Dubái, 8 de abril de 2015 #3
—¿De verdad que a estas alturas no lo sabes?, vaya decepción… —me contestó poniendo una carita de cordero degollado fingida que estaba pidiendo a gritos que la llenaran de besos—, por cierto, ¿te gustaron mis flores?
—Sí, Faysal, eran preciosas, me encantaron, pero, venga, dime por favor quién te ha dicho cuál es mi dirección —insistí.
—Lo sabrás, te prometo que lo sabrás, pero todo a su debido tiempo…
Ahora dime cómo te encuentras, ¿qué tal has estado estos días?
No nos pudimos despedir y te aseguro que me quedé muy intranquilo desde que te fuiste, o más bien te sacaron, de la discoteca.
No he dejado de pensar en ti ni un minuto desde ese día y no dejo de culparme por no haber hecho nada para impedir que te trataran de esa manera tan humillante que una dama como tú no se merece en absoluto.
Se me subieron inmediatamente los colores cuando caí en la cuenta de que, efectivamente, Faysal había presenciado el bochorno del final de nuestra apocalíptica ladies nigth, cuando intenté dar una bofetada a Alfredo y él me sacó retorciéndome el brazo a rastras del China Grill.
Bajé la cabeza y me quedé callada, muerta de vergüenza, pero él me cogió la mano, me la apretó con firmeza y me apaciguó con su voz reposada y grave, que tanto me gusta: «Tranquila, cariño (honey fue la palabra que escogió), eso ya pasó, no tienes que explicarme nada si no quieres, pero por favor,
no olvides nunca que yo estoy aquí para ayudarte en todo lo que necesites, sea lo que sea, ahora y siempre, y te lo estoy diciendo de verdad, de todo corazón (I mean it, dijo)», mientras comenzaba a sonar The winner takes it all, de Abba, que no podía ser más adecuada en ese momento.
Escuchamos la canción los dos callados mientras él seguía conduciendo y yo miraba por la ventanilla.
Fuera, la tormenta iba poco a poco amainando, justo al contrario de lo que estaba ocurriendo en mi corazón, cada vez más confundido.
Quizá porque no era capaz de controlar la situación que estaba viviendo, con una guerra crucial y cruenta abierta en tantos frentes, decidí optar por lo que suelo hacer cuando la vida me supera: frivolizar y reírme un poco de mí misma,
porque solo el humor es capaz de ser subversivo y tornar la moneda cuando sale cruz.
Mientras mi atractivo chófer enfilaba por la calle Hessa camino a la Sheikh Zayed Road al ritmo ahora de Friends in low places de Garth Brooks, reparé en que iba vestida casi de andar por casa, con vaqueros de pitillo, botines de cowboy, camisa vaquera, cola de caballo y la cara lavada,
así que por un momento me imaginé que mi precioso «jeque» me llevaba a desayunar al Burj Al Arab y todos los multimillonarios de punta en blanco se me quedaban mirando atónitos.
En ese momento era lo más parecido a una chica de pueblo del Medio Oeste americano.
Sin embargo, una vez que llegamos a la Sheikh Zayed, y mientras tarareaba un estribillo que me transportó a mi época de high school en Salem, Oregón, con el sabor de los primeros besos y la Budweiser clandestina, Faysal no tomó la dirección de Dubái, sino la de Abu Dhabi.
—¿Me vas a llevar a comer al Emirates Palace después de dar un paseo descalzos por la playa de Saadiyat Island? —le pregunté.
—El plan no puede sonarme más apetecible, cariño (entonces dijo sweetheart), pero NO te lo mereces, así que te voy a dejar en tu casa y yo, con toda la pena del mundo, porque me muero de ganas de quedarme contigo, me voy a trabajar.
A ver si así aprendes la lección y te convierto en una señorita educada de las que dan las gracias cuando les mandan flores.
Eso no me lo esperaba para nada y me tuve que morder la lengua para no suplicarle que se quedara conmigo, pero lo que no pude evitar fue un mohín de verdadera y profunda decepción que él contempló con una gran sonrisa victoriosa mientras me consolaba dándome un largo beso en la mejilla así,
sin permiso, sujetándome con firmeza la cara con una sola mano, porque la otra la tenía en el volante, dejándome con muchas ganas de mucho más.
Llegué a casa con el corazón completamente desbocado después de que Faysal me acompañara a la puerta con un simple «Hasta muy pronto, preciosa (beauty, dijo)», que no era una pregunta,
sino una afirmación que expuso guiñándome el ojo con picardía y dedicándome una última y anticipada sonrisa de triunfo absoluto que terminó de desarmarme ya por completo.
Cuando cerré la puerta y me derrumbé en el suelo del rellano deseé con todas mis fuerzas poder beberme en ese momento una Mahou helada de un trago para calmar los nervios y bajar la temperatura de mi cuerpo, que sentía a más de cuarenta grados,
pero no eran ni las diez de la mañana y sabía que no iba a ser capaz de conformarme con una.
Así que encendí el móvil, que llevaba apagado desde la noche anterior, para comprobar si había novedades.
Fue entonces cuando me encontré el funesto mensaje de Alfredo: «Mamá al final no puede venir a Dubái, te cuento esta noche, que ahora estoy hasta arriba de trabajo, un beso».
Mi plan B se acababa de ir al garete también, y esta vez no tenía ningún otro plan alternativo.
Ya me dirás qué hago ahora, Sara, porque el panorama no puede ser más desolador.
Un beso grande. Te quiero.
Lola