Cartas desde Dubái Dubái, 30 de marzo de 2015
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Dubái, 30 de marzo de 2015

Querida Sara,

Mi vida se ha escapado de mi control. Es un absoluto desastre y no sé qué hacer ya, aparte de empezar a beber cada día antes, porque es lo único que me tranquiliza y me permite escapar de esta realidad que se ha convertido en una pesada losa que ya no puedo seguir cargando,

con lo cual casi todas las mañanas tengo unas resacas espantosas, pierdo la paciencia con los niños, me siento terriblemente culpable y poco a poco me voy sumergiendo cada vez más en un pozo negro y profundo del que no sé cómo ni cuándo voy a poder salir.

Estoy deprimida, desesperada, amargada…, en buena hora tuve la feliz idea de hacer las maletas y venirme a Dubái: no sabes lo que me gustaría poder dar marcha atrás a las manecillas del reloj y volver a quejarme del estrés de la oficina en lugar de ponerme nerviosa porque ya no me queda ni una sola

botella de vino en casa y me da vergüenza ir a casa de Céline por enésima vez a pedirle otra, porque Alfredo, que es el único que tiene licencia para comprar alcohol en este país, que por mucho rascacielo y muchas luces de colores que tenga sigue siendo una dictadura musulmana,

se ha negado en rotundo a permitirme tener ni una sola gota más en casa.

Pero vayamos por partes, porque, si bien es cierto que últimamente no lo estaba pasando bien, en las últimas semanas los acontecimientos se han desbocado de tal manera que es mejor que empiece por el principio para que lo entiendas y allá donde estés me eches una mano para recuperar las riendas de

mi vida, porque yo sola de verdad que no me siento capaz.

Todo empezó la fatídica noche de nuestra ladies night.

Como aquí la verdad es que no salgo casi nunca, y ni me maquillo diariamente ni me preocupa mucho mi atuendo (me basta con que sea cómodo), no se me ocurría qué ponerme para una noche tan especial, así que el día anterior me fui expresamente a The Mall of the Emirates para comprarme algo nuevo:

me hacía mucha ilusión estrenar ropa e ir a la última esa noche tan importante para Luz y para nosotras.

Después de entrar en Massimo Dutti y Mango, no me acababa de decidir por algo tan convencional, y en Maje me probé varios vestidos muy elegantes con ese tono chic francés que tanto me gusta, pero quizá eran demasiado sobrios para lo que yo estaba buscando.

Así que al final me decidí por un vestido de Cavalli azul cobalto, muy atrevido, quizá excesivamente ajustado y corto, pero que, aunque peque de inmodestia, me quedaba como un guante.

Ya sabes que nunca he sido guapa, pero siempre me has dicho que soy atractiva y que tengo un cuerpo que llama la atención, así que después de tanto tiempo sin salir de marcha (en Madrid lo hacíamos mucho más a menudo, sobre todo antes de quedarme embarazada,

¿te acuerdas de nuestras juergas en aquellos garitos oscuros e infames de la calle Segovia de los que salíamos con la luz estridente del día casi cegándonos?)

, decidí sacarme partido y arriesgué hasta en la elección de zapatos, sandalias negras con estampado print, de tacón altísimo, que me hacían unas piernas kilométricas, a juego con un bolso de mano rojo intenso con pedrería, para que el conjunto no resultara demasiado monocromático,

y un maquillaje smoke que me compré ex profeso para la ocasión en Bobbi Brown, sin olvidarme de un lápiz de labios de los que te duran horas aunque fumes y bebas como una cabaretera, todo en azul oscuro, casi negro, buscando un toque de niña mala, o al menos traviesa.

El azul, sin lugar a dudas, es mi color: me realza el tono de los ojos, que es una mezcla indefinida que varía con la luz, y que aunque tú digas que es violeta yo creo que tiende a gris,

y contrasta con mi pelo castaño claro con mechas rubias que tuve también que actualizar en mi peluquería favorita, Sisters Beauty del Mirdiff Mall, después de hacerme la manicura y la pedicura en Lily Pond, para lo que, por supuesto, elegí una laca de uñas de Opi azul oscura.

Finalmente me compré un frasco nuevo de mi colonia favorita, que como no podía ser de otra manera, también es azul: Light Blue de Dolce y Gabbana, con su inconfundible aroma muy fresco pero a la vez persistente, que define perfectamente mi personalidad.

Gracias a Dios, todas mis amigas españolas se habían puesto también sus mejores galas, y hasta Elvira, que a pesar de estar casada y tener dos churumbeles es un auténtico chicazo en su modo de vestir tirado, por ponerle un calificativo, y siempre va que da pena verla,

ese día se puso un top de lentejuelas, ¡y hasta máscara de pestañas!

, aunque, eso sí, se trajo a cenar a su nueva, mejor e inseparable amiga italiana (cada tres o cuatro meses tiene una amiga íntima con la que indefectiblemente acaba sin hablarse por un millón de problemas insalvables que siempre, qué casualidad, tiene la amiga del momento).

En total éramos doce, y la más guapa y elegante era sin lugar a dudas Luz, que con cinco kilos de maquillaje estratégicamente aplicado, había logrado ocultar su tez demacrada y las profundas arrugas que le habían salido en los últimos tres meses y apareció radiante,

con un vestido rojo espectacular también pegado al cuerpo.

Estaba absolutamente sublime, como una diosa griega con su pelo largo moreno rizado y sus ojos color miel, y nos hacía sombra a todas las demás: yo no sé en qué estaría pensando el sinvergüenza de Borja para irse con esa azafata de Sri Lanka que, por las fotos que había visto Luz en el móvil,

y obviamente nos había enseñado a todas, no le llegaba a mi amiga ni a la altura del betún.

Pero, en fin, que allí estábamos todas, de punta en blanco, contentísimas y con muchas ganas de pasarlo bien y olvidar por unas horas nuestros respectivos problemas, que en mayor o menor medida todas los teníamos.

Así que después de esperar casi una hora a los siempre malolientes conductores, que, como es habitual, llegaron más de una hora tarde a pesar de haberlos reservado por la mañana en Dubai Taxi, pusimos rumbo entre risas y cumplidos al restaurante China Grill del hotel Westin,

que es uno de mis hoteles preferidos porque no es supermoderno como los demás, sino que, a pesar de ser nuevo, porque aquí no hay nada viejo, está diseñado con una arquitectura más europea, al estilo del barrio de Salamanca de Madrid o el Dieciséis de París,

lo cual le da un aire decadente y señorial que, tal vez por escaso en este país, me encanta y evoca muchos y buenos recuerdos de mi vida anterior, nunca mejor dicho en este caso, máxime teniendo en cuenta los acontecimientos que ocurrieron después.

He pasado muchas noches sin dormir desde aquella noche y cada vez que recuerdo lo bien que empezó y lo desagradable que fue todo al final siento un extraño regusto a azúcar y sal, como el de un postre almibarado que no logró encontrar nunca su lugar en el estómago:

lo que me provoca una espontánea sonrisa de complacencia cuando recuerdo lo ilusionadas que estábamos todas, incluida Luz, en aquel momento de subirnos a los taxis, acaba siempre convirtiéndose en una mueca grotesca cuando revivo claramente las imágenes de lo que pasó apenas unas horas después,

y la memoria me atenaza la garganta hasta casi no dejarme respirar.

No sé cómo explicártelo, Sara, pero me siento estafada: me siento estafada desde el día en que aterricé en este país.

Me siento como una niña a la que le han regalado un viaje en una gigante y flamante noria llena de luces, y cuando se va a subir la felicidad le nubla la vista y no repara en los dientes picados que se esconden tras la sonrisa del encargado que le vende el billete, en lo desvencijado de su asiento,

en el parpadeo inconstante de unas bombillas a punto de fundirse o en lo desafinado de la música.

Porque esa niña estaba tan plena y pletórica el primer día que puso el pie en ella que, o no supo, o no quiso permitirse vislumbrar que aquella noria oxidada de feria de pueblo chirriaba a cada movimiento y que sobre el lugar en el que con tanta ilusión se había sentado pesaba una orden de

demolición irreversible que había sido ya escrita y rubricada.

El restaurante China Grill tiene dos pisos: un amplio salón para cenar en la parte de abajo y un lounge unido a un bar de copas con mucho ambiente en la parte de arriba.

La decoración, muy similar al resto de los establecimientos que esta cadena tiene en todo el mundo, es una elegante combinación del rojo, el negro y el gris, con grandes mesas,

cómodas sillas de cuero y una iluminación tenue que le da mucha clase a pesar de que la música estaba demasiado alta ese día y casi había que gritar para hacerse oír.

Como consecuencia de la legendaria impuntualidad de los taxis de Dubái, no llegamos a la hora prevista, aunque en esta ocasión, lo cual no es habitual,

alargaron esos quince minutos de cortesía de rigor y en cuanto llegamos una guapa y elegante señorita asiática nos condujo a nuestra mesa para doce comensales, que estaba situada en el fondo derecho, alargada y pegada a la pared.

Según bajaba las escaleras me di cuenta de que las demás mesas estaban ya ocupadas, y la mayoría estaban compuestas únicamente por mujeres, excepto un par de ellas en las que también había hombres.

Me quedé mirando especialmente a una que estaba justo en el extremo opuesto a la nuestra, porque la ocupaban varios emiratíes vestidos con sus kandoras, además de varios occidentales: un par de hombres sentados de espaldas a mí y cuatro «señoritas» (estas con comillas,

no como la señorita china que nos acompañó gentilmente a nuestra mesa), todas ellas rubias, altas, guapas y muy llamativas, lo cual ocurre siempre que sales a cenar en Dubái y en las mesas hay locales del sexo masculino…

Entre ellos había uno moreno, con barba corta y ojos muy grandes y negros en contraste con su kandora blanca al que no pude evitar quedarme mirando extasiada durante algunos segundos, porque era impresionantemente atractivo,