Dubái, 10 de abril de 2015
Querida Sara,
He vuelto a descender a los infiernos, pero esta vez sin retorno. Ahora sé que mi partida ha terminado, y que definitivamente la he perdido.
Hay personas que son como una china que la vida te pone en el zapato y que por mucho que te la intentes sacar, e incluso a veces pienses que por fin ha desaparecido, siempre está ahí, molestándote en el momento más inoportuno.
Así es mi cuñada Sofía. ¿Que organizo un fin de semana en un parador nacional para escaparme con mi marido, los dos solos?
Pues en el último minuto su hijo se pone «malísimo, con 40 de fiebre» y mi suegra ya no se puede quedar con los míos porque tiene que cuidar «al pobrecito Pepito»; ¿que solicito unos días de permiso en la oficina para irnos los cuatro a la casa que los padres de Alfredo tienen en Marbella?
Pues, mira qué casualidad que justo los días que yo había programado son los que ella «se había pedido para ir a Marbella desde hace mucho…»
. Y así una y otra vez, a propósito o por casualidad, pero siempre ha sido así.
Lo que no sé es cómo no me imaginé que en esta ocasión también sucedería lo mismo y la variable de riesgo Sofía volvería a estropear el único plan que me quedaba para salir de esta.
Resulta que cuando ya estaban los billetes sacados y todas las excursiones reservadas para el viaje de Trini a Dubái, el día anterior Sofía tiene la feliz idea de romperse una pierna esquiando en Aspen (porque lo de Candanchú o Sierra Nevada la chica en cuestión considera que es para paletos) y,
claro, mi suegra inmediatamente lo anula todo «para poder echarle una mano con la casa y los niños, que a la pobre le han tenido que escayolar la pierna y no se puede mover».
Pero, en fin, que como cualquier esfuerzo inútil conduce a la melancolía y estaba claro que me pusiera como me pusiera a mi suegra no iba a hacerla cambiar de opinión, decidí tratar de transformar la crisis en oportunidad,
que es lo que se lleva ahora en los manuales de psicología barata para triunfar en los negocios, aun a sabiendas de que tenía muy pocas posibilidades de éxito.
—Pues ya que tu madre no puede venir, con las ganas que tenía de ver a sus nietos, podríamos irnos todos a pasar unos días a Madrid, que llevamos en Dubái casi ocho meses y aún no hemos ido.
—Me encantaría, Lola, pero ahora mismo me han asignado en la empresa un proyecto importantísimo y estoy desbordado de trabajo, quizá este verano.
—¿Cómo que quizá? En verano aquí no hay nadie, es Ramadán, la ciudad se vacía y el calor es insoportable, los niños no pueden jugar en la calle.
¡Cuando tomamos la decisión de venirnos a vivir a Dubái me prometiste que todos los veranos nos iríamos a España!
—se me estaba empezando a ir la conversación de las manos, así que decidí cambiar de estrategia y adoptar un tono más conciliador—.
Pero si ahora mismo tú no puedes ir por tu trabajo, los niños y yo podemos aprovechar que tienen vacaciones en el colegio para escaparnos unos días y que vean a sus abuelos, sus tíos y sus primos, que les vendrá muy bien un cambio de aires, ¿no crees?
—Vamos a ver si te queda claro: os iréis a Madrid cuando yo pueda viajar con vosotros, porque si yo me tengo que quedar trabajando para sacar a esta familia adelante, tu deber es quedarte conmigo, ahora, en verano o cuando sea…
Sin mí no te vas a ir con los niños a ningún lado, y cuanto antes lo entiendas mejor para todos.
Ni a España ni a China ni a Arabia Saudita.
¡Y no quiero seguir discutiendo sobre este tema!
No daba crédito a lo que estaba oyendo: «Sacar esta familia adelante», «tu deber es quedarte conmigo», «no quiero seguir discutiendo sobre este tema…» ¿Cómo era posible que a mi marido le hubieran bastado ocho meses para convertirse en un auténtico hombre de las cavernas?
—Pero ¿tú quién te has creído que eres? ¡No tienes ningún derecho a encerrarme en este país! —le grité roja de ira.
—Tú te puedes ir cuando te dé la real gana, ya te he dicho que cuando quieras te saco un billete de primera clase a Madrid, pero los niños se quedan aquí conmigo hasta que su padre pueda viajar con ellos.
¿O es que te habías pensado que solo por echarme un polvo más o menos decente ibas a conseguir que me volviera a fiar de ti cuando un día me dices que me quieres y al día siguiente que quieres el divorcio?
—¡Quiero los pasaportes de los niños! ¿¿Dónde están los pasaportes?? —le pregunté ya llorando histérica y con los ojos inyectados en sangre.
—Si crees que te lo voy a decir lo llevas claro, guapa —me contestó con una sonrisita que me revolvió el estómago—, y ahora me tengo que ir a la oficina, así que a ver si cuando vuelva te has tranquilizado un poco y podemos hablar como personas normales,
que ya empiezo a estar harto de tus broncas y tus numeritos.
¡Hasta luego! —y salió dando un sonoro portazo.
Completamente fuera de mis cabales, me subí al Pajero y me fui conduciendo a toda velocidad, como una loca, a casa de Elvira, que me recibió muy sorprendida cuando me vio tan agitada, con la mirada perdida y resoplando.
—¿Qué te pasa, Lola, estás bien? Te noto muy nerviosa, ¿te preparo una tila? —preguntó solícita y algo asustada de ver el estado en el que me había presentado y sin previo aviso.
—¡No quiero ninguna tila! —le chillé—, lo que necesito es saber dónde ha escondido Alfredo los pasaportes de mis hijos, ¡y necesito saberlo
YA! Esto es cuestión de vida o muerte, así que más te vale que le digas a Luis que lo averigüe cuanto antes porque si no aquí vamos a tener todos, y cuando digo todos te estoy incluyendo a ti la primera, un problema muy gordo.
—¿Me estás amenazando? —inquirió atónita.
—Pues mira: ¡SÍ!, veo que estás empezando a entender las cosas —le contesté—, que conste que empecé pidiéndotelo por las buenas, pero has sido incapaz de mover un solo dedo por mí, a pesar de que aquella noche si no es por mí acabáis tú y Paola en un calabozo,
que por si no lo sabías la policía llegó cinco minutos después de que os fuerais vosotras, y a pesar también de que hasta ahora me he callado como una muerta para no poner en peligro tu matrimonio.
Pero te aseguro que si no le sacáis a Alfredo, como sea, dónde están esos pasaportes lo primero que hago es publicar que eres bollera en la página de Facebook de las mamás de la urbanización, a ver si así tienes suerte,
te sale otra como tú y os montáis un trío —estaba completamente fuera de mí y sabía que me iba a arrepentir de todo lo que estaba diciendo en esos momentos, pero no era capaz de controlarme; solo el marido de Elvira, muy amigo del mío,
podía darme esa información con la que sacarme del hoyo en el que estaba metida, y había llegado a un punto en el que ya era capaz de decir y hacer cualquier cosa con tal de conseguirla.
—Muy bien —me dijo dedicándome una mirada de auténtico odio—, te lo voy a decir, pero solo para que después cojas esa puerta, salgas de mi casa y no te vuelva a ver jamás:
los pasaportes los tiene guardados en un cajón del despacho de su oficina —ahí era exactamente donde yo pensaba que los había escondido y por eso le había insistido tanto en que intentara encontrarme un trabajo en su empresa.
Pero lo que nunca me habría imaginado, ni en la peor de mis pesadillas, es lo que Elvira me escupió después con todo el desprecio de que fue capaz.
—Y que sepas que a Carolina se la trajo de Madrid a primeros de diciembre, trabajan juntos y Alfredo está profundamente enamorado de ella desde antes incluso de que os vinierais a Dubái.
Así que ya me dirás qué matrimonio está en peligro, ¿el tuyo o el mío?
¡Fuera de aquí; no quiero volver a verte en lo que me queda de vida!
—sentenció mientras me empujaba con violencia hasta la puerta, porque yo me había quedado como la mujer de Lot y era incapaz de mover ni una sola articulación de mi cuerpo.
De ahí, temblando, en estado de shock, me fui a casa de Céline, donde, como era de esperar, me bebí dos botellas de vino, o quizá fueron más, la verdad es que no me acuerdo, y lloré y lloré durante horas: de rabia, de impotencia, por ti, por mi madre muerta, por mis hijos y, sobre todo,
por mi estupidez.
Céline no sabía qué hacer, así que llamó a Alice, que inmediatamente dejó lo que estuviera haciendo en esos momentos y apareció preocupadísima en su casa.
Ambas trataron de tranquilizarme, me prometieron que todo se iba a solucionar, me aseguraron que le pedirían a sus respectivos maridos, Christian y Peter, que llamaran lo antes posible a Alfredo para intentar hacerle entrar en razón,
que se llevaban muy bien con mi marido y que seguro que surtía más efecto si eran ellos los que hablaban con él.
Pero yo estaba inconsolable, sabía que nada se podía hacer ya y que o bien me iba sola a España, y quién sabe cuándo volvería a ver a Diego y Alejandro, o bien me quedaba en Dubái, junto a mis hijos,
pero atada de por vida a un hombre mezquino y sin sentimientos que me había engañado de la manera más cruel.
Reza por mí… Te quiero.
Lola