Dubái, 30 de marzo de 2015 #2
aunque por desgracia me fijé en él en el mismo momento en que él giraba la cabeza mientras nos acercábamos a nuestra mesa, con lo cual hicimos contacto visual un instante y yo enseguida bajé la cabeza entre avergonzada y nerviosa:
te juro que tenía una mirada tan impactante que era imposible sostenerla durante mucho tiempo.
La cena salió fenomenal. Al principio, como estaba previsto, los cuernos de Luz monopolizaron la conversación.
Todas insistimos hasta la saciedad en que tenía que empezar ya a buscar trabajo en España e iniciar los trámites de divorcio, para lo cual yo hasta le pasé el móvil de mi querido amigo Silverio, eminente abogado y catedrático de Derecho Civil en la Universidad de Sevilla, que estaba segura de que,
tratándose de una amiga mía y debido a sus circunstancias económicas, no tendría prisa en cobrar y encima le haría una sustancial rebaja en sus honorarios habituales.
Luz en esta ocasión estuvo mucho más receptiva a nuestros siempre bienintencionados consejos y zanjó el tema asegurándonos que, efectivamente, así no podía seguir.
Como el vino no estaba mal del todo a pesar de que se trataba de un vino de la casa gratuito para las chicas por ser ladies night, todas nos fuimos «alegrando» a medida que las copas se iban vaciando y probábamos los deliciosos platos de la cocina fusión (que es lo que se lleva ahora) asiática que
nos iban sirviendo.
María nos comentó que había comenzado a trabajar «cuando la llamaban y cobrando muy poco y en negro» como azafata de congresos para una empresa que organiza eventos publicitarios;
Sonia nos avanzó que estaba pensando en llevar sus pulseras y bolsos a los múltiples mercadillos que se celebran en diferentes parques de Dubái los fines de semana, para ver si así ampliaba un poco su cartera de clientes;
y Valentina nos anunció que ya tenía fecha para presentarse al examen de convalidación de su licenciatura de Medicina para poder ejercer en UAE, que sería en dos meses y que hasta entonces le veríamos poco el pelo.
Yo por mi parte di la noticia de que también me había puesto a buscar trabajo activamente, si bien hasta la fecha aún no me habían llamado para hacer ninguna entrevista, aunque estaba segura de que en las próximas semanas recibiría las primeras llamadas.
Y en cuanto a Elvira y Paola, su amiga italiana, en su línea: hablando sobre todo entre ellas sin apenas integrarse, como si se tratara de una cena íntima mano a mano.
Cuando ya estábamos en los postres se presentó en la mesa el maître del restaurante junto a tres camareros con varias botellas de Dom Perignon que, por supuesto,
no habíamos pedido (nosotras solo bebíamos el alcohol gratuito) alegando que el señor Faysal Al Mubarak (que es el apellido de una de las familias más poderosas de Emiratos) «ruega humildemente que estas bellísimas señoritas acepten».
«Pero ¿dónde está el Faysal ese?», preguntó Elvira con sus todo menos finos modales.
«Se trata del caballero sentado en aquella mesa», contestó el maître mientras señalaba al más que guapísimo local al que me había quedado mirando cuando bajaba las escaleras y que en ese momento nos saludaba con la mano.
«Por favor, dígale que no nos gusta el champán y retire estas botellas inmediatamente», contesté yo, a lo que mis amigas pusieron el grito en el cielo: «Pero ¿tú estás loca o qué?, nos chifla el champán, sobre todo si es de los caros».
«No pienso aceptar una invitación de un desconocido que encima es de los que se creen que pueden comprar a las mujeres con dinero: y si no, mirad a las putas rusas con las que está cenando… Así que o se llevan las botellas u os aseguro que me voy a casa ahora mismo», amenacé categórica;
con lo cual mis amigas, con bastante disgusto, tuvieron que ver cómo las doradas cubiteras desaparecían de su vista.
Evidentemente, con ese gesto, por el que todas me odiaron, el impresionante emiratí —que recibió con una expresión de sorpresa nuestro rechazo y estuvo hablando unos minutos con el maître mientras no nos quitaba ojo sin dejar en ningún momento de dedicarnos su atractiva sonrisa de labios carnosos y
perfecta dentadura; por lo menos sabía perder con elegancia—, se convirtió en el centro de todas nuestras miradas y comentarios («Pero ¿habéis visto lo bueno que está el tío?»
, «¡Cómo me pone la kandora!» o «¡Esto es lo que tú necesitas, Luz: un jeque árabe multimillonario!»
y otras cosas por el estilo), mientras yo me convertía en blanco de sus insultos durante un buen rato, así que decidí ir al baño a ver si así se les pasaba el cabreo, eso sí,
sin dignarme a mirar a la mesa del local y sus amigos y amiguitas cuando no tuve más remedio que pasar a su lado de camino a las escaleras.
Una vez en el baño, en el que había bastante cola, repasé mi pintalabios, que permanecía casi inalterable y crucé mi mirada con una chica altísima, rubísima y guapísima,
que desalojaba uno de los baños en ese momento y que dio la casualidad de que era una de las mujeres que compartían mesa y mantel con nuestro amigo emiratí.
«A mí esta chica me suena», pensé, «juraría que la he visto antes, pero no sé ni dónde ni cuándo», y por más vueltas que le di no conseguí adivinar quién era, aunque lo cierto es que apenas la había visto un instante y tal vez estaba equivocada,
o quizá se trataba de una modelo o actriz famosa y me sonaba tanto porque la había visto en alguna revista.
Cuando volví al encuentro de mis amigas, otra vez sin rebajarme a mirar a la mesa del espléndido árabe a pesar de que había notado su mirada como una daga ardiendo clavada en mi nuca (o quizá más abajo) durante todo el camino de vuelta a la mía, ya habían pedido la cuenta (baratísima:
unos 100 dírhams por cabeza, porque al ser ladies night la comida estaba rebajada a la mitad y no nos cobraron las bebidas) y antes de que yo lo propusiera, porque para una vez que conseguíamos salir todas juntas no era plan de irnos a casa en lo mejor de la noche y cuando más animadas estábamos,
se volvió a acercar el maître para sugerirnos tomar una copa en el lounge de arriba, lo cual la mitad de nosotras aceptamos encantadas mientras el resto, devotas esposas y sufridas madres, además de más aburridas que las sobremesas de La 2, se fueron a casa, «porque el niño tenía fiebre hoy»,
«porque Manolo estará preocupado»…
Pero, vamos, que ninguna de las demás hizo ningún amago de convencerlas para que se quedaran, y yo, que si me muerdo la lengua me enveneno, hasta me atreví a apostillar: «Pero mujer, ¿cómo se te ha ocurrido venir a cenar teniendo al niño con fiebre?»
El mismo maître fue el que nos acompañó a una mesa que había reservado para nosotras, lo cual me extrañó muchísimo, porque el bar estaba de bote en bote y en Dubái cuesta un pastón, que ninguna de nosotras teníamos, conseguir una mesa en un local de moda.
Y según nos acercábamos nuestra sorpresa fue mayúscula cuando vimos que sobre ella habían colocado cinco flamantes botellas de los mejores licores: whisky Dalmore, ron Santa Teresa, vodka Ciroc, ginebra Nolet΄s y tequila Asombroso.
Vamos, que la mesita en cuestión que nos habían preparado no bajaba, en un país como este en el que el alcohol está muy gravado y tiene precios desorbitados, de los 5.000 euros.
«Disculpe, pero creo que aquí hay un error, nosotras no hemos pedido estas bebidas», apuntó Valentina, que fue la que primero recuperó el habla.
«Se trata de una cortesía del señor Faysal Al Mubarak, ya que ustedes me han dicho que no les gusta el champán, se sentiría muy honrado si quisieran aceptar este pequeño detalle de su parte, en espera de que alguno de estos licores sea de su agrado.»
Total, que llegados a ese punto y como yo, al contrario que Napoleón, soy de las que no suelen empezar una guerra si no tienen claro que tienen muchas posibilidades de ganarla, no me quedó más remedio que asumir que no había nada que hacer, así que me senté a disfrutar de uno de mis rones favoritos:
porque, y al César lo que es del César, el jeque en cuestión no podía haber elegido mejor la marca.