Dubái, 12 de abril de 2015
Querida Sara,
Después de encontrarme esta mañana una nota de Alfredo sobre la mesa de la cocina que decía: «Me voy a Shanghái a firmar un contrato, volveré dentro de cinco días. Aprovecha para reflexionar sobre lo que vas a hacer, porque esto no puede seguir así. Tenemos mucho de que hablar cuando vuelva»,
y haberme pasado toda la noche llorando abrazada a mis dos hijos —porque necesitaba tocar su piel suave y oler su colonia de bebés en su pelo sedoso, sentir el calor de sus cuerpecitos pegados al mío y llenarlos de besos hasta que me quedara sin labios—,
le pedí a Joan que se los llevara un rato al parque, me di una ducha de agua helada y me puse varias rajas de pepino sobre los ojos hinchados después de tomarme dos pastillas de ibuprofeno, una detrás de otra,
para tratar de ahuyentar la resaca mientras encendía y apagaba cigarrillos en espera de que la iluminación me llegara del cielo para encontrar una solución a todos mis problemas.
Pero el cielo no me mandaba ninguna señal…
Hay momentos en la vida de toda persona en los que la suerte, sea mala o buena, aparece cuando uno menos se lo espera, sin saber de dónde viene ni haberla visto venir, y en un solo instante es capaz de volver toda la existencia del revés.
Tan solo basta un minuto, un segundo incluso, para cambiar por completo un destino que parecía ya irremediable.
La mayoría de las veces esa bofetada de la fortuna no depende de nosotros, porque ni siquiera la hemos buscado: las cosas, simplemente, pasan.
Cuando a eso de las doce del mediodía sonó el timbre, estaba dentro de lo posible que al abrir la puerta apareciera un hombre de reparto indio con un impresionante ramo de rosas y orquídeas rojas y, por supuesto,
no me sorprendió en absoluto que al abrir el sobre me encontrara una nota escrita por Faysal de su puño y letra que decía: «Sigo sin poder dejar de pensar en ti».
También era de esperar, pues había aprendido la lección el día anterior cuando se me privó de un romántico paseo por la playa con el hombre más guapo de este mundo,
que me apresurara a abrir el bolso de pedrería que había llevado a la famosa ladies night en busca de la tarjeta de visita que me ofreció Faysal esa noche suplicándome que le llamara al día siguiente.
Pero lo que sí era impensable, lo que nunca jamás habría podido imaginarme, es que en esa tarjeta en la que hasta entonces no me había fijado, en ese trozo rectangular de papel algo menor que un naipe, iba a encontrar el comodín con el que podría ganar una partida que ya había dado por perdida.
Lo había tenido todo el tiempo debajo de la manga sin saberlo.
Faysal Al Mubarak, President Office of Technical Engineering
¡Acababa de darme cuenta de que Faysal era el jefe de mi marido!
No me lo podía creer; ahora entendía por qué a mi precioso emiratí le decepcionó tanto que yo no supiera cómo había llegado a descubrir dónde vivía: estaba claro que ni siquiera había mirado una sola vez su tarjeta de visita…
Y también entendía ahora que me contestara, cuando le interrogué acerca de cómo había averiguado mi dirección, que lo sabría «a su debido tiempo», y que me castigara sin pasar la mañana juntos el día de la tormenta de arena por no haberle dado las gracias por el primer ramo de flores que me envió:
quería que supiera quién era, pero solo si de verdad estaba interesada en él.
Cuando cogí el móvil para marcar su número y con un simple «¡Hola!», tan grave y masculino, logró que todo mi cuerpo se estremeciera, lo tuve claro.
—¡Hola, Faysal, me han encantado tus flores, muchas gracias!, por cierto, ¿sigues queriendo cenar conmigo en el restaurante Biniaran de Arties después de pasar el día esquiando en las pistas de Baqueira o todavía no me has levantado el castigo por ser una niña malcriada?
—¡Claro que quiero, y algún día lo haremos: cuenta con ello! Pero antes, ¿qué te parece si sales un momento y me das las gracias personalmente por esas flores? Te estoy esperando en la puerta de tu casa.
Como estaba sola en casa con mi depresión y no tenía pensado salir, llevaba pantalones cortos rotos, camiseta y chanclas, pero tenía tantas ganas de ver al único rayo de sol de mi oscuro horizonte que no perdí el tiempo en cambiarme de ropa y bajé las escaleras a toda velocidad saltándolas de dos
en dos.
Cuando abrí la puerta allí estaba él, otra vez sin kandora, con unos pantalones beis de bolsillos, náuticos, polo violeta de Ralph Lauren y una sonrisa tan radiante y seductora que consiguió hacerme olvidar todo.
—¿Lista para comer en el desierto? —me preguntó dando por hecho mi respuesta—, no te olvides del bañador y los niños, que a Diego y Alejandro les va a encantar el sitio.
—Mis hijos se han ido a los columpios, así que me temo que esta vez nos vamos a ir los dos solos.
Dame cinco minutos para dejar una nota a la maid y coger biquini y toalla —le contesté sin ni siquiera pensar en lo que estaba haciendo, simplemente dejándome llevar por el olor a champú de limón de su pelo revuelto,
esa barba varonil de tres días y muchas ganas de darme un capricho y disfrutar de unas horas junto a la que en ese momento era la única persona que podía hacerme feliz.
Al fin y al cabo después de todo lo que me había pasado en los últimos días creía que me lo merecía; tenía derecho a pasármelo bien aunque solo fuera un espejismo de un rato.
Me subí a su Lexus 4x4 y, después de darme un beso en la mejilla y decirme con su galantería habitual que estaba muy guapa, enfilamos la carretera con la canción Nothin´s gonna stop us now, que acabó definitivamente de levantarme el ánimo casi hasta el éxtasis;
junto a Faysal tenía la ilusión de que todo era posible.
—Bueno, ¿y a dónde tienes pensado llevarme? —le pregunté.
—Es una sorpresa, cielo, ya verás cómo te gusta… —me respondió guiñándome un ojo y apretándome la mano haciéndome sentir que ya nada malo podía pasarme.
Como estaba claro que teníamos una conversación pendiente y cuanto antes la abordáramos antes podría disfrutar de mi día en «no se sabía dónde» junto al árabe más guapo de Emiratos y a buen seguro de gran parte del Golfo Pérsico, decidí sacar el tema:
—No me habías dicho que eras el jefe de mi marido…
Tras confirmarme que la relación sentimental de Alfredo con Carolina se remontaba a primeros de diciembre, cuando la trajo de España para cubrir una vacante en su departamento,
le expliqué que mi marido me había colocado en un callejón sin salida escondiéndome los pasaportes de los niños en su despacho, por lo que me era imposible abandonar el país sin ellos, y eso era algo que jamás podría hacer.
—Pero ¿estás completamente segura de que tu matrimonio no tiene posibilidad de arreglo y de que quieres volver a tu país? —me preguntó tras parar el coche en el arcén y sujetarme la cara con las manos mirándome a los ojos, que a esas alturas ya estaban bañados en lágrimas.
Tras asentir con la cabeza, porque ni siquiera fui capaz de articular un «sí», Faysal me abrazó muy fuerte y, mientras me acariciaba el pelo con ternura, pronunció las únicas palabras capaces de salvarme:
—Entonces déjalo en mis manos, yo me ocupo de todo. Mañana tendrás los pasaportes, tienes mi palabra.
Apenas cuarenta minutos después llegamos a Al Qudra Lakes, un verdadero oasis de lagos artificiales, peces de colores, patos blancos, cisnes negros y flamencos rosados en mitad de un precioso paisaje desértico lejos de los rascacielos y el asfalto de Dubái.
Apenas había algunos excursionistas que ya habían colocado sus barbacoas y sus sillas y mesas, incluso vimos alguna tienda de campaña.
Pero Faysal, como el caballero que es, lo tenía todo preparado para mí, y cuando llegamos nos encontramos con una enorme jaima blanca con una cama balinesa y una mesa de platos de porcelana, cubiertos de plata, mantel de hilo y una cubitera en la que el mayordomo etíope,
que nos estaba esperando completamente uniformado, ya había puesto a enfriar un par de botellas de vino.
Por un momento me sentí Meryl Streep en Memorias de África junto a un Robert Redford moreno y aún más atractivo que el Denys original.
—¿Te apetece un baño antes de comer?
Nos bañamos (ni te imaginas el cuerpo atlético, moreno y fibroso que tiene), comimos, bebimos, disfrutamos de una romántica puesta de sol sobre el desierto y, sobre todo, hablamos y hablamos durante horas.
Faysal me habló de su familia, a la que adoraba, si bien me confesó que no le resultaba nada fácil pertenecer a una de las estirpes más importantes del país, pues conllevaba estar a la altura en todo momento, tanto a nivel profesional como personal.
«Por eso las últimas veces no me has visto con la kandora», me explicó, «porque no estaría bien visto que un emiratí estuviera aquí ahora mismo, los dos solos, con una mujer extranjera y además casada.»
Me habló de la presión de su familia para que contrajera matrimonio «con una mujer musulmana de buena familia y conducta intachable», y, de hecho, ya le habían presentado a varias primas suyas con ese objetivo.
«Pero yo quiero casarme enamorado: necesito que mi mujer tenga sus propias inquietudes e intereses y que no dedique su vida entera a complacerme a mí y criar a nuestros hijos. Me gustaría que ella fuera feliz haciendo las cosas que le gustan…,
y hasta quiero que en mi matrimonio haya peleas y reconciliaciones, porque para mí es fundamental que la compañera de mi vida cuando hable conmigo lo haga siempre sinceramente, aunque no me guste o me haga daño lo que tenga que decirme… y eso, créeme Lola, aquí no es fácil,
tenemos otras costumbres y a las mujeres las educan desde muy pequeñas para casarse algún día y hacer felices a sus maridos olvidándose de sí mismas.»
Aproveché para preguntarle si él veía bien que las mujeres musulmanas tuvieran que vestir de negro de la cabeza a los pies, y él me aseguró que, al haber estudiado en Reino Unido y viajado por todo el mundo, nunca obligaría a ninguna mujer a ponerse la abaya,
pero que estaba seguro de que ninguna compatriota suya se la quitaría si tuviera esa opción, «se trata de un tema religioso y ellas quieren cumplir con los preceptos del Profeta; además, no querrían llamar la atención y ser señaladas por el resto de sus familiares y amigas:
en este país la costumbre es llevarla y todas las mujeres se la ponen de la manera más natural», me aseguró.
Por un momento no pude evitar imaginarme casada con este hombre tan guapo, bueno, cariñoso e inteligente, por no hablar del excepcional amante que sería, viviendo con mis hijos en un palacio de grandes columnas de mármol como el de Samira (ya me encargaría yo de decorarlo con bastante mejor gusto,
algo nada difícil por otra parte) y vestida con una abaya que Faysal se encargaría de quitarme cada noche despacio, muy despacio, con esas manos tan grandes y suaves…
o a dentelladas, después de una bronca monumental.
En mi sueño, lo de ir vestida de negro de la cabeza a los pies casi casi me pareció un detalle sin importancia sabiendo que el hombre más atractivo e irresistible que había conocido jamás tendría la deliciosa obligación de quitármela para desnudarme, a ser posible varias veces al día.
«Pero tú bebes alcohol, y eso va en contra de tu religión, ¿verdad?»
, le pregunté. «Bueno, es que está claro que yo no soy un buen musulmán. Por ejemplo, todos los viernes voy a la mezquita con mis padres y hermanos, pero casi nunca rezo cinco veces al día como estipula el Corán, aunque debería hacerlo», me contestó,
«pero aunque no cumpla con muchas de mis obligaciones religiosas, te aseguro que me enorgullezco de ser musulmán y creo en Alá por encima de todo».
También hablamos de los niños, «llegar algún día a ser padre es algo que no quiero perderme: lo deseo más que nada, aunque para ello tenga que casarme con una prima a la que apenas conozco…»
Cuando dijo eso sentí una punzada brutal de celos: no podía soportar imaginarme a Faysal con otra mujer, aunque tuviera bigote y una nariz enorme; le quería solo para mí.
Respecto a mi matrimonio, Faysal me dijo que él nunca me habría engañado o humillado de la manera en la que lo había hecho Alfredo, porque a la esposa «hay que respetarla siempre».
«Pero en Emiratos Árabes, Arabia Saudita y muchos otros países islámicos la poligamia es legal: un hombre se puede casar con varias mujeres, ¿no te parece que eso es una falta de respeto?»
A Faysal le divirtió mucho mi pregunta y me aseguró que él solo se volvería casar si su primera mujer estuviera de acuerdo con ello, y las trataría exactamente igual a ambas.
«Pues vaya cara más dura…», exclamé, y él se echó a reír.
A mí, en cambio, no me hizo ninguna gracia.
Y de estas y otras muchas cosas estuvimos hablando durante horas, entre copa y copa de Viña Pedrosa Gran Reserva, un magnífico vino español de la Ribera del Duero que Faysal había tenido el detalle y el buen gusto de comprar por mí:
mirándonos a los ojos y cogiéndonos la mano mientras contemplábamos a los patos nadar plácidamente sobre el espejo del lago.
Estaba tan relajada y feliz que hubo momentos en los que hasta conseguí olvidarme por completo de la terrible situación que estaba viviendo y de la incertidumbre de mi futuro; me sentía protegida junto a Faysal, como si a su lado ya nunca nada malo pudiera pasarme.
Fue uno de los días más maravillosos de toda mi vida, Sara, qué te puedo decir: me enamoré de Faysal, y me enamoré de él como nunca, hasta la médula y para siempre.
Y, lo que es más increíble, ni siquiera me dejó que le diera un solo beso, a pesar de que no pude resistirme a intentarlo un par de veces.
«Todavía eres una mujer casada y tenemos toda la vida por delante, Lola, merece la pena que hagamos las cosas bien. Tú mereces la pena y yo te voy a esperar, te lo prometo», me dijo desviando mi boca hacia su mejilla.
Todavía estoy temblando, todavía no me puedo creer que sea posible ser tan feliz en mitad de esta oscura tormenta de arena.
He tenido que venirme a un país a miles de kilómetros para descubrir que mi marido es un ser deleznable, pero también para encontrar el verdadero amor, y solo por eso ha merecido la pena; todo ha merecido la pena.
Te quiero mucho, daría mi brazo derecho por poder presentarte a mi amor emiratí. Te encantaría, no tengo la menor duda.
Un beso.
Lola
PS. Mañana me llevo a Diego y Alejandro al safari por el desierto con Mohammed: probablemente sea el último día que pasemos en Dubái y quiero que se lleven el mejor de los recuerdos a España. Además, necesito distraerme, me volvería loca esperando todo el día en casa a que llegaran los pasaportes.