Cartas desde Dubái Dubái, 31 de marzo de 2015
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Dubái, 31 de marzo de 2015

Querida Sara,

Esta mañana, cuando he llevado a Diego y Alejandro al colegio, casi tengo un accidente de tráfico porque aún me duraba la curda de la noche anterior.

Como creo que ya te he comentado en más de una ocasión, en este país hay tolerancia cero con el alcohol y aquí te aseguro que no se andan con bromas: conducir borracho conlleva pena de cárcel automática.

Hoy he tenido suerte y al final no me he chocado con un Nissan Patrol gris metalizado al que intentaba adelantar a toda velocidad cuando en el último minuto me he dado cuenta de que me iba a pasar la salida Al Marabea de la calle Al Khail, que es la que me lleva al centro escolar de los niños.

De hecho, si no llega a ser por el otro coche, cuyo cristal posterior estaba decorado con tres grandes fotografías del califa de UAE, el vicepresidente, el jeque de Dubái, y su heredero, que me vio venir y tuvo los reflejos de dar un volantazo,

probablemente los niños y yo estaríamos ahora mismo en el Saudi German Hospital, o algo peor…

Hoy me ha bajado la Virgen a ver, pero ¿y mañana: voy a tener tanta suerte mañana?

Tengo que dejar de beber, está claro. Necesito pegar, poco a poco y con mucha paciencia, cada pedacito roto de mi corazón y tratar de recomponerme de alguna manera,

porque tengo dos hijos maravillosos que no se merecen una madre deprimida e irascible de la que se escapan cuando les quiere dar un beso porque le huele el aliento a tabaco y alcohol.

Lo voy a intentar, Sara, te lo juro, lo voy a intentar con las pocas fuerzas que me quedan.

No voy a dejar que ni Alfredo ni ningún otro hombre me haga puré así.

Hoy, después de casi poder escuchar las sirenas de la ambulancia y ver pasar en mi cerebro a toda velocidad cada frame de la tragedia que estaba a punto de sucedernos a los niños y a mí he tomado la decisión de no volver a beber nunca más, ni siquiera una gota.

Pero antes, quizá lo hago como un ejercicio de catarsis, para desahogarme y vomitarlo todo, voy a terminar de contarte cómo terminó nuestra inefable ladies night, en la que en apenas unas horas pasó de todo, cuando, paradójicamente, hasta entonces tenía la sensación de que a mí ya no me pasaba nada,

que mi vida se había quedado estancada hacía meses y que lo único que me quedaba era sentarme en el sofá a contemplar la película en blanco y negro de mi aburrimiento.

«¡¡Hijo de puta!!», le chillé a mi marido en aquella discoteca delante de Luz, Sonia, Faysal y todos los que a esas horas apuraban su última copa, cuando le vi lamiendo a la becaria como si se tratara del fin del mundo.

«¡¡Cabrón!!», y me lancé, completamente fuera de mis cabales a pegarle un bofetón que él aplacó rápidamente mientras me retorcía la mano con la que iba a golpearle —todavía tengo el moratón en el brazo—, y me sacaba a rastras de allí entre gritos e insultos.

«¿Tú estás loca o qué?, ¿cómo se te ocurre montarme este numerito delante de mi jefe y los compañeros de la oficina?, ¿se te ha olvidado que estamos en Dubái, loca histérica?»

, me decía Alfredo escupiéndome cada palabra con un odio visceral, de los que salen directamente de las entrañas porque lleva demasiado tiempo cocinándose a fuego lento, con mucha salsa y mucha sal.

Yo no daba crédito: no entendía nada; en lugar de pedirme perdón arrepentido, mi marido me miraba con los ojos inyectados en sangre y me repetía que yo no iba a destruir su vida y que con su trabajo no se juega.

Aquello era demencial, completamente surrealista: acababa de pillarle poniéndome los cuernos en público y lo único que le preocupaba era lo que sus compañeros hubieran podido pensar: nada de lo que estaba ocurriendo tenía sentido.

En el taxi de vuelta a casa le seguí gritando con todo el repertorio de insultos del diccionario de la RAE, e incluso algunos que ni siquiera creo que existan.

—Qué bien montado te lo tenías, ¿eh?, cerdo de mierda: vámonos a Dubái, mi amor, que el paquete incluye casa, colegio, seguro médico y amante, ¿verdad?

—A ti se te ha ido la olla completamente, Lola —me decía Alfredo más o menos con estas palabras, aunque ya no las recuerdo bien—, Carolina ha venido unos días de vacaciones y yo sí, es verdad que he cometido el error de liarme con ella, pero es que ya estoy harto de ver a mi mujer día

tras día en pijama, con la cara larga y sin peinar, estoy hasta las narices de tu mal humor, de escuchar tu retahíla de quejas cuando lo tienes todo, porque yo te lo he dado todo, de lo gorda que te estás poniendo por no hacer nada,

porque no haces NADA y ni siquiera te sabes ocupar de tus propios hijos, que es lo único que se te pide.

—¿¿Qué??, eso sí que no te lo voy a permitir: echa todos los polvos que te dé la gana con todas las prostitutas que quieras, pero a mí no me acuses de mala madre, porque tú sabes que eso no es verdad —le grité indignada—.

¿Y no se te ha podido ocurrir que si solo me ves en pijama es porque llegas todas las noches a las tantas?

, ¿qué pretendías, que te recibiera en casa de madrugada con un vestido largo de satén como el de la furcia esa?

—¿Y a ti no se te ha ocurrido que si llego tarde a casa es porque prefiero cenar en cualquier restaurante antes que cenar arroz una vez más, que estoy cansado de comerme cada día la asquerosa comida filipina que nos hace Joan porque tú ni sabes cocinar ni te has molestado nunca en aprender?

—Mira, esto ya es el colmo del cinismo, me pones los cuernos y encima la culpa es mía porque al señorito no le pongo en la mesa un plato de garbanzos como los que le hace su madre, es que ¡manda cojones!

, lo tuyo no tiene nombre ni perdón de Dios, te odio y yo a ti ya no te voy a aguantar ni un minuto más: quiero el divorcio, ¡y lo quiero YAAA!

—le repliqué con los ojos llenos de lágrimas de rabia que literalmente me quemaban las mejillas negras de rímel.

—¡Perfecto!: te lo firmo cuando quieras, mañana mismo si es preciso, y, es más, si quieres te compro un billete en primera clase de vuelta a Madrid, para que puedas dormir la mona después de acabar con todo el vino del avión, porque en eso es en lo que te has convertido, en una puta borracha;

pero que te quede muy claro que los niños se quedan conmigo —me contestó él dedicándome una sonrisa sardónica que me revolvió el estómago y me provocó náuseas, pero náuseas de verdad:

tuve que pedirle al taxista indio que parara para vomitar en un lateral de la calle Ibn Batutta a la altura de Discovery Gardens donde, gracias a Dios, no había nadie a esas horas.

Desde esa noche, de la que ya han pasado casi tres semanas, lo único que hago es llorar y beber.

Alfredo y yo nos evitamos deliberadamente: apenas nos hemos cruzado un par de docenas de palabras desde entonces, todas ásperas y peyorativas, de las que cortan el aire.

La atmósfera ya se ha convertido en irrespirable en esta casa y hasta los niños han empezado a sufrir con la situación y se inventan enfermedades o se despiertan llorando en mitad de la noche con pesadillas cada vez más recurrentes.

Obviamente dormimos separados, y los fines de semana nos turnamos para sacar a Diego y Alejandro por ahí y no coincidir nunca los cuatro juntos.

Pero lo peor de todo es que después de hablar con mi amigo el abogado, Silverio, decidí sacar tres billetes de avión para volvernos a España y el malnacido del que un día cometí el tremendo error de enamorarme ha escondido los pasaportes de los niños: los he buscado concienzudamente, como una loca,

por cada rincón de la casa, pero no los encuentro por ningún lado…

Estoy absolutamente desesperada, Sara, y tengo miedo, mucho miedo.

Por favor, ayúdame, aunque sea lo último que hagas por mí, ayúdame.

Estoy metida en un oscuro laberinto sin puertas ni ventanas del que por muchas vueltas y vueltas que dé no puedo salir sola.

Le he pedido consejo a mi padre, pero, como era de esperar, ha tratado de minimizar todo lo sucedido y me ha asegurado que todo se arreglará civilizadamente con el tiempo,

y que mientras tanto me dedique a ocuparme de mi casa y de mis hijos para que Alfredo se vaya ablandando poco a poco («que Alfredo se vaya ablandando», ha dicho textualmente, «que me dedique a mi casa y a mis hijos»: pero ¿tú te lo puedes creer?

, ¿es que aquí todo el mundo ha perdido de repente la cabeza?) .

En fin, Sara preciosa, que estoy al borde de un precipicio y como tú no me ayudes pronto me voy a caer si no me tiro yo antes, así que ¡dime qué tengo que hacer para salir de esta, por favor!

Lola