Dubái, 6 de abril de 2015
Querida Sara,
Llevo ya casi una semana sin beber (nada de nada, te lo juro) y poco a poco mi mente está empezando a salir de las tinieblas y a disiparse las telarañas que me impedían pensar; empiezo a ver las cosas con algo más de claridad.
Lo que no se puede negar es que parto con unas cartas muy bajas, por no decir pésimas, y que poco puedo hacer con ellas en este momento.
Pero me queda un descarte, e incluso la posibilidad de acabar jugando de farol, así que he decidido arriesgarme y tirarlas todas en espera de que me lleguen un par de ases, o hasta un comodín si tengo suerte…
La partida no ha hecho más que empezar y de uno u otro modo la voy a acabar ganando: eso ya está decidido y nadie mejor que tú sabe que yo con las cartas soy más hábil que un tahúr del Mississippi, da igual que sea póquer, mus, tute o cinquillo,
soy capaz de hacer malabarismos hasta con dos pitos de postre.
¿Te acuerdas de nuestras timbas de mus en La Pañoleta con tus amigos los diputados del Congreso?
Entonces éramos jóvenes, guapas, sin compromisos, con una brillante carrera profesional por delante.
Qué buenos tiempos eran aquellos de hace diez años: las dos derrochábamos optimismo e ilusión, teníamos clarísimo que íbamos a llegar lejos, muy lejos, estábamos seguras de que nos íbamos a morir de éxito, ¿verdad?
Quién nos iba a decir que íbamos a acabar así…
Pero esto no ha acabado, cielo, insisto: esta partida la tengo que ganar aunque sea lo último que haga en mi vida, te doy mi palabra de que va a ser así.
Lo primero que he hecho es cortar por lo sano el ritual de autocompasión alentado por mis amigas españolas: ya les he dicho que por favor me dejen tranquila, que necesito estar sola un tiempo para reflexionar.
Afortunadamente, parece que lo han acabado entendiendo: las constantes visitas y llamadas se han ido reduciendo paulatinamente, muy a su pesar, y ahora ya solo recibo whatsapp ocasionales que contesto lacónicamente.
Sé perfectamente que solo quieren ayudarme y que lo hacen con la mejor intención, pero la única de todas ellas que realmente podría echarme una mano es Elvira, cuyo marido juega al pádel todas las semanas con el mío,
y cuando le he pedido que intente averiguar a través de Luis dónde ha escondido Alfredo los pasaportes de los niños me ha contestado que su marido no quiere inmiscuirse en asuntos de pareja para no perder un amigo en el intento: muy fuerte, pero, en fin, bastante tiene ella con lo que tiene.
A Céline, Alice y Samira también las he puesto al tanto de la situación, como es lógico, pero las tres han sabido respetar mis tiempos y mi espacio: después de ofrecerme sus respectivos hombros para llorar y darme cada una su punto de vista (el consejo de Samira ya te puedes imaginar que ha sido el
de perdonar a Alfredo y luchar por mantener a mi familia unida) se han puesto a mi disposición para echarme una mano en lo que sea necesario, sin agobiarme, sin atosigarme con llamadas a todas horas, lo cual es muy de agradecer.
La conversación con Alice, que lleva doce años viviendo en este país, me ha terminado de perfilar el boceto que yo había dibujado en la cabeza sobre mi nueva situación y que se parece mucho a cualquiera de los 82 Desastres de la Guerra de Goya.
De hecho, no solo no me puedo llevar a los niños a España, sino que, al estar mi Visa patrocinada por Alfredo, en cualquier momento podría anular mi permiso de residente forzando mi deportación, sola.
Así que, encantadora como siempre, como si no hubiera pasado nada, he llamado a mi suegra, Trini, que llevaba comentando desde hacía tiempo que quería hacernos una visita, para animarla a venir cuanto antes,
«ahora que los niños tienen unos días de vacaciones en el colegio y aún no hace demasiado calor».
Yo creo que le da mucha pereza viajar, pero he tratado de tocar su tecla sensible diciendo que Diego y Alejandro preguntan mucho por su «abu» y que les haría una gran ilusión tenerla unos días en casa.
No las tengo todas conmigo, pero yo creo que prácticamente la he convencido.
Por último, he reservado una mesa para dos mañana por la noche (porque hoy Alfredo está de viaje de trabajo en Arabia Saudita y va a dormir en Riad) en la terraza del West 14th del Oceana Beach Club, uno
de los restaurantes con mejores vistas al skyline de Dubái, y le he enviado un mensaje asegurándole que así no podíamos seguir, que teníamos que hablar, sobre todo por los niños, y que le esperaba a las nueve en su sitio preferido.
Media hora después de leerlo me ha contestado con un escueto «allí estaré».
Ya te contaré qué tal fue la cena…
Un beso grande.
Lola
PS. ¡Acaban de traerme a casa un ramo espectacular con tres docenas de tulipanes amarillos!
La nota dice: «No puedo dejar de pensar en ti», ¡y la firma Faysal!
Me ha dado un vuelco el corazón, esto es lo único bueno que me ha pasado en el último mes: estoy contentísima, no te lo puedo negar.
Pero ¿cómo ha sabido Faysal cuáles son mis flores favoritas?
, y, sobre todo, ¿quién le ha dicho dónde vivo?