Dubái, 30 de marzo de 2015 #3
«Pero digo yo que a este señor habrá que darle las gracias, ¿no?»
, preguntó Valentina, siempre tan educada…
«Pues yo ni harta de vino, o más bien de ron…»
, contesté. Así que, después de un intenso debate, acordamos que fuera Luz la encargada de trasladar nuestro agradecimiento al más que guapo local acompañada por la catalana Sonia, que se apresuró en aclararnos que se ofrecía a ir con ella «para que no vaya sola la pobre».
Como el árabe, sus amigos y sus acompañantes (nunca mejor dicho) ya habían terminado de cenar y se habían adentrado en la niebla del bar de copas, decorado con adoquines setenteros, carteles de calles y frases pintadas en las paredes como si de una estación del metro neoyorquino se tratara,
Luz y Sonia se levantaron para darle las gracias y volvieron más de media hora después completamente emocionadas: «Está de toma pan y moja, y es educadísimo, tiene unos modales exquisitos», dijo Luz.
«Estoy en estado de shock, no había visto un hombre tan guapo en toda mi vida», añadió Sonia.
«Y las furcias, ¿qué?, seguro que son rusas, ¿no?»
, pregunté yo. «Pues no, bonita, ni son putas ni son rusas, son cuatro chicas encantadoras y ¡una es española!»
, me aclaró la catalana. «¿En serio?, ¿la española es la que lleva un vestido de raso verde largo superescotado?, ¿y sabéis cómo se llama?»
, pregunté yo acordándome de la chica que había visto en el baño y que me sonaba tanto, «¡Sí!, esa es la española, pero no me he quedado con su nombre, ¿por qué, la conoces de algo?»
Pero no me dio tiempo a contestar, porque en ese momento apareció nuestro amigo Faysal, altísimo, ganando enormemente en las distancias cortas, aunque no olía a Brummel, sino que desprendía el aroma de uno de mis perfumes masculinos preferidos,
que encima es español y curiosamente es el que usa mi marido: Esencia de Loewe.
«Buenas noches, distinguidas señoritas», comenzó con un perfecto acento británico a pesar de ser local (recuerdo que entonces pensé que habría estudiado en Eton y en Oxford como mínimo), «por favor, no se levanten, solo quería presentarme; me llamo Faysal»,
menos mal que no tuvo el mal gusto de añadir su apellido, «y únicamente he venido a expresarles mi profunda gratitud por aceptar esta copa, lo cual me ha hecho muy feliz; pero como en absoluto las quiero interrumpir,
tan solo me gustaría indicarles que mis amigos y yo estamos al final de la barra de la discoteca, por si más adelante nos permiten alargar la velada con todas ustedes».
Y dicho esto nos hizo una especie de reverencia y se fue.
«¡Me lo comooooo!», dijo Sonia. «Pero ¿cómo se puede ser tan mono, por favor?»
, dijo María. «La verdad es que no puede ser más caballero», apuntó Valentina, y así una tras otra, todas babeando, y hasta Luz, que ya estaba medio borracha, un poco como todas las demás, se atrevió a asegurar:
«Yo por uno como este firmo el divorcio con Borja mañana mismo aunque no me hubiera puesto los cuernos», comentario al que todas dedicamos una ovación cerrada.
«Pues a mí eso de alargar la velada con todas nosotras me ha sonado muy mal: este lo que quiere es montarse una orgía», apunté yo asumiendo de antemano los calificativos de ceniza, aguafiestas y hasta gilipollas que no tardaron en dedicarme todas al unísono.
El resto de la noche lo fuimos disfrutando entre copa y copa, con la habitual exaltación de la amistad e insultos al marido, que es lo que suele ocurrir cuando se juntan varias mujeres casadas con bastante alcohol de por medio.
Elvira y Paola de repente desaparecieron y yo, cada vez más ebria, no podía quitarme de la cabeza la imagen de la chica española del vestido verde, convenciéndome cada vez más de que la conocía, y no precisamente de verla en una revista.
Al caballero árabe y sus amigos no los veíamos desde donde estábamos sentadas, aunque a la cuarta o quinta copa todas se morían de ganas de acercarse a su grupo.
«Venga, vamos a alegrar un poco la vista, que yo no salgo más que para ir al colegio o al supermercado», apuntó Luz.
«Pues yo lo que quiero es echar un baile en la discoteca; porque no nos vamos a pasar toda la noche sentadas con el ciego que llevamos ya», justificó una vez más Sonia, que hasta para lo de Jack el Destripador hubiera sido capaz de buscar una excusa más o menos creíble si se la hubieran pedido.
Así que, como a mí no me apetecía nada ir a echar un baile, y mucho menos rendir pleitesía a un tío, por muy guapo y muy multimillonario que fuera, aproveché que en ese momento cruzó la puerta del baño un vestido verde para acudir corriendo a repasar mi maquillaje y salir ya de dudas.
Y ahora mismo ya no puedo seguir escribiéndote, Sara, porque me ahogo, porque cada vez que recuerdo lo que pasó después se me encoge el corazón de tal manera que me siento insignificante, estúpida, y no puedo dejar de llorar, y hasta la sangre deja de correr por mis venas, y tengo frío, mucho frío…
Así que déjame que vaya a casa de Sonia a ver si me puede prestar una botella de vino que me dé fuerzas para seguir escribiéndote.
Te quiero,
Lola