Cartas desde Dubái SAMIRA
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SAMIRA

Samira nunca le había dicho a Lola que su padre estaba emparentado con el jeque de Dubái.

Quería mucho a Lola tal como era y prefirió no sacar a relucir que era miembro de la familia real para que eso no interfiriera en la relación de amistad tan bonita que mantenía con la española.

Pero su hijo Diego, en su inocencia, acertó cuando dijo que «Leila es una princesa y vive en un palacio»; los niños está claro que siempre dicen la verdad y nunca se les escapa nada.

El día que vio a Faysal esperándola en la puerta del colegio supo que era un Al Mubarak, familia íntima amiga de la suya.

Y cuando le llegó el escándalo de que un miembro de esa saga había estado unas horas en el calabozo le pidió a su marido que se enterara de qué había pasado.

A partir de ese momento, tanto ella como Alí, coordinados con Faysal, utilizaron sus relaciones al más alto nivel para liberar a Lola de la cárcel, hasta rogando el indulto incluso al mismísimo califa de UAE.

Su lucha dio sus frutos y lo que pudo haber sido una estancia de tres años en prisión se redujo a tan solo ocho meses.

Una vez que Lola fue «perdonada» y deportada a España supo de todos los esfuerzos que había hecho su amiga emiratí y le dio las gracias a través de una larga carta, porque lo de Lola ha quedado demostrado que son las cartas,

que Samira guarda como oro en paño a pesar de que nunca contestó y jamás volvió a ver a su amiga española.

Alí le había prometido que haría todo lo posible por conseguir el indulto, pero le prohibió terminantemente que volviera a tener ningún contacto con Lola, ya que la consideraba una pésima influencia para su mujer.

Ella hasta ese momento había cumplido a rajatabla su parte del pacto.

Porque se lo había pedido su marido y por otras razones que no vienen ahora al caso…