UN AÑO DESPUÉS ALFREDO
La noche del 11 de abril de 2015 las amigas de Lola, Céline y Alice, trajeron a casa a mi mujer completamente borracha y casi inconsciente una vez más.
Fue entonces cuando decidí que ya era suficiente, que estaba claro que había llegado el momento de terminar de una vez por todas con mi matrimonio y alejar a mis hijos de una madre alcoholizada que era incapaz de hacerse cargo de ellos.
Cuando nos conocimos, hace ya más de diez años, lo que más me atrajo de la que luego se convertiría en mi mujer y madre de mis hijos fue su inteligencia.
A pesar de ser muy joven era una absoluta triunfadora en su profesión, al contrario que yo, que apenas estaba empezando a hacerme un hueco en el mundo laboral, y luego esas ganas de exprimir la vida al máximo, de disfrutar de las noches de marcha, de la velocidad en las pistas de esquí…
, su capacidad de entusiasmarse con cada pequeño detalle me volvió loco, yo que hasta entonces me había considerado algo gris, tal vez por mi timidez, o por la educación que había recibido y me había convertido en una persona cerebral, introvertida y algo fría.
Lola me llevó de la mano a una nueva vida de colores intensos, risas y adrenalina constante en estado puro, una vida que merecía la pena ser disfrutada, sobre todo con una mujer tan guapa y con tanto magnetismo como ella.
Sin embargo, esas mismas cualidades por las que me enamoré fueron las que, poco a poco, y casi sin darme cuenta, me fueron alejando irremediablemente de ella.
Al principio creí que tras dar a luz a nuestro primer hijo la maternidad la calmaría y podríamos llevar una vida más tranquila y hogareña, que era lo que a mí me hacía feliz.
Pero me equivoqué de plano, seguía saliendo de copas, al principio con Sara, su mejor amiga, que murió de un cáncer fulminante dejándonos a todos devastados, y luego arrastrándome a mí por todas las barras de Madrid.
Ella tenía la capacidad de pasarse una noche entera de marcha bebiéndose la ciudad y al día siguiente ir a la oficina y trabajar a pleno rendimiento, pero yo no podía; a mí me costaba mucho más.
Pero es que, además, yo prefería quedarme en casa cuidando a nuestro precioso bebé, Diego, que el pobre se pasaba el día en brazos de la interna filipina.
Por otra parte, empezaba a estar harto de que todo nuestro mundo girara en torno a ella y su trabajo: que si el presidente la había felicitado por un informe muy certero,
que si fulanito de tal del Consejo de Administración le quería hacer la cama pero ella le había sabido parar los pies justo a tiempo…
Me trataba como si yo fuera un don nadie, no le interesaba en absoluto mi mediocre trabajo de ingeniero en una aburrida multinacional del aluminio, y cada día que pasaba escuchando sus grandes logros profesionales sin mostrar el mínimo interés por los míos iba minando más mi autoestima,
haciéndome sentir pequeño, insignificante.
Fue entonces cuando conocí a Carolina y todo cambió.
Entró como becaria de mi departamento y desde el principio vi la admiración pintada en sus ojos cuando me llamaba jefe y se ponía servicialmente a mi disposición para lo que necesitara.
Ella consiguió que empezara a tomarme a mí mismo un poco más en serio, a sentirme valioso e interesante, incluso atractivo, por qué no confesarlo.
Primero fueron unas cañas después de la oficina, luego una cena de trabajo…
, hasta que acabé perdidamente enamorado de ella, y ella de mí…
A partir de ese momento supe que no había marcha atrás, que había cometido un gravísimo error casándome con Lola, deslumbrado por su inteligencia y su vitalidad, y que después de haber conocido a Carolina ya nunca podría ser feliz con mi mujer.
La oferta laboral en Dubái, que me vino de manos de un head hunter que yo no había buscado, sino que se puso en contacto conmigo motu proprio, me llegó en un momento en el que ya tenía claro que nuestro matrimonio estaba prácticamente roto, pero las condiciones que me ofrecía eran tan buenas,
económica y profesionalmente, que la decisión de «huir hacia delante» yéndome a trabajar a una empresa emiratí pujante y con un cargo de alto directivo al que probablemente nunca llegaría en mi firma de Madrid era demasiado tentadora como para descartarla,
aunque eso supusiera dejar a Carolina atrás…
Por otra parte, traté de convencerme de que tal vez en un país extranjero y con Lola quedándose en casa con los niños, tendríamos una posibilidad, por remota que fuera, de recomponer un matrimonio que en España estaba ya demasiado viciado y no tenía ninguna posibilidad de éxito.
Así que, aunque creía que me iba a resultar muy difícil convencer a Lola, lo cierto es que para mi sorpresa fue sencillísimo, y en apenas dos meses hicimos las maletas y nos fuimos los cuatro a Emiratos Árabes.
Al principio las cosas entre mi mujer y yo no empezaron mal del todo, y hasta llegué a pensar por un momento que podríamos acabar arreglando lo nuestro.
Pero con el paso de los días el recuerdo de Carolina se iba haciendo cada vez más intenso.
Me hacía daño tenerla tan lejos y con el corazón roto en pedazos, porque yo se lo había roto poniendo punto y final a nuestra relación y marchándome a Dubái.
Por otro lado, a Lola ya no la podía ver de la misma forma que al principio.
Se estaba apagando metida todo el día en casa y había perdido todo su atractivo con el disfraz de maruja que nadie le había obligado a ponerse, porque desde luego yo nunca la forcé a ello.
Fue entonces cuando surgió en mi empresa emiratí un puesto vacante de asistente de dirección.
Pensé que solo tenía 40 años, toda una vida por delante y que merecía ser feliz, así que, como tenía bastante capacidad de maniobra a la hora de elegir a mi personal, se lo ofrecí a Carolina, que no dudó ni un instante en dejarlo todo por mí.
Tenía muchos amigos cuyos divorcios habían arruinado literalmente sus vidas y me propuse no ser uno de ellos.
Sabía de mujeres aparentemente encantadoras que con tal de conseguir mil euros más de pensión, además de la casa y la custodia de los hijos, habían interpuesto demandas por malos tratos y hasta por abuso de menores;
acusaciones completamente falsas con las que habían conseguido sangrar un poco más a sus maridos y obligarlos a firmar unos convenios cainitas que los dejaban a ellos prácticamente en la calle y sin posibilidades, ni desde el punto de vista psicológico ni mucho menos material,
de poder rehacer algún día sus vidas.
Así eran, por desgracia, las leyes en mi país, donde a la mujer en el noventa por ciento de los casos se le da todo: los hijos, la casa y el dinero; y los jueces arrebatan a los hombres su derecho a ser padres y hasta personas, obligándolos a hipotecar sus vidas para siempre.
Pero eso no me iba a ocurrir a mí, y siendo ambos residentes en Dubái el viento soplaba indudablemente a mi favor; en la cultura musulmana al hombre se le respeta, y mucho.
Ni Lola ni ningún juez, ni absolutamente nadie, me iba a arrebatar a mis hijos y más de la mitad de mi patrimonio e ingresos, eso lo tenía muy asumido y tomé la firme determinación de luchar por ello.
Así que si Lola quería irse, que se fuera, pero los niños se quedaban conmigo.
Yo ya sería lo suficientemente magnánimo, porque no me considero una mala persona, como para pasarle a ella una pensión hasta que encontrara un trabajo con el que mantenerse sin mi ayuda.
Y, por supuesto, que viniera a ver a los niños cuando quisiera, que no iba a ser yo el que le negara el derecho a ser su madre.
En eso iba pensando de camino al hotel Six Senses Zighy Bay de la península de Musandam, en el país vecino, Omán, conduciendo mi Nissan Armada, con Carolina a mi lado, cuando recibí una llamada de Christian, el marido de la amiga belga de mi mujer.
Paré el coche en una gasolinera para poder atenderle con educación y me dijo que Lola estaba muy mal, que quería irse a España con los niños y que no la podía encerrar en UAE ni robarle los pasaportes de sus hijos,
que me pedía encarecidamente que se los devolviera para facilitar su vuelta a España y desde allí llegar a un acuerdo civilizado de divorcio por el bien de todos.
Yo no sé cómo serán las leyes de divorcio en Bélgica, pero seguramente no tienen mucho que ver con las españolas…
Sin embargo, no quise entrar en una discusión y, ya que Christian siempre me había parecido un tipo muy amable y habría hecho la llamada seguramente presionado por Céline, le aseguré que le agradecía mucho su preocupación, prometiéndole que pensaría en ello seriamente.
Quería colgarle cuanto antes y llegar pronto al espectacular hotel del que había oído hablar maravillas para disfrutar de unos días de descanso lejos de mis problemas y con la preciosa mujer de la que estaba completamente enamorado.
Pero pocos minutos después de la llamada del belga, fue Peter, el sudafricano casado con la amiga americana de Lola, Alice, el que me llamó con el mismo tema.
Así que, con tal de que me dejara seguir el viaje que tanto necesitaba para descansar y pensar tranquilamente en cuáles serían los pasos a seguir con la que aún era mi mujer,
le colgué rápidamente convenciéndole de que tenía razón y que tan pronto como volviera de mi viaje ficticio de trabajo a Shanghái le daría a Lola los pasaportes de Diego y Alejandro.
Me preocupó tanta insistencia con los pasaportes, y, aunque sabía que estaban a buen recaudo en mi despacho, de repente tuve un mal presentimiento y llamé a mi secretaria para que abriera el cajón y comprobara que seguían allí.
Me quedé de piedra cuando me dijo que habían desaparecido, que no sabía cómo ni cuándo, pero que ya no estaban allí…
Lleno de furia di un volantazo y tomé la autopista a toda velocidad de vuelta a Dubái dispuesto a recuperar los pasaportes, que eran la única posibilidad que tenía de seguir siendo padre, aunque tuviera que sacárselos a Lola a la fuerza, porque estaba claro que, no sé cómo,
había averiguado dónde estaban y ya los tenía en su poder.
Cuando llegué a casa después de dejar a Carolina en su apartamento y me encontré las maletas ya hechas en el descansillo perdí el control, y hasta utilicé la violencia con nuestra empleada, Joan, que la pobre no tenía la culpa de nada, para que me dijera dónde estaban mis hijos,
pero o no quiso decírmelo para proteger a Lola, con la que mantenía una relación muy afectuosa, o realmente no sabía dónde estaban, porque a pesar de que lo intenté de todas las maneras posibles no hubo forma de sacarle ni una palabra.
Y entonces, en plena trifulca, recibí en el móvil el mensaje de mi amigo Luis:
«Lola se ha ido con los niños a un safari por el desierto y te la está pegando con el conductor paquistaní, hasta han reservado una habitación para follar allí esta noche.»
No me podía creer lo que estaba leyendo, esto me parecía ya el colmo de los colmos.
Cogí el coche y me fui inmediatamente a casa de Luis, que en ese momento había salido, pero su mujer, Elvira, no escatimó ningún detalle a la hora de explicarme que el paquistaní en cuestión se había pasado toda la tarde jugando con mis hijos,
que habían cenado los cuatro juntos «haciendo manitas» delante de los niños y del resto de turistas, sin esconderse lo más mínimo, que Lola no había parado de beber en toda la tarde y que cuando terminó el espectáculo y todos volvieron a Dubái,
los cuatro se quedaron allí solos después de haber reservado dos habitaciones con una cama de matrimonio en cada una que Luis había visto con sus propios ojos.
Esto era ya inconcebible, mi mujer poniéndome los cuernos con una basura paquistaní delante de mis hijos y de todo el mundo; no había duda de que a Lola el alcohol le había quemado el cerebro por completo.
Y ya totalmente enajenado, sin saber realmente lo que estaba haciendo ni medir las consecuencias de unos actos guiados únicamente por la ira, me fui a la comisaría en ese mismo instante a interponer una denuncia por adulterio,
a la que los jueces añadieron más tarde los delitos de beber alcohol en público y conducta indecorosa, condenando a Lola a tres años de cárcel.
Gracias a los contactos de su amiga emiratí, Samira, y del dueño de mi empresa, Faysal, de quien descubrí más tarde que era con quien Lola había pasado aquella noche, y no con el conductor paquistaní,
además de un acuerdo de silencio que ella misma firmó comprometiéndose a no dar entrevistas a la prensa ni difundir fuera del país ningún detalle de los casi ocho meses que pasó en la cárcel,
Lola consiguió una reducción importante de su condena y su nombre pasó a formar parte de la lista de los 721 presos que el presidente de Emiratos Árabes Unidos, su alteza el jeque Jalifa bin Zayed Al Nahyan ordenó liberar con motivo de las celebraciones del 44 Día Nacional de Emiratos,
el 2 de diciembre de 2015.
Por favor, creedme cuando os juro por mi madre —que es la que me ayudó con los niños en Madrid (porque evidentemente me echaron del trabajo al día siguiente) los ocho meses que Lola pasó en la cárcel, y algunas semanas más,
porque la que entonces era mi mujer necesitó mucho tiempo para superar esta horrible pesadilla de la que me siento responsable—, que al minuto siguiente de salir de la comisaría ya me había arrepentido de lo que acababa de hacer.
Solo quería darle un susto y conseguir que las autoridades la deportaran para poder quedarme con los niños, pero nunca pensé que las cosas iban a llegar tan lejos.
Si llego a saber lo que iba a pasar jamás habría interpuesto esa denuncia.
Pero lo cierto es que el adulterio es un delito muy grave en este y en la mayoría de los países islámicos, y aunque al día siguiente la retiré, a Lola la sometieron a juicio sumarísimo y no hubo nada que yo pudiera hacer ya.
Dos años después de aquella noche del 13 de abril me sigo maldiciendo por lo que hice empujado por una furia irracional y sin saber realmente lo que estaba haciendo. Jamás podré perdonarme lo que pasó, y mi castigo será vivir con esa culpa todos y cada uno de los días que me quedan de vida.