Dubái, 14 de abril de 2015 (Al amanecer)
Querida Sara,
Apenas he podido pegar ojo en toda la noche por la emoción y los nervios, con ese sabor agridulce ya tan conocido.
Me he levantado a primera hora y, después de ducharme, ponerme unos vaqueros y dar el desayuno a Alejandro y a Diego, le he dado a mi interna las instrucciones precisas: que hiciera dos maletas, una para mí y otra para los niños con toda la ropa que pudiera meter,
y que no se moviera de casa en todo el día porque en cualquier momento llegaría un mensajero con un sobre muy importante que estaba esperando, y que por favor no dejara de llamarme en cuanto lo tuviera en sus manos.
Después le di un abrazo muy fuerte y la mayoría del dinero que guardaba bajo llave en una caja por si se presentaba una situación de emergencia: «Muchas gracias por todo, Joan, nunca te podré estar lo suficientemente agradecida por lo que has hecho por mí y por los niños en estos ocho meses,
sin ti no habría podido sobrevivir a esto».
Ella me preguntó muy preocupada si la estaba despidiendo, pero le aseguré que los que nos íbamos éramos los niños y yo, que Alfredo no se iba a España con nosotros y que no tenía duda de que él seguiría contratando sus servicios.
A eso de las dos y media de la tarde, inocentes y ajenos a todo, los niños, emocionadísimos, no paraban de preguntarme cuándo iba a venir Mohammed a buscarnos para ir al desierto.
Como estaban tan nerviosos y ya no había nada más que yo pudiera hacer en casa, porque sabía que Joan se encargaría de todo con la eficacia de siempre, salimos los tres a la calle para esperarle.
No hizo falta aguardar ni un minuto, porque cuando abrimos la puerta él ya estaba allí, guapo a rabiar, con su turbante y su kandora, apoyado en el Toyota Land Cruiser de Arabian Adventures, y con una sonrisa de par en par que terminó de hacerme completamente feliz.
Diego y Alejandro corrieron a sus brazos y él los lanzó por los aires diciéndoles lo contento que estaba de volver a verlos y lo bien que se lo iban a pasar en el desierto montando en los quads y subiéndose a los camellos.
Ellos se reían y chillaban de alegría: después de lo mal que lo habían pasado últimamente, me convencí de que la idea de no anular el safari a pesar de mi suegra no había podido ser mejor.
Mis hijos se merecían por fin divertirse, ver a su madre relajada como hacía meses que no la veían, pasar un buen rato sin preocuparse de nada más que de jugar…
Tenían derecho a ser niños y yo les había privado de ello durante demasiado tiempo.
Cuando se acercó a mí y me apretó con fuerza la mano volví a sentir esa corriente de calidez atravesando de arriba abajo mi espina dorsal y finalizando en un escalofrío de placer.
Me aseguró que estaba muy contento de volver a verme, que en los últimos meses había pensado mucho (so much, dijo) en los niños y en mí mirando una y otra vez las fotos de su móvil, y que cuando ya casi había perdido la esperanza de volvernos a ver y recibió mi mensaje,
le había dado un vuelco el corazón.
Yo en ningún momento le confesé que había soñado muchas veces con él y con la jaima en el desierto bajo la noche estrellada, ni que durante mucho tiempo su recuerdo había sido de lo poco que me había mantenido con vida,
porque el recuerdo de Mohammed se había convertido para mí en un brillante arcoíris que me abrigaba cuando dentro de mi corazón hacía frío y no paraba de llover.
—Pero ¿dónde están los demás? —preguntó sorprendido, porque le había comentado que iba a recibir una visita de España a la que le encantaría hacer la excursión.
—A mi suegra le ha surgido un imprevisto de última hora y al final le ha sido imposible venir a Dubái, y mi marido está trabajando, así que solo somos los niños, tú y yo. Tenían tantas ganas de volver a verte conduciendo sobre las dunas… —le contesté recibiendo una radiante sonrisa a cambio.
Nos subimos al coche, los niños delante y yo detrás, y después de charlar un rato con mis hijos, me preguntó si seguía tan contenta en Dubái como le comenté la última vez que hablamos.
Como no quise estropear la tarde tan maravillosa que teníamos por delante contándole mis penas le aseguré que me seguía fascinando este país y que estaba muy contenta de vivir aquí.
Hicimos el trayecto habitual con la parada de rigor en la gasolinera para desinflar las ruedas del 4×4 a la mitad y que no se hundieran en la arena del desierto atascando el coche.
Observé a Mohammed charlando animadamente con el resto de conductores de la excursión de aquel día: estaba claro que todos le adoraban, como no podía ser de otra manera, porque hay personas, y él es una de ellas, que han nacido para iluminar la vida del resto.
Cuando paramos en el desierto para hacernos las fotos con el sol naranja a nuestras espaldas a punto de fundirse con las dunas, yo sabía que probablemente esa sería la última vez que vería a mi guía del desierto, así que le pedí a un compañero suyo que nos hiciera una foto junto a los niños,
para que cuando la vida me diera la espalda pudiera recordar la magia de uno de esos momentos por los que merece la pena seguir luchando.
Salimos los cuatro riéndonos felices, Alejandro en los brazos de Mohammed y Diego entre mis piernas levantando el pulgar; él me había pasado a mí un brazo por el hombro mientras yo le agarraba de la mano y, si no fuera por su traje tradicional árabe,
cualquiera diría que éramos una familia como cualquier otra haciendo una excursión al desierto, una familia dichosa y afortunada.
El safari en sí fue tan divertido para los niños como incómodo para mí, de hecho hubo un momento en que estuve a punto de pedirle a mi guapo conductor que parara un momento, porque me estaban entrando náuseas.
Los niños gritaban entusiasmados mientras el Land Cruiser subía y bajaba llenando de tierra las ventanas y Mohammed no dejaba de mirarme preocupado.
«¿Estás bien, quieres que vaya más despacio?»
, pero viendo cómo estaban disfrutando los niños, le tranquilicé asegurándole que me encontraba perfectamente y que lo estábamos pasando todos fenomenal.
La gran jaima donde finalizó nuestro trayecto era, sin embargo, diferente a la de la última vez: parecía más lujosa, y hasta tenía un minarete al que se subía por unas escaleras.
«Esta es la jaima a la que llevamos a los turistas de la excursión VIP, pero no te preocupes que yo me hago cargo de la diferencia de precio, es que me hacía mucha ilusión que la conocierais», me explicó entusiasmado por la sorpresa que nos tenía preparada.
Evidentemente, no tenía pensado permitirle que pagara ni un solo dírham de más, que bastante poco debía de cobrar ya el pobre como para que encima los niños y yo le pegáramos un bocado a su exiguo sueldo,
pero en ese momento no le dije nada y le dejé con los niños con varios viajes pagados en los quads mientras yo echaba un vistazo alrededor y curioseaba en los diferentes tenderetes de productos típicamente árabes.
El sitio estaba indudablemente más cuidado que el de la vez anterior.
Se podía cenar sentados en el suelo sobre cojines en las diversas mesas bajas alargadas de madera que habían colocado alrededor del escenario, pero también había mesas altas y sillas tapizadas bajo un techo de loneta;
subiendo al minarete había dos habitaciones para poder cenar de una manera más privada con una vista panorámica impresionante del desierto y, por último, los souvenirs que se vendían en las tiendecitas eran de una considerable mejor calidad.
Me fijé en que también había dos pequeñas casitas estilo chalé y me acerqué para ver qué había dentro, pero ambas estaban cerradas con llave, así que pregunté a uno de los encargados, al que diferencié del resto de turistas porque llevaba kandora,
y me contó que eran dos suites (así las llamó él) para los que quisieran dormir allí: «Hay muchos honeymooners que las reservan», aseguró, «y tienen su propio baño privado».
Le pedí que me abriera una de ellas, porque me moría de curiosidad y no me entraba en la cabeza que una pareja de recién casados eligiera dormir allí en su luna de miel, en mitad del desierto, sin absolutamente nada que hacer y sin ningún signo de civilización en cientos de kilómetros a la redonda.
La habitación era enorme, por supuesto tenía aire acondicionado y estaba decorada con mucha clase al estilo árabe: paredes en tonos rojizos, una cómoda de madera vieja, una cama inmensa con dosel, preciosas vasijas de barro pintadas en colores pastel y, en la habitación de al lado,
una bañera antigua con patas esmaltada en tonos ocres bajo un techo acristalado para poder ver las estrellas.
Me encantó, me pareció muy romántica y no pude evitar imaginarme allí haciendo lentamente el amor sin escuchar un solo ruido: lejos de todo y de todos.
Estaba tan enfrascada en mis ensoñaciones que no me di ni cuenta, cuando salíamos de la suite, de que allí estaban, horror, Elvira, su marido y otras dos parejas mayores.
Ella me vio, pero inmediatamente giró la cara con una mueca de asco y se fue sin decirme nada.
En cambio Luis y yo casi nos damos de bruces, así que no tuvimos más remedio que intercambiar un saludo protocolario.
—¡Vaya, Lola, qué sorpresa!, ¿qué haces por aquí, tienes invitados?, ¿dónde está Alfredo? —me preguntó educadamente.
—¡Hola, Luis!, ¿cómo estás?, estamos solo los niños y yo, porque a Alfredo le han enviado a China unos días por un tema de trabajo.
Iba a venir mi suegra hoy al safari, pero al final no ha podido venir a Dubái y como a los niños les hacía mucha ilusión venir al desierto y ya tenía reservada la excursión…
—le contesté con la mayor naturalidad posible.
—Sí, a mis hijos también les encanta este plan pero hoy los hemos dejado en casa con la maid y nos hemos venido con mis suegros y mis padres, que han venido a pasar unos días con nosotros —me contestó—.
Oye, ¿y esto, qué es, tienen una habitación de hotel aquí en mitad de la nada?
—inquirió muy sorprendido mientras aprovechaba que la puerta estaba abierta para entrar a echar un vistazo—.