Dubái, 30 de marzo de 2015 (de madrugada)
Querida Sara,
Ya están los niños dormidos, Alfredo ni lo sé ni me importa y yo me he bebido más de la mitad del Cune que me ha dado Sonia y me duelen los ojos de tanto llorar, pero te prometí que iba a compartir contigo todos y cada uno de los momentos importantes de mi vida, sean buenos o pésimos como este,
y a pesar de que ahora mismo rememorar lo que pasó esa noche me duele hasta casi perder la conciencia, voy a cumplir con mi palabra y voy a continuar con el relato sin escatimarte ningún detalle.
En el baño del China Grill había una cola monumental de chicas superexaltadas y ruidosas.
Tan solo había cuatro retretes: uno estaba roto y fuera de servicio, dentro del segundo en aquel instante no sabía qué estaba pasando, porque llevaba media hora sin abrirse, y solo quedaban dos a pleno funcionamiento.
Como la cola era tan larga me resultaba imposible ver con claridad a la dueña del vestido verde desde mi posición: tan solo podía vislumbrar su largo escote en la espalda y los labios pintados de color granate mientras se inclinaba para mandar mensajes desde su Iphone 6 Plus.
«No pasa nada, cuando ella salga yo seguiré en la cola y por fin podré verle la cara: le preguntaré en español si es amiga de Faysal y, sobre todo, si nos conocemos de algo.»
La primera y desagradable sorpresa de la noche llegó entonces.
Una de las chicas que estaban a mitad de la cola, una árabe (yo creo que libanesa o egipcia) muy gorda y muy cabreada, se hartó de esperar frente a la puerta del segundo baño, del que llevaba ya demasiado tiempo sin entrar ni salir nadie,
y después de llamar con los puños sin obtener ninguna respuesta le dio una patada a la puerta, que se abrió de par en par descubriendo a la vista de todas las demás a dos chicas prácticamente desnudas abrazándose.
Te puedes imaginar el lío que se montó (no hay que olvidar que esto no es el barrio de Chueca, que estamos en un país musulmán con estrictas leyes religiosas): todas se pusieron a gritar histéricas y yo me acerqué corriendo a ver qué estaba pasando.
Fue entonces cuando comprobé alucinada, porque jamás lo hubiera esperado, que se trataba de Elvira y Paola, que me miraron completamente aterrorizadas y sin saber qué hacer.
«¡Vamos, vestíos rápido y vámonos de aquí inmediatamente!»
, les grité, «¡¡salid de aquí YA!!», insistí chillando absolutamente fuera de mí cuando oí que alguien estaba llamando a la policía.
Después todo ocurrió a un ritmo vertiginoso: las saqué casi en volandas a toda velocidad de aquel baño que parecía un gallinero, y al que habían acudido desde el lounge multitud de curiosos alertados por los gritos,
y las metí lo más rápido que pude en dos taxis VIP a cuyos conductores les di un par de buenas propinas y las instrucciones exactas de cómo llegar a sus casas por el camino más corto al tiempo que exhorté a ambas a que me llamaran una vez que estuvieran en casa sanas y salvas.
Apenas cinco minutos después de aquello pude ver las luces y escuchar las sirenas de un coche de policía que llegaba al hotel en ese momento, pero el botones de la puerta, un tipo negro muy alto, fuerte y con cara de buena persona, aseguró a los agentes (que aquí no son locales,
sino que la mayoría vienen de Yemen y a los pocos años acaban consiguiendo la nacionalidad emiratí) que no había de qué preocuparse, que ya estaba todo tranquilo, con lo cual los policías,
después de esperar un rato apostados en el coche para asegurarse de que no se producía ningún disturbio más acabaron yéndose.
En mi antigua empresa, mi jefe, que era el presidente, don Cordelio Sánchez Cienfuegos, siempre me decía que admiraba de mí la templanza y sensatez con las que era capaz de gestionar las situaciones de crisis sin perder nunca los nervios.
Parece ser que don Cordelio tenía razón, porque a Elvira y Paola les faltó el canto de un duro para acabar la noche con su máscara de pestañas y su top de lentejuelas en el calabozo, o linchadas por las chicas del baño, o quién sabe cómo…
Así que después del tremendo susto, que por lo menos sirvió para quitarme la borrachera de un plumazo, me acerqué con las piernas temblando a nuestra mesa, donde ya no había nadie, porque las demás se habían ido a bailar a la discoteca ajenas a todo,
me derrumbé en un sillón y me serví una copa bien cargada de Santa Teresa con Coca-Cola que me bebí en dos largos tragos que me vinieron estupendamente para descargar la tremenda tensión de los últimos minutos.
Después me serví otra mucho más suave que me prometí beber con calma, y esperé ansiosa a que tanto Elvira como su amiga llegaran a sus casas.
Afortunadamente el restaurante no estaba lejos de nuestra urbanización y, como ya eran más de las doce de la noche, apenas había tráfico, así que a los veinte minutos recibí el esperado whatsapp de Elvira: «Ya estamos en casa, todo bien, ningún problema, muchas gracias por todo y perdóname,
mañana hablamos», al que yo contesté enseguida: «Me alegro mucho, tratad de descansar y olvidaos de esta pesadilla: las demás no saben nada y yo nunca se lo voy a contar, así que no hay necesidad de que volvamos a hablar del tema, lo importante es que al final la sangre no ha llegado al río,
un beso».
Ya más tranquila, me encendí un cigarro (es una de las cosas buenas que tiene Dubái, que se puede fumar en todos los bares de copas y en la mayoría de restaurantes) y me dispuse a disfrutar del panorama de chicas en su mayoría blancas, expatriadas por tanto, y muchas de ellas seguro que casadas,
vestidas como para ir a una boda, tambaleándose sobre sus tacones y ligando descaradamente con hombres de todas las razas, engominados, vestidos con vaqueros de Armani y camisas de Hugo Boss abiertas mostrando sus cadenas de oro, más de una demasiado ostentosa.
Fue entonces cuando volví a acordarme de la chica de verde, porque con todo el lío que se había montado en el baño, al final no pude descubrir de quién se trataba.
Pero en aquel momento la misteriosa mujer constituía el menor de mis problemas, y, además, después de toda la adrenalina descargada estaba completamente exhausta y lo último que me apetecía era levantarme para ir a la pista de baile a averiguarlo.
Un rato después, cuando ya me había tranquilizado casi por completo y estaba pensando en acabar mi copa e irme a casa sin siquiera despedirme de mis amigas, para no darles la posibilidad de que me convencieran de que me quedase, sentí una mano presionando con autoridad y calidez mi hombro.
Enseguida supe de quién se trataba.
—Buenas noches, señorita…
—Lola, me llamo Lola, y usted es Faysal, ¿verdad?
—Así es, dijo (la palabra que utilizó fue indeed, que es muy british e inmediatamente me transportó al paisaje húmedo y brumoso de Downton Abbey, una de mis series favoritas de televisión, con sus campanillas de latón para llamar a los mayordomos de chaqué y las doncellas de cofia y delantal).
—¿Está usted esperando a alguien? —preguntó sabiendo de antemano la respuesta—, ¿le importaría que la acompañara un momento?, ¿me permite tomarme una copa con usted?
—En absoluto, Faysal, por favor, tome asiento y sírvase usted mismo; al fin y al cabo las botellas son suyas —le dije, ya entregada a mi pesar, mientras él se servía una copa de whisky con hielo de la cubitera que el mismo maître acababa de reponer en cuanto vio acercársele,
sencillamente irresistible con su hattah, o turbante, a juego con la kandora blanca y en contraste con su tez morena, nariz grande, enorme boca de labios jugosísimos y unos ojos negros de esos que consiguen que te pierdas para siempre en su mirada.
También tenía un exclusivo Patek Philippe en la muñeca, que todo suma…
Charlamos durante algo más de una hora en la que Faysal estuvo totalmente pendiente de mí.
«¿Te gustaría comer algo: unos bombones, tal vez?; ¿has fumado alguna vez la shisha, quieres que pida una?»
, mientras me daba fuego con su mechero Cartier de oro estriado, afortunadamente sin ningún tipo de brillantes, y llenaba mi copa de hielo y ron en su justa medida, muy poco cargado, como me gusta a mí, así que desde luego no estaba intentando emborracharme.
Con los modales más delicados que yo había visto jamás, sus ademanes tranquilos y su aparentemente genuina curiosidad por todo lo que yo le contaba, he de reconocer que pasé un rato realmente agradable con él.
Lo que más me gustó de él, aparte de su físico incuestionable, rotundamente árabe, fue su voz grave, muy varonil, profunda y tranquila: transmitía paz y conseguía que la conversación transcurriera de una manera muy fluida, como si nos conociéramos de toda la vida,
como si él no fuera millonario y yo no fuera una aburrida esposa, madre y dentro de poco decrépita cuarentona en decadencia.
Durante poco más de una hora Faysal me hizo sentir joven, inteligente y sobre todo deseable, algo que hacía meses que Alfredo ya ni intentaba.
No sabes cuánto habría dado en aquel momento por volver a tener veinte años, no estar casada y poder permitirme tirarme a los brazos de uno de los hombres más guapos y atractivos, lo cual no siempre está unido, que había conocido en toda mi vida,
adentrar mis dedos en su pelo negro sedoso y sumergirme con los ojos cerrados en esos sugerentes labios que intuía firmes y condenadamente expertos.
Nuestra conversación no fue más allá de los lugares comunes.
Se mostró muy interesado en si me gustaba su país, por qué había tomado la decisión de dejar España y venirme aquí, si echaba de menos a mi familia y si tenía previsto que mi estancia en UAE durara muchos años.
Yo le hablé de mi trabajo en Madrid, acerca del que me hizo muchas preguntas mirándome a los ojos en todo momento, como si de verdad quisiera saber, de la oportunidad laboral que le había surgido a Alfredo en Emiratos,
de lo integrados que estaban mis hijos en el colegio y lo bien que hablaban ya inglés, del grupo internacional de amigas que tenía, de lo fascinante que me resultaba esta ciudad, con esa mezcla tan cosmopolita de razas, credos y culturas, etc.