Dubái, 14 de abril de 2015 (Al amanecer) #3
porque había tenido la precaución de comprobarlo haciendo una llamada a un amigo suyo jefazo del banco Emirates NBD.
—Con lo cual puede ser que Alfredo ni siquiera haya abandonado el país, mi amor —esas dos palabras sonaron como música celestial en mis oídos—, y aunque seguramente tiene previsto volver dentro de tres días, tal y como te ha dicho a ti, no quería que tú y los niños corrierais ningún riesgo,
así que os he sacado tres billetes para el vuelo de Emirates con destino a Madrid que sale mañana mismo a las dos y media de la tarde —me dio los deseados pasaportes de los niños (el mío hacía días que lo llevaba conmigo por si acaso,
pues tal y como estaban las cosas con mi marido intuía que lo podría necesitar en cualquier momento) junto a los tres billetes que, como era de esperar, ocupaban los sitios de la primera fila del Boeing 777— y creo que no conviene que hasta entonces ninguno de los tres volváis a casa,
porque quién sabe si Alfredo acabará averiguando que los pasaportes han desaparecido de la mesa de su despacho y decidirá volver.
Por la ropa no te preocupes, he traído en el coche una maleta llena de cosas para ti y los niños que he encargado a mi secretaria que os compre esta misma tarde en el Dubai Mall.
Fátima tiene muy buen gusto, así que espero que haya acertado con las tallas.
No cabía duda de que mi atractivísimo emiratí había pensado en todo.
En ese momento me dieron ganas de darle un beso en esa boca de labios de fresa tan irresistible, pero me contuve por Mohammed y los niños, porque aunque estaban distraídos jugando en los columpios de la jaima temía que pudieran llegar a verme.
Entonces volvió a sonar mi teléfono. Era Joan, confirmando los peores augurios de Faysal:
—¡Señora, su marido ha vuelto a casa! —me dijo con la voz entrecortada y muy agitada—.
Cuando ha visto las maletas se ha alterado muchísimo y me ha preguntado dónde están usted, Diego y Alejandro.
Está como loco, fuera de sí, pero yo no le dicho nada, se lo juro, le he dado mi palabra de que se habían ido los tres al mediodía sin decirme adónde iban.
Estoy muy asustada, nunca había visto así al señor Alfredo…
Acaba de coger el coche y se ha ido conduciendo a toda velocidad, no sé adónde, pero puede volver en cualquier momento y yo tengo miedo, señora Lola.
Tengo mucho miedo de lo que pueda llegar a hacerme si no le digo que se han ido al safari del desierto.
¿Qué hago, señora? Por favor, dígame qué quiere que haga, que yo solo quiero que a usted y a los niños no les pase nada.
Después de informar a Faysal de lo que me acababa de contar la interna, le aconsejé a Joan que cogiera el dinero que le había dado aquella misma mañana, aunque tal y como se estaban desarrollando los acontecimientos parecía que había sido hacía una eternidad,
que sería suficiente para sobrevivir varios meses, hiciera su equipaje y se fuera de casa lo antes posible, al tiempo que le volvía a agradecer su lealtad incondicional pidiéndole disculpas por el mal rato que mi marido le había hecho pasar.
A continuación, cogí del brazo al local más guapo de Emiratos Árabes Unidos, le pedí a Mohammed que se acercara un momento sin los niños e hice las presentaciones:
—Mohammed, este es Alfredo, mi marido. Alfredo, este es Mohammed, nuestro conductor del safari, además de amigo —ambos se dieron la mano y se saludaron en inglés (Faysal estaba jugando su papel de marido mío a la perfección)—.
Le he hablado a Alfredo de lo bonitas que son las habitaciones que alquiláis y hemos pensado hospedarnos los cuatro esta noche aquí, ¿sería posible?
Después de pagar, añadiendo una sustanciosa propina, y despedirnos del paquistaní que a partir de entonces siempre llevaría en mi corazón, Faysal y yo cogimos cada uno a un niño en brazos y los llevamos a la suite, donde los bañamos mientras miraban las estrellas a través del cielo acristalado,
emocionadísimos los dos por la aventura de poder dormir una noche en el desierto.
Luego les pusimos los pijamitas que Fátima había comprado en Gucci Niños y los acostamos mientras Faysal les contaba el cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones, si bien nunca llegó a terminarlo porque mis dos bebés se quedaron dormidos a la mitad,
agotados después del día tan emocionante que habían vivido, con una enorme sonrisa dibujada en sus preciosas y angelicales caritas.
—Mañana estaré aquí a primera hora para llevaros al aeropuerto, preciosa.
Trata de descansar, que ya no hay ningún peligro y mañana podrás dormir en tu país por fin —me dijo dándome un beso en la frente cuando cerramos la puerta de la habitación de los niños y salimos a la arena del desierto a contemplar extasiados el impresionante manto de estrellas.
—No te vayas, Faysal, por favor. Quédate conmigo esta noche…
—le supliqué sujetándole la cara con las dos manos y obligándole a que me besara en los labios, un beso con el que llevaba semanas soñando.
Fue un beso largo y profundo, con los ojos cerrados, en el que unimos nuestras lenguas, mordimos nuestros labios y nos sumergimos en un oasis de placer absoluto…
Un beso que comenzó en la boca, continuó en los párpados y en las mejillas, recorrió el interior de los oídos provocándome un escalofrío delicioso y finalizó a lo largo de todo el cuello hasta que entramos cogidos de la mano en nuestra habitación,
me cogió en brazos y me tumbó en la cama mientras me preguntaba con mucha ternura:
—¿Estás segura, mi amor?
—Nunca he estado tan segura de algo en toda mi vida, cariño.
—Te quiero —me dijo, mientras me quitaba la ropa despacio, muy despacio, torturándome con la espera y lamiendo con ternura cada centímetro de piel que iba dejando al descubierto—.
Te quiero desde la primera vez que te vi, y no quiero perderte.
Por favor, prométeme que no voy a perderte —me suplicó mientras acariciaba con la dulzura más infinita cada uno de mis órganos, como si fueran las cuerdas de un delicado Stradivarius tocado por vez primera,
y llevándome hasta el dolor más insoportable de placer jamás soñado aporreando con furia cada una de las teclas del piano de mi cuerpo, en doce tiempos y a dos manos, las manos más expertas y suaves con las que una mujer jamás haya podido soñar.
Si el sexo está en el cerebro te juro que esa noche Faysal me volvió completa y dulcemente loca…
, loca de atar…, y en ese momento deseé seguir volando una y otra vez sobre el nido del cuco.
—No se puede perder lo que ya es tuyo, mi amor. Yo también te quiero y te querré siempre —le contesté mientras fundíamos lentamente nuestros cuerpos en uno solo estallando de placer.
Y a partir de entonces me olvidé de mi nombre, de quién era o de dónde venía, porque toda la razón de mi existencia en ese instante mágico era volver a sentir a Faysal dentro de mí, tan solo una vez más.
Y solo por eso merecía la pena haber nacido, vivido, sufrido, gozado y hasta fallecido.
¿Hay algo mejor que morir de placer y desear volver a morir una y mil veces más de tanto y tan insoportable dolor?
Son ya más de las seis de la mañana y estoy fumándome un cigarro sentada en una duna mientras te escribo este último email desde Dubái con mi Ipad y espero los primeros rayos de sol del primer día del resto de mi vida.
Diego y Alejandro siguen dormidos ajenos a todo y mi «marido» emiratí también duerme plácidamente, más guapo si cabe con los ojos cerrados y esa boca que en las últimas horas me ha hecho gritar de placer, y vibrar una y otra vez, como nunca antes había gozado haciendo el amor.
Me siento como una novia tras su noche de bodas, una noche de bodas con el amante más tierno.
«¿Te he hecho daño, cariño?, por favor, dime si te hago daño», y más hábil que haya conocido jamás: «Júrame que eres mía, grítamelo otra vez, mi amor».
En unas pocas horas tomaré un avión a Madrid y estoy nerviosa con todo lo que se me viene encima: pedir el divorcio, que seguro que va a ser un camino largo y tortuoso, buscar casa, colegio para los niños, trabajo… Empiezo una nueva etapa llena de incertidumbre, pero sé que
Faysal encontrará la manera, a pesar de la distancia, de formar parte de ella.
Estos ocho meses largos en Dubái no han sido un camino de rosas, pero gracias a él me voy con el mejor recuerdo que podría tener.
Aunque solo fuera por esta noche con Faysal habría merecido la pena venirme a este país y todos los sinsabores que me ha tocado vivir, porque con él he conocido el amor verdadero, y eso, pase lo que pase a partir de ahora, ya no me lo va a poder quitar nadie jamás.
Ya empiezan a despuntar los primeros rayos de sol en el horizonte y comienza a dejarse ver esa inmensa bola de fuego naranja de la que no podré olvidarme ni aunque viva cien años más, porque el sol es diferente en el desierto, Sara, te lo aseguro;
no sabes lo que daría por poder «comprarte» un amanecer más, aunque solo fuera uno, te traería al desierto y lo contemplaríamos juntas cogidas de la mano…
Pero aunque el cáncer te haya arrebatado muchos amaneceres y muchas puestas de sol que te pertenecían, porque moriste demasiado joven y te quedaba tanto por vivir…
, yo prometo seguir compartiendo contigo todos los míos, para que dondequiera que estés de alguna manera los sigas disfrutando junto a mí.
Se están acercando varios coches ahora mismo a nuestra jaima; qué raro, me pregunto quiénes serán los excursionistas que han llegado tan lejos a estas horas tan tempranas…
Dios mío, Sara, llevan sirenas, son coches de la policía… ¡y ya casi están aquí!