Castilla había optado por quitarse la chaqueta,

ponerse las bailarinas que siempre llevaba en el bolso e ir caminando hasta su piso de la calle Jemenuño en las inmediaciones de la Puerta de Toledo, un larguísimo paseo que le apetecía disfrutar dejando que el sol acariciara sus brazos con la calidez de un anuncio estival lleno de promesas que

casi nunca se cumplen.

Vestía un sobrio traje de chaqueta pantalón oscuro de Zara que había combinado con una anodina blusa blanca y un maxibolso negro de Dayaday.

Con su pelo castaño claro a la altura del cuello (hacía siglos que no lucía mechas y ya no le apetecía llevarlo largo como antes), maquillaje muy natural por exigencias del guion (si se va a trabajar no queda más remedio) y unos ojos grises que la delgadez habían agrandado,

pasaba completamente inadvertida para casi todos los que habían aprovechado el buen tiempo para almorzar al aire libre en las terrazas del Paseo de la Castellana.

Sin embargo, Lola volvía a tener otra vez la impresión de que alguien seguía sus pasos, como un fantasma al que no podía ver pero cuya mirada inquisitiva sentía a menudo clavada en la espalda.

Su psiquiatra había calificado esa sensación como una secuela más del estrés postraumático que padecía, pero ella no podía evitar percibirla como algo muy real.

A la altura del número 200, cruzó las grandes puertas acristaladas de VAIT y encargó una tarta de chocolate (la preferida de Diego y

Alejandro), que acordó recoger al día siguiente a la salida del trabajo.

Ya había comprado dos velas con los números 4 y 0 que tenía previsto soplar al día siguiente junto a sus hijos, tal y como les había prometido.

Iba a ser el primer cumpleaños que se sentía con ganas —no muchas para ser sinceros— de celebrar desde que se fuera a vivir a Dubái y, tras la denuncia de su entonces marido por adulterio, tuviera que cumplir una condena de ocho meses en una cárcel en mitad del desierto,

algo que trataba de borrar de su mente para no volverse loca.

Pero aquello se había instalado en un cómodo sillón de su memoria y era lo primero que recordaba cada mañana al despertarse, y constituía indefectiblemente su último pensamiento antes de que el lorazepam lograra acallar su conciencia después de apagar la lámpara de su mesilla de noche.

La intensidad de la luz del sol en sus ojos al salir de la pastelería la animó a despejar de un manotazo el flequillo de la cara en un gesto para alejar esos negros nubarrones que seguían atormentándola («probablemente siempre lo harán, pero tienes que aprender a vivir con ellos»,

le había dicho el médico), y siguió su caminata con paso decidido tratando de disfrutar del viento fresco, de la primavera y de la libertad, un plato cuyo exquisito sabor se reserva tan solo a unos pocos, a aquellos desgraciados que en algún momento se vieron privados de ella.

Como todos los jueves, los niños tenían actividades extraescolares y salían una hora más tarde del colegio, así que Lola se dio el lujo de pararse un rato a ojear los puestos de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión del Paseo de Recoletos.

Si bien siempre había sido una gran lectora, lo cierto es que había perdido la capacidad de concentración y, excepto los informes y correos electrónicos que estaba forzada a leer en la empresa, los cuales, por cierto, le costaba muchísimo asimilar,

desde hacía más de tres años tan solo se atrevía a mirar de refilón algún periódico o revista, aunque la mayoría de las veces se saltaba sin querer las líneas leyéndolas de dos en dos o bien le bailaban las palabras,

con lo cual apenas se enteraba de lo que leía (al parecer esta era otra de las secuelas de su patología).

En cualquier caso, el hecho de tocar y oler esas páginas amarillentas y deterioradas por el tiempo le proporcionó un placer inmenso y le hizo recordar las largas horas que de niña había pasado en la Cuesta de Moyano,

a la que acudía cada semana con su paga dominical al salir de la iglesia de Los Jerónimos y elegía tranquilamente uno o dos ejemplares que empezaría a leer esa misma tarde.

Con una media sonrisa (las suyas no habían vuelto a ser completas) rememoró las fantásticas aventuras de La gran Gilly Hopkins, Momo o Charlie y la fábrica de chocolate, que solía devorar sentada en algún banco de La Chopera de El Retiro, y más adelante,

cuando cumplió doce años y se mudó a vivir a Valladolid, lecturas algo más profundas como El amor en los tiempos del cólera, Madame Bovary o El diario de Anna Frank.

La ostia, con perdón, de realidad que tornó su sonrisa en una mueca y el incipiente brillo de sus ojos en un mar de lágrimas vino de la mano de un ejemplar bastante sobado de Los siete pilares de la sabiduría con el que se topó por casualidad en una de las mesas de los tenderetes.

Se trataba de una reimpresión de la editorial Sur de los años sesenta y allí, en la portada, estaba Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, vestido al uso tradicional árabe de la época y la cara envuelta en un turbante,

tan bien interpretado en la película de Hollywood por Peter O´Toole.

El libro atrajo a Lola como un imán. No quería hacerlo, pero en un ataque de masoquismo se lanzó a leer, y, sorprendentemente, a entender perfectamente alguno de los míticos pasajes…

, hasta que apareció en escena el personaje del príncipe Faysal, cabeza visible de la rebelión contra los otomanos codo con codo junto a Lawrence: fueron suficientes esas seis letras, una detrás de la otra, F, A, Y, S, A y L,

para que de repente sintiera que se le encogía el corazón hasta convertirse en la cabeza de un alfiler y que el aire no le llegaba a los pulmones.

Se le cayó el volumen al suelo y salió corriendo de allí lo más rápido que sus bailarinas le permitieron, y no se detuvo hasta encontrarse en la puerta del colegio, al que llegó jadeando, con la cara enrojecida y la ropa completamente empapada por el sudor.

Aún quedaba un buen rato para que los niños salieran de sus clases de yudo y guitarra, así que al llegar al centro escolar del barrio (su economía doméstica no le daba ya para pagar colegios privados),

Lola cruzó la acera y trató de calmarse en la cafetería de enfrente fumándose un cigarro (no es lo más aconsejable después de correr, pero siempre le había importado un pimiento su salud) y se pidió una Coca-Cola Zero.

Unos años atrás, pocos, no habría dudado en pedir un copazo de ron para calmar los ánimos (el pecho estaba a punto de explotarle en aquel momento), pero ya apenas bebía, pues el alcohol le recordaba a su etapa dubaití, y le hacía mucho daño, un dolor físico casi insoportable,

cualquier cosa que la obligara a rememorar esa etapa de su vida que le encantaría (habría dado su brazo derecho, y el izquierdo, y hasta las dos piernas y los dos ojos) poder borrar con una gran goma Milán Nata igualita a la que siempre llevaba en su estuche de la gata Kitty cuando era pequeña.

Últimamente disfrutaba matando las horas recreándose en su infancia; le gustaba volverse a imaginar de niña, con su falda escocesa y sus rodillas magulladas, la conciencia limpia y el futuro lleno de posibilidades.

Prácticamente se había autoconvertido en un enfermo de alzhéimer, el cual no puede recordar lo que hizo el día anterior porque en su presente solo hay una densa bruma de tinieblas y confusión, pero mantiene intacta en su memoria la imagen del pupitre de madera gastada de la escuela de su pueblo.

Hacía no mucho, aunque a ella le pareciera una eternidad por la sensación que tenía de vivir a cámara lenta, había visto en las noticias una mención a la hambruna que estaba sufriendo Etiopía y había roto a llorar desconsoladamente.

Nada ni nadie pudo calmarla durante los largos minutos en los que su cuerpo se convulsionaba por el llanto, y nadie supo nunca por qué lloraba.

No había dado explicaciones porque, excepto a su psiquiatra, que lo había logrado con infinitas dosis de tacto y paciencia, jamás había querido abrir su alma y dejar que los recuerdos de los ocho largos meses que había pasado en la cárcel fluyeran libremente,

como si el hecho de no compartir aquella experiencia bastara para eliminarla de su vida.

Aquel sábado por la tarde (recordaba perfectamente que era sábado porque estaba en casa de su padre, que es donde la obligan a comer los fines de semana que los niños están con su exmarido), no pudo reprimirse al acordarse de su compañera de celda,

una jovencísima etíope de ojos tristes y dulce sonrisa que dedicaba todo su tiempo libre, el que no pasaban en el taller o en la cantina, estudiando el Libro Sagrado del Islam para tratar de reducir su pena o eliminarla por completo.