Cartas desde Dubái CAROLINA
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CAROLINA

Nunca me he considerado una mujer inteligente, y siempre he sido consciente de ello, pero tengo otras cualidades para triunfar en la vida y, sobre todo, sé cómo sacar el máximo beneficio de ellas.

Cuando por fin conseguí acabar, a trancas y barrancas, la carrera de Empresariales las cosas no pintaban nada bien en España, así que no me lo pensé dos veces cuando mi novio del momento me ofreció la posibilidad de entrar a trabajar como becaria en esa aburrida empresa fabricante de aluminio.

No era el trabajo de mis sueños, el sueldo era de risa y mis compañeros de trabajo tenían una media de casi sesenta años, pero por algo tenía que empezar…

No voy a decir que Alfredo nunca me gustó, porque eso sería mentir. Era un hombre guapo, muy educado, elegante y tal vez algo soso, pero era mi jefe y necesitaba urgentemente un padrino con el que ir subiendo peldaños y poder dejar de cenar en el VIPS los viernes por la noche.

Siempre supe que estaba casado y tenía hijos (no paraba de hablar de ellos, lo cual era bastante inoportuno, sobre todo después de hacer el amor), pero eso en el fondo me venía muy bien.

No me convenía atarme a nadie hasta llegar a mi cima profesional, y para ello todavía quedaba demasiado.

Así que decidí disfrutar de nuestras comidas «de trabajo» en La Máquina, las copas en La Boutique y las noches de sexo bastante bueno, todo hay que decirlo, mientras me prometía una sustancial subida de sueldo en cuanto llegara su esperado ascenso.

Para ser sincera he de reconocer que estaba bastante a gusto con él, y cuando decidió aceptar ese trabajo en Dubái llegué a pasarlo realmente mal, sobre todo cuando el nuevo jefe que me asignaron empezó a quejarse de que era incapaz de hacer un PowerPoint.

Por eso, entre otras razones que no vienen a cuento, no me lo pensé dos veces cuando pocos meses después me llamó para ofrecerme ese puesto de trabajo en Emiratos Árabes.

Lo imaginaba tan exótico y tan lleno de Ferraris y jeques multimillonarios que Dubái me sonó a mi Tierra Prometida.

Inmediatamente me despedí de la empresa (de todas formas ya me había llegado el soplo de que tenían pensado ponerme de patitas en la calle a final de mes) y me subí a unos tacones de vértigo para ocupar mi primer asiento de business en el segundo viaje en avión de toda mi vida (el primero había

sido a Tenerife en el viaje del ecuador de la carrera). Estaba absolutamente feliz.

Todo habría ido de maravilla si Alfredo no se hubiera empeñado en legalizar nuestra situación, algo a lo que no tuve más remedio que seguirle la corriente para no perder mi nuevo estatus, que era lo más parecido a la vida que siempre había querido tener,

porque la verdad es que Dubái no puede decepcionar a nadie, ni siquiera al más exigente.

Pero después, en ese ataque de celos ridículo cometió el tremendo error para todos de aprovechar los cuernos de su mujer para quitársela de encima de una vez y para siempre, y a Lola la sentenciaron a tres años de cárcel.

Inmediatamente salí del país en el primer avión que pude y acabé cambiándome de móvil después de leer por enésima vez los mensajes de «todo esto lo he hecho por ti», «ahora podremos estar siempre juntos» o «por favor, no me abandones ahora, que eres lo único que me queda».

Solo faltaba que encima me tocara a mí ocuparme de sus dos mocosos, yo, que tenía toda la vida por delante y un montón de cualidades con las que sacarme el mejor provecho.