Cartas desde Dubái Dubái, 14 de abril de 2015 (Al amanecer) #2
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Dubái, 14 de abril de 2015 (Al amanecer) #2

Pues la verdad es que está fenomenal, pero, vamos, que a mí jamás se me ocurriría venirme a dormir aquí, donde esté un buen hotel con piscina, gimnasio y spa…

Bueno, Lola, te dejo, que vamos a ir cogiendo mesa para cenar y ver en primera fila el espectáculo, que está a punto de empezar.

Me alegro mucho de verte. Por favor, saluda a Alfredo de mi parte cuando vuelva.

Parece que la placentera tarde que teníamos por delante se acababa de estropear, pero decidí no permitir que Elvira me aguara la fiesta, lo mejor era seguir ignorándola; al fin y al cabo no la volvería a ver jamás.

Sin embargo, la aparición de Luis me hizo recordar a su amigo, mi marido por el momento, sin poder evitar un rictus de preocupación.

Eran las seis de la tarde y aún no había tenido noticias de Joan, lo cual no era normal, así que opté por llamarla yo y así salir de dudas.

—Buenas tardes, Joan, soy Lola, ¿alguna novedad, ha llegado ya a casa el mensajero con el sobre que estoy esperando?

—No, señora —me aseguró—, las maletas ya están hechas y colocadas en el descansillo de la entrada, tal y como usted me pidió, he metido toda la ropa de invierno que había, incluidos los abrigos, suyo y de los niños, pero aquí no ha venido nadie a traer ningún sobre,

y yo no he salido de casa en todo el día…

No se preocupe, que en cuanto llegue yo la llamo sin falta.

Era muy raro que aún no hubiera llegado, pero traté de no ponerme nerviosa porque sabía que había dejado el asunto en las mejores manos posibles y no tenía ninguna duda de que Faysal resolvería el problema tal y como le había pedido,

así que traté de despejar los nubarrones negros que empezaba a otear en el horizonte y me acerqué a ver a los niños, que se habían montado en la joroba de un camello y me saludaban contentísimos con la mano mientras Mohammed les hacía fotos sin parar. Estaban los dos absolutamente felices.

—Gracias por cuidar de Diego y Alejandro, Mohammed, eres un cielo y mis hijos te adoran —le dije—; me he dado un paseo por la jaima y está fenomenal, muchísimo mejor que la de la última vez, hasta tiene un par de habitaciones para pasar la noche…

Te agradezco mucho que nos hayas traído aquí, ha sido una sorpresa increíble y me ha hecho mucha ilusión —era consciente del esfuerzo que le había supuesto a nuestro guía incluirnos en la excursión VIP y necesitaba que supiera lo importante que había sido para mí su generoso gesto—.

Pero ahora me gustaría corresponderte de alguna manera e invitarte a cenar con nosotros, ya que estamos los tres solos; no sabes lo felices que nos harías a mí y a los niños si te sentaras en nuestra mesa.

Por favor, dime que sí… —le supliqué con un mohín mil veces ensayado ante el espejo que no me suele fallar.

—No sé si estará bien visto que comparta la cena con un cliente (costumer, dijo), pero es un honor muy grande para mí.

Me he acordado tanto de vosotros todos estos meses y estoy tan contento de volver a veros que voy a pedirle permiso a mi jefe y si él me autoriza estaré feliz de acompañaros, como si, por primera vez, yo fuera un turista más —me contestó absolutamente entusiasmado con mi propuesta,

que no se esperaba en absoluto, mientras se acercaba a un grupo de hombres todos vestidos con kandora entre los que supuse que estaría su jefe.

La velada fue inolvidable. Mohammed estuvo todo el tiempo pendiente de nosotros, y ni siquiera me permitió que me acercara al bufé.

«Para mí es un auténtico privilegio poder serviros», aseguró, y hasta le partió en trozos pequeños a Alejandro su brocheta de cordero.

Como me acordaba de que el vino no era malo a pesar del sitio, compré una botella de «rojo», que él declinó porque «mi religión no me lo permite».

Hablamos y hablamos durante horas, me contó lo difíciles y peligrosas que estaban las cosas en su país, Paquistán, y lo afortunado que se sentía de haber encontrado este trabajo que le gustaba mucho, porque adoraba conducir, y con el que podía enviar regularmente dinero a su familia,

que no había tenido la misma suerte que él, lo estaban pasando muy mal económicamente y su deber era ayudarlos en todo lo que pudiera.

También me preguntó cómo era España, país al que me aseguró que le encantaría ir algún día (era un auténtico forofo del Real Madrid) porque había oído que acogían calurosamente a los emigrantes extranjeros, incluidos los musulmanes, lo cual le aseguré que era cierto,

si bien la situación ahora mismo no era nada halagüeña y por eso nosotros habíamos tomado la decisión de venirnos a Dubái, en busca de una vida mejor, al igual que, obviamente salvando las distancias, hizo él cuando dejó Islamabad.

Me daba cuenta de que a lo largo de la cena éramos el centro de todas las miradas.

A los demás turistas les sorprendía mucho ver a una occidental rubia y de piel blanca y ojos claros sentada en la mesa con un árabe vestido con el traje tradicional junto a dos niños que por su color de piel no podían ser suyos.

Imagino las elucubraciones que estarían haciendo, pero no me importó en absoluto; estaba feliz y muy pronto dejaría ese país, tal vez para no volver, así que no iba a permitir que nada ni nadie empañara el rato tan gratificante, sobre todo después de haberlo pasado tan mal últimamente,

que estaba viviendo junto a Mohammed y mis hijos, casi casi como si fuéramos una familia…

Los que más cuchicheaban y nos miraban con total descaro eran Elvira, Luis y sus familiares, y si bien hubo algún momento en que me sentí hasta violenta, hice caso omiso y continué haciéndole a Mohammed multitud de preguntas acerca de su país, cuyas costumbres me interesaban enormemente,

mientras él respondía a todo mirándome con esos ojos negros de buena persona que conseguían tranquilizarme y despejar cualquier duda que tuviera en ese momento.

A pesar de haber varias decenas de personas en aquella preciosa jaima en mitad del desierto, me imbuí de tal manera en el relato de mi amigo paquistaní que todos los demás dejaron de existir para mí,

y llegué incluso a creer que la noche y todas sus magníficas estrellas nos pertenecían a nosotros y solo a nosotros.

A eso de las ocho, cuando ya tomábamos los postres y la belleza chechena había comenzado a bailar su sensual danza del vientre, me acordé de que aún no había recibido ninguna llamada de Joan, lo cual ya estaba empezando a preocuparme de veras…

Fue entonces, como si estuviera leyendo mis pensamientos, cuando Faysal me llamó al móvil:

—Lola, ¿dónde estáis? Me dice tu maid que no estáis en casa… —otra vez esa voz tan rotunda y varonil…

—¡Hola, Faysal, por fin…, qué alegría oír tu voz! Estamos en mitad del desierto en una excursión de turistas, ¿tienes ya los pasaportes de los niños?

—Sí, tranquila, los tengo en la mano. Mándame tu posición que voy ahora mismo para allá —me ordenó muy serio con un tono trascendental que me dejó muy inquieta.

—Yo también tengo muchas ganas de verte, Faysal, pero no hay ninguna necesidad de que vengas hasta aquí.

Dale el sobre a Joan, que es una persona de mi absoluta confianza y me lo dará únicamente a mí en cuanto lleguemos a casa —le dije sin saber qué estaba pasando—.

Además, ya te comenté que Alfredo está de viaje de trabajo en Shanghái y no vuelve hasta dentro de tres días, así que no los va a poder recuperar porque cuando él aterrice en Dubái yo ya estaré en España con mis hijos inshallah —le tranquilicé.

—Lola, ha habido un cambio de planes y necesito que me mandes tu posición inmediatamente y que no te muevas de ahí hasta que yo llegue, ¿has entendido? —me preguntó enérgicamente y alzando la voz por primera vez.

Así que le mandé nuestra localización por whatsapp y él me contestó con un escueto: «En una hora estaré allí, ni se os ocurra moveros, esperad a que yo llegue», dejándome nerviosísima y con un interrogante dibujado en la cara del que Mohammed se dio cuenta enseguida.

—¿Ocurre algo? ¿Quieres que os lleve a casa? El espectáculo ya casi ha terminado.

—No, Mohammed, al contrario. Necesito que aunque todos los demás turistas se vayan tú te quedes aquí con nosotros, al parecer ha ocurrido algo importante en casa y mi marido está de camino.

Ha insistido mucho en que quería venir personalmente a buscarnos y aún no sé cuál es el motivo, pero me ha pedido que le esperemos —le rogué cayendo en la cuenta de que en un acto reflejo acababa de llamar a Faysal «mi marido» sin saber por qué.

Apenas cuarenta minutos después, cuando ya todos los turistas habían montado en los 4×4 y se habían ido de vuelta a Dubái (Luis y Elvira ni siquiera se acercaron a despedirse de mí, lo cual agradecí), apareció Faysal en un Porsche Cayenne, vestido con traje negro de Armani,

camisa lisa azul claro de Zegna y corbata de rayas azules de Drake΄s, además de mocasines negros italianos; un atuendo elegantísimo con el que estaba impresionante, pero desde luego muy poco apropiado para ir al desierto.

Nada más verle llegar corrí hacia él y me fundí en un abrazo, porque estaba realmente asustada, yo sola en mitad de la nada con mis dos hijos tan pequeños sin saber qué problema había podido surgir, aunque intuía que era muy grave, mientras él me apretaba muy fuerte y me acariciaba el pelo.

«Tranquila, cariño, no te preocupes, todo va estar bien, te lo prometo. No voy a permitir que nadie os haga daño nunca más.»

En cuanto consiguió calmarme un poco, me puso al tanto de la situación.

Cuando había ido a la oficina a recoger los pasaportes de los niños, la secretaria le había asegurado que Alfredo no tenía ningún viaje programado a Shanghái (Faysal, como presidente de la empresa no conocía los detalles del día a día laboral),

que simplemente había pedido cinco días de vacaciones sin especificar cuál era su destino.

Pero decidió indagar un poco más y descubrió que Carolina había pedido esos mismos días de permiso, pero que ninguno de los dos había realizado ningún pago de billetes de avión con cargo a la tarjeta de crédito de la compañía, ni siquiera a la de uso personal,