Cartas desde Dubái Dubái, 8 de abril de 2015
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Dubái, 8 de abril de 2015

Querida Sara:

Buf, estoy tan nerviosa y me han pasado tantas cosas en las últimas cuarenta y ocho horas que voy a sentarme, respirar profundamente y tratar de tranquilizarme para poder contarte paso a paso los nuevos e importantes acontecimientos en el orden en que han ido sucediendo:

desde la cena con Alfredo hasta la tormenta de arena, pasando, por supuesto, por Mohammed.

Después de haberme acusado de pasarme el día en pijama, me esmeré en presentarme sexy y elegante, si bien nada podía hacer para igualar los diez años que yo le saco a Carolina, y mucho menos los diez centímetros que ella me saca a mí.

Me puse unos pantalones de pitillo negros encerados muy ajustados (siempre me veo mejor con pantalón que con falda o vestido, me siento más cómoda y eso me da más seguridad,

algo que iba a necesitar esa noche) y un top rojo muy elegante de Maje que me había regalado una de mis cuñadas en mi pasado cum-

pleaños. Era sencillo, liso, de un rojo muy claro, asimétrico en la cintura y sobrio, pero con una original abertura a la altura del hombro que lo dejaba al aire dándole un toque de erotismo.

Completé el atuendo con un enorme bolso negro de piel de cocodrilo (cocodrilo del Mar de China, se entiende) y unos botines de tacón alto pero con tachuelas, para restarle seriedad al conjunto.

Como también se me había quedado grabado a fuego el tema de que siempre estaba despeinada, no desaproveché la oportunidad de ir otra vez a la peluquería y, después de la mascarilla de rigor para nutrirla y darle brillo, pedí que me alisaran la melena ondulándome un poco las puntas.

Para maquillarme utilicé tan solo eyeliner, máscara y gloss: casual pero chic, o al menos eso pretendía.

Como soy y estaba muy impaciente, llegué al West 14th con casi media hora de adelanto y me senté en la mesa que nos habían preparado en la terraza (en ese restaurante no te dejan fumar dentro y preveía que iban a caer dos paquetes mínimo) en primera fila del asombroso espectáculo del skyline de

Dubái, que, sobre todo por la noche, es tan bonito o más que el de Nueva York o Hong Kong.

Me había propuesto mantenerme sobria a lo largo de toda la cena y rechacé de plano los aperitivos que me enumeró el camarero oriental, al que tan solo pedí una Coca-Cola Zero.

Afortunadamente, Alfredo no se hizo esperar y al segundo cigarro apareció imponente, porque lo es, con traje oscuro, camisa de rayas violeta y corbata Hermès con nudo Windsor a juego, además de los gemelos de plata de Bulgari que le regalé en nuestro primer aniversario de boda,

allá por el Paleolítico Inferior.

Antes de sentarse me dio un beso en la mejilla: era obvio que guardaba un frasco de Esencia de Loewe en algún cajón de su despacho.

—Siento llegar tarde.

—Qué va, si no has llegado tarde, ya sabes que yo siempre llego pronto: estaba extasiada contemplando la vista —le contesté.

—Es preciosa, ¿verdad? —me dijo sonriendo—. Por cierto, estás guapísima esta noche…, y gracias por esta cena.

—No, Alfredo, gracias a ti por venir.

La velada no podía haber empezado mejor, de hecho estaba superando mis expectativas, y se desarrolló como un río de aguas cristalinas que desde lo alto de la montaña, y a lo largo de todo el valle hasta morir en el mar, va siguiendo tranquilamente su cauce sin forzarlo, porque lo tiene aprendido,

y sin separarse ni un milímetro de él.

Mi marido tuvo el detalle de pedir una botella del sudafricano The

Chocolat Block, que probamos juntos por primera vez en el restaurante Moyo de Ciudad del Cabo y que sabe perfectamente que me encanta.

Sin embargo, y con todo el dolor de mi corazón, apenas me tomé una copa durante toda la cena: necesitaba tener la mente despejada.

Pedimos una ensalada Nicosia como entrante y después yo opté por un solomillo de Wagyu australiano con salsa de champiñones salvajes y él un entrecot Black Angus a la pimienta del que se apresuró a ofrecerme un trozo para que lo probara: estaba realmente exquisito,

en el West 14th si pides carne no te puedes equivocar.

Para terminar, compartimos a sugerencia mía una cheescake, el postre que más le gusta, y, aunque yo ya estaba llena, no dudé en comerme un buen pedazo, no fuera a pensar ni por un momento que me había afectado que me llamara gorda.

Contra todo pronóstico, él fue el que tomó la iniciativa pidiéndome humildemente perdón por haberse liado con la becaria recién nacida.

Me aseguró que cuando le llamó para decirle que se iba a Dubái a pasar unos días de vacaciones decidió ejercer de perfecto anfitrión, porque la consideraba su amiga, pero que ni se le pasó por la cabeza que acabaría enrollándose con ella el último día de su visita.

Lo justificó explicándome que en ese momento llevaba muchas copas y se sentía muy frustrado por cómo estaba yendo últimamente nuestro matrimonio, pero que en el fondo se alegraba mucho de que esa noche yo apareciera en el mismo bar,

porque gracias a mi presencia allí la cosa no había pasado a mayores.

Continuó asegurándome, a lo que yo me limité a sonreír mientras le escuchaba con mucho interés, que yo era el amor de su vida, la madre de sus hijos y que jamás se habría perdonado haber destruido su familia por el capricho ridículo de una noche de marcha.

Añadió, por último, que Carolina no significaba nada para él, que por muy guapa que fuera, la consideraba «una niñata nada lista y bastante frívola», eso es exactamente lo que dijo, y que estaba profundamente arrepentido de cómo había metido la pata de esa manera,

por lo que me rogaba que le perdonara, «porque te juro que esto no se va a repetir nunca más».

Dicho esto, Alfredo pasó a adoptar su tono paternalista habitual para confesarme que estaba muy preocupado por mí, que había perdido el brillo de mi mirada y que le ponía muy triste ver cómo me estaba marchitando (esa fue la palabra que utilizó) metida en casa todo el día.

Insistió hasta la saciedad en que últimamente me notaba excesivamente decaída, deprimida, aburrida, y que necesitaba hacer algo para recuperar la misma ilusión y la alegría desbordante con la que hice las maletas para venirnos a Dubái.

—Tienes toda la razón, Alfredo —le contesté—, de hecho quería comentarte que ya he empezado a buscar trabajo aquí: Alice me ha ayudado a traducir y actualizar mi currículum y me ha facilitado sus contactos en los departamentos de recursos humanos de varias empresas,

aunque la verdad es que hace ya más de un mes que les envié mi carta de presentación y todavía no me ha llamado nadie para hacer ni una sola entrevista…

—¡Vaya, qué sorpresa, no me habías dicho nada!

—exclamó verdaderamente sorprendido—, me parece una idea estupenda: con lo que estoy ganando yo aquí, si además tú consigues un trabajo, aunque no tengas un sueldo tan elevado como el mío, podríamos ahorrar muchísimo más y en pocos años pagar la hipoteca de Madrid y comprarnos algo en Dubái,

como inversión: ¿qué te parece?

—Parecerme me parece muy bien, cielo, pero es que hace ya más de un mes que envié mi CV y no me han llamado de ningún sitio: si te soy sincera ya estoy empezando a preocuparme…

De hecho había pensado que a lo mejor tú podrías recomendarme en tu empresa, que seguro que con el puesto que tienes te avisan si surge alguna vacante para mi perfil.

—La verdad, Lola, es que eso no creo que sea buena idea: ya sabes que yo soy de la opinión de que es un error tener todos los huevos en la misma cesta, por si pasa algo, que en esta vida nunca se sabe…

Además, lo de pasar todo el día juntos, en la oficina y en casa, realmente no creo que vaya a beneficiar a nuestro matrimonio —aclaró—, pero no te preocupes, que en este país las cosas, sobre todo en el tema laboral, se mueven muy despacio.

Con la experiencia que tú tienes seguro que encuentras algo pronto: lo mejor es que realices una búsqueda más activa y tomes la iniciativa de llamar a todas las personas a las que les has enviado el correo electrónico, o incluso que le pidas a Alice que haga también alguna llamada recomendándote,

¿no crees?

No merecía la pena insistir, estaba claro que no me iba a enchufar en su empresa: tenía que reconocer que mi plan A no había funcionado en absoluto.

—Por cierto, me ha llamado mamá: la próxima semana se viene a Dubái a pasar unos días con nosotros, ya le he sacado el billete —anunció.

Bueno, menos mal: el plan B sí había dado resultado, pensé muy contenta.

La noche terminó como estaba previsto. Tomamos un taxi de vuelta a casa y esta vez no me fui a la cama de alguno de mis hijos.

Hicimos el amor salvajemente, con furia, con rabia y, sobre todo, con rencor.

Acabé sudorosa, extenuada, con marcas en la piel y todo el cuerpo dolorido, pero con la satisfacción de haber desempeñado a la perfección el papel que se esperaba de mí tanto en la mesa como en la cama.

Tras la maratón sexual y después de darme una larga ducha de agua caliente para aliviar los músculos tensionados, no pude esperar al día siguiente para enviarle a Mohammed un mensaje y reservar el safari por el desierto unos días después, cuando llegara mi suegra.

Su respuesta fue inmediata. «Me ha hecho muy feliz que hayas pensado en mí para volver a hacer esta excursión; estoy deseando volver a ver a Diego, Alejandro y por supuesto a ti», y acto seguido me envió una foto de mis hijos posando sonrientes con él sobre las dunas:

se trataba de una de las fotos que yo misma había hecho con su móvil meses atrás.

En cuanto la recibí sentí una cálida corriente de ternura abrazándome todo el cuerpo, como una manta de cuadros en pleno invierno.

Esa noche dormí plácidamente soñando con mi jaima en mitad del desierto bajo la noche estrellada.

—Cariño, estuviste fantástica anoche —me dijo Alfredo al salir de la ducha tras darme un beso en la boca que casi me deja sin respiración—, ojalá pudiera quedarme un rato más en la cama contigo, pero me acaban de convocar a una reunión a primerísima hora y no puedo llegar tarde.