Cartas desde Dubái Dubái, 30 de marzo de 2015 (de madrugada) #2
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Dubái, 30 de marzo de 2015 (de madrugada) #2

También le conté que ya había empezado a buscar trabajo en Dubái y él inmediatamente me dio una tarjeta suya de presidente de no sé qué empresa de ingeniería, a la que no presté demasiada atención para no dar la impresión de estar demasiado interesada,

ofreciéndose a echarme una mano «porque conozco a algunas personas en el mundo empresarial que tal vez podrían ayudarte», aclaró, a sabiendas por mi parte de que una persona con sus contactos solo necesita un simple chasquido de dedos para colocarme en un despacho importante con un sueldo

astronómico mañana mismo si yo se lo pidiera.

Por supuesto, me quedé con su tarjeta, pues rechazarla habría sido una grosería, pero supe que nunca la utilizaría a pesar de que él insistió mucho en que marcara su número «mañana mismo, a primera hora».

Por otra parte, me sorprendió enormemente, aunque me desilusionó un poco, todo hay que decirlo, el hecho de que él en ningún momento me pidiera mi móvil: tal vez no lo hizo porque le dije que estaba casada,

aunque bien pensado había un gran número de posibilidades de que lo estuviera cuando decidió sentarse frente a mí.

El apuesto local me contó que había nacido aquí pero que había estudiado en Inglaterra, concretamente en el colegio de Eton y posteriormente en la Universidad de Cambridge (casi acierto), que se dedicaba a varios negocios (no que era dueño de varias empresas) relacionadas con el petróleo,

el gas y la ingeniería, que le encantaba navegar (no mencionó que poseía un yate, de lo cual estaba segura), esquiar (por la zona lo dudo mucho) y el mundo de la equitación (sin especificar cuántos caballos tenía).

Tenía treinta y seis años, los mismos que yo, y me aseguró que aún no estaba casado porque «estoy esperando a la mujer adecuada» (no dijo al amor de su vida).

Como lo de navegar en una colchoneta y haber tenido un hámster de pequeña no estaba a la altura, me centré en lo del esquí y le aconsejé que no se perdiera el entrecot al Café de París cuando fuera a cenar al restaurante Biniaran de Arties, en la estación de Baqueira Beret,

a lo que él inmediatamente contestó: «Únicamente si tú me acompañas».

Le bastó pronunciar esas cinco palabras, con esa voz tan masculina y ligeramente ronca, para que todo mi cuerpo se echara a temblar.

Poco a poco tanto el lounge como la discoteca se fueron vaciando, y yo me habría quedado mucho más tiempo mirando hipnotizada a mi inesperada conquista emiratí —que no solo era guapo, sino también inteligente y que además sabía escuchar,

cualidad que escasea bastante y que yo valoro enormemente en cualquier persona sea hombre o mujer—, pero me di cuenta de que la manecilla de su Patek Philippe hacía ya tiempo que había pasado de las dos y era hora de irse a casa.

«No, por favor, no te vayas aún, concédeme el honor de seguir disfrutando un rato más de tu compañía», suplicó, «podríamos ir a Jbr (Jumeirah Beach Residente) y tomar un café en The Walk (el paseo marítimo).»

Me encantó la manera de pedírmelo, tan galante, y me pareció muy tierno y romántico que en lugar de ofrecerme tomar una copa en otro garito quisiera tomarse un café conmigo escuchando el romper de las olas del mar (muy calmado por otra parte en estas latitudes),

pero me conozco y no confiaba en mí misma: era demasiado atractivo, demasiado educado, demasiado rico, y yo llevaba ya demasiadas copas como para poder seguir resistiéndome a sus encantos, así que le di las gracias por sus atenciones y le aseguré que tenía que ir a buscar a mis amigas para irnos ya.

«Estupendo, porque tus amigas y mis amigos, entre los que hay un par de compatriotas tuyos, ya se han conocido, se están llevando muy bien y a lo mejor puedo convencerlos para alargar todos juntos esta velada mágica en la que he tenido el privilegio de conocerte»,

dijo muy contento mientras me separaba la silla y me daba la mano para ayudarme a levantarme e ir juntos a la pista de baile.

Cuando llegué allí Valentina y María ya se habían ido a casa, pero Luz y Sonia no paraban de bailar con dos de los amigos de Faysal, uno claramente árabe, aunque no llevaba el traje tradicional, y otro moreno de ojos verdes que no sabría decir de dónde era,

porque en Dubái hay gente de todos los países.

«Chicas, yo me voy ya a casa, que es tardísimo y van a cerrar ya, ¿os venís conmigo?»

«Ni hablar, guapa, que lo estamos pasando de maravilla y estos dos bombones han prometido llevarnos ahora a una discoteca clandestina para la jet set que cierra a las seis de la mañana, ¡venga, vente con nosotras!»

, me pidió Luz muy animada y feliz, como hacía meses que no la veía, de lo cual me alegré muchísimo.

«Que no, que yo me largo, que me quedan solo tres horas para dormir antes de despertarme para llevar a los niños al colegio y estoy agotada», les contesté.

Faysal, al comprobar que no había duda de mi determinación, intentó como último recurso que me quedara «solo cinco minutos más, para que pueda presentarte al resto de mis amigos, por favor».

Fue entonces cuando volví a ver a la misteriosa chica del vestido verde.

Y fue entonces cuando por fin me di cuenta de que de verdad la conocía de algo: era Carolina, la jovencísima becaria que habían asignado a Alfredo el año pasado en su empresa de Madrid y que no paraba de llamarle a todas horas por temas de trabajo, incluso los fines de semana,

lo cual me molestaba muchísimo.

Y Carolina estaba allí, a dos palmos de mis narices, con su vestido largo verde y besándose apasionadamente… con mi marido.

Mañana te sigo contando, Sara, que ya se me ha terminado el vino y acabo de oír a Alfredo meter la llave en la cerradura. Voy a esconder la botella vacía y a meterme en la cama con Alejandro. Hasta mañana, mi vida, reza por mí, que seguro que tú consigues más que yo.

Te quiero y te necesito, más que nunca.

Lola