Cartas desde Dubái Dubái, 8 de abril de 2015 #2
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Dubái, 8 de abril de 2015 #2

—Así empezó el día siguiente, en el que además se había levantado una tormenta de arena brutal en Dubái, de las que te ciegan los ojos y atascan las carreteras haciendo casi imposible la conducción porque el polvo apenas te deja ver y el asfalto resbala con la arena que arrastra el viento desde el

desierto.

Me daba miedo coger el coche y ni siquiera sabía si iba a haber clases ese día, así que llamé a Samira, que seguro que a lo largo de su vida había vivido muchas tormentas como esa, y me aseguró que el colegio abría de todas maneras,

pero que tal vez sería mejor que ese día dejara a los niños en casa.

Entonces, a eso de la las siete de la mañana, cuando Alfredo ya se había ido a la oficina y yo estaba terminando de dar el desayuno a los niños, sonó el timbre de la puerta.

«Qué raro», pensé, «¿quién será a estas horas…?»

«Joan, por favor, ¿te importaría abrir y si es el camión del agua le dices que no necesitamos más botellas hasta la semana que viene?»

Mi interna volvió a la cocina tres minutos después diciéndome que se trataba de un amigo.

«¡Pues dile que pase!», exclamé. «Señora, no quiere pasar; dice que prefiere esperar en la puerta.»

«Pero ¿cómo va a esperar fuera con la que está cayendo?»

, contesté mientras me apresuraba a acudir a la entrada.

Y allí estaba él, como una aparición entre el viento huracanado, con el pelo negro, largo, estudiadamente despeinado y ligeramente mojado, estilo hipster, camisa azul marino de manga larga, de Gant, por fuera de unos vaqueros desgastados y náuticos Sebago.

Me abrasó literalmente con su mirada de ojos negros, sonriéndome con esos labios que te piden que los muerdas hasta hacerlos sangrar…

Atractivísimo, arrollador, absolutamente irresistible.

—Pero Faysal, ¿qué haces tú aquí?, ¡qué sorpresa! —le dije varios segundos después, porque me había quedado con la boca abierta.

—¡Hola otra vez, Lola!, ¿cómo estás, aparte de guapísima?

—saludó con total naturalidad, como si fuéramos amigos de siempre y no debiera causarme ninguna sorpresa el hecho de verle a esas horas en la puerta de mi casa—.

Cuando me he despertado y he visto el tiempo que hacía me he acordado de que la otra noche me comentaste que eras tú la que llevaba personalmente a tus hijos cada día al colegio, así que, como las carreteras hoy van a estar muy peligrosas y no podría perdonarme jamás que os pasara algo,

me he tomado la libertad de venir para llevaros yo, que estoy más acostumbrado a conducir bajo tormentas de arena —me dijo sin dejar de sonreírme, mostrando sus dientes blanquísimos—, os espero en el coche: no hay prisa,

cuando estéis listos —ordenó sin darme opción a réplica mientras se subía en un precioso Jeep naranja aparcado justo delante de mi Pajero y obstaculizándome la salida, para que ni se me pasara por la imaginación la posibilidad de escaparme.

Cuando salimos los tres de casa, Faysal se bajó inmediatamente del coche para ayudar a los niños primero y a mí después a subir.

Les dio a los dos la mano y se presentó: «¡Hola!, yo soy Faysal, y tú debes de ser Diego, ¿verdad?»

, le preguntó sin que yo pudiera reprimir un gesto de satisfacción al comprobar que se acordaba de sus nombres.

«Me gusta mucho tu tractor, ¿nos vas a llevar todos los días al colegio?»

, le preguntó Alejandro, al que le chiflan los vehículos de todos los tamaños y colores, y se pasa el día jugando a coches.

Faysal echó para atrás la cabeza en una sonora carcajada y le sugirió a mi hijo de cuatro años: «Nada me gustaría más, amigo mío; ¿por qué no convences a tu mamá para que a partir de ahora sea yo el que os lleve siempre al cole?»

, mientras me miraba a mí por el rabillo del ojo derritiéndome.

El tráfico era realmente infernal ese día: vimos un par de camiones volcados, coches de la policía por todas partes y atascos monumentales, así que, a pesar de la enorme destreza de Faysal al volante,

tardamos más de una hora en llegar al GEMS International School (que es el cole de mis hijos al que Faysal se dirigió directamente sin preguntarme a dónde tenía que ir y sin que yo recordara haberle dicho en ningún momento a qué colegio iban).

Durante todo el trayecto de ida mi guapo conductor a mí prácticamente me ignoró:

—¿Os gusta este colegio; cómo se llaman vuestros amigos; y las profesoras, son buenas? —les preguntaba a mis hijos—. ¿Cómo os va en las clases de árabe?, a ver, a quien me diga algo en árabe le doy un premio —les propuso mientras sacaba de la guantera una enorme piruleta de colores.

—¡Shukran! —contestó Diego, que es muy goloso, quitándose el cinturón y lanzándose a agarrar la piruleta.

—Muy mal, Diego, el cinturón no se debe quitar jamás, te puedes hacer mucho daño si tenemos un accidente, así que ahora ya no sé si puedo darte la piruleta o no… Tendrás que preguntárselo a mamá.

Y así, entre juegos y risas (había traído multitud de pequeños juguetes de plástico, cajitas con lápices de colores y caramelos para premiar a mis hijos por sus ocurrencias, que le hacían muchísima gracia) llegamos al centro escolar, cuyo aparcamiento estaba ese día prácticamente desierto,

y después de ayudarnos a bajar del Jeep y colocar a cada niño su mochila en la espalda dándoles la mano para despedirse de ellos, me advirtió muy serio: «Aquí te espero, ni se te ocurra salir por la puerta de atrás»,

cuando me fui para acompañar a los niños a sus respectivas clases y saludar más contenta que nunca a sus profesoras.

Hasta Geraldine, una mamá mexicana encantadora con la que me llevo fenomenal, reparó en mi sonrisa radiante de aquella mañana: «Se te ve feliz hoy, Lola, qué gusto verte así después de sentirte tan triste los últimos días».

Ya en la salida me encontré con Samira, que me abrazó nada más verme, tan cariñosa como siempre, preguntándome qué tal estaba después del disgusto que me había dado Alfredo, y asegurándome que estaba muy preocupada por mí y que no dejara de llamarla si necesitaba desahogarme,

incluso me invitó a desayunar ese día «en mi casa o donde a ti te apetezca», ofrecimiento que rechacé educadamente: «Hoy no puedo, cielo, tengo planes esta mañana, pero te prometo que te llamo más tarde sin falta y charlamos tranquilamente; ha habido muchas novedades que estoy deseando contarte».

Faysal estaba esperándome apoyado en el coche a pesar de la tormenta, y en cuanto me acerqué a él abrió mi puerta y me ayudó a subir como el caballero que es.

—Veo que tienes amigas compatriotas mías —señaló mientras arrancaba el motor y ponía un CD con la canción Nothing compares to you, cantada por Sinéad O΄Connor.

—¡Ah, sí! Esa es mi amiga emiratí Samira. La adoro —le contesté—. Pero, dime, ¿cómo has sabido dónde vivo?