Dubái, 2 de marzo de 2015
Querida Sara,
Desde muy pequeña me han enseñado en mi casa que cada vez que se presenta un problema hay que buscarle una solución.
Y eso es lo que voy a hacer a partir de ahora.
Llevo seis meses y un día (parece una condena…)
viviendo en Dubái y ya no voy a mentirme más a mí misma: las cosas no se están desarrollando como yo creía en un principio, cada día me llevo peor con mi marido, al que por otra parte apenas veo, y no estoy satisfecha con una vida en la que,
si bien tengo la suerte de poder pasar mucho más tiempo con mis hijos, la verdad es que me aburre, me deprime, me tiene triste y amargada.
Tengo que asumir que ya se me ha pasado el síndrome de Stendhal de las puestas de sol sobre la arena del desierto y se me ha derrumbado por completo el decorado de cartón piedra que había construido en torno a mí para convencerme de que tenía una vida de cuento de hadas.
Las cosas no son como yo pensaba que iban a ser, y, por desgracia, mi padre tenía parte de razón: no era buena idea abandonar una carrera profesional fulgurante para irme a un país del tercer mundo a miles de kilómetros de mis amigos, mi familia y mis costumbres.
Por lo menos, tendría que haberlo pensado mejor, analizar los pros y los contras, haberme ido gradualmente, sin dejar del todo mi trabajo de un día para otro sin ni siquiera molestarme en pedir una excedencia…
Vale, es verdad: tal vez actué precipitadamente, más guiada por el corazón que por la cabeza, como he hecho siempre, pero la realidad es que ahora esta es mi vida, y como ya no puedo dar marcha atrás, tengo que intentar luchar por mi felicidad con las pocas cartas que me quedan en la mano.
Y eso es lo que voy a hacer.
Mi decisión se gestó el jueves por la noche en casa de Peter y Alice.
Peter llevaba toda la semana en la India por motivos laborales y Alice había salido todas las noches muy tarde de la oficina preparando un nuevo proyecto (en Dubái pagan mucho a los expatriados cualificados, pero también se les exige mucho:
hacen largas jornadas y trabajan como mínimo cuarenta y ocho horas semanales), así que, como solo tienen un hijo, Andy, que está en la clase de Alejandro, y el pobre estaba muy aburrido de pasar tantos días solo con la maid,
Alice me pidió que llevara a mis hijos a su casa para que por lo menos tuviera con quien jugar.
En cuanto me llamó cogí el coche y me fui a Jumeirah Road, que es como la calle Serrano de Madrid, a la preciosa casa en la que viven, con un jardín maravilloso en el que hay tortugas, un pequeño estanque con peces de colores y varias barbacoas, piscina privada llena de colchonetas,
sillones hinchables y hasta un pequeño tobogán; y una decoración caótica pero muy hogareña y acogedora, con enormes sofás de cuero comodísimos, pieles de animales en el suelo, enormes tambores africanos y una mezcla de dibujos hechos por su hijo de cuatro años,
fotos familiares y cuadros muy buenos colgados en las paredes.
Cada vez que pongo un pie allí me siento como si estuviera en mi propia casa: los dos son personas muy relajadas que siempre te hacen sentir muy a gusto, como si nos conociéramos de siempre.
Al principio nos bañamos en la piscina con los niños, que se llevan los tres fenomenal y disfrutan muchísimo juntos, y después, las mamás nos bebimos una botella de Pinot Noir sudafricano exquisito.
Pero cuando ya estaba atardeciendo, a eso de las seis, Alice recibió una llamada por un problema de último momento que había surgido en la empresa y no tuvo más remedio que marcharse corriendo, así que, como le había dado a su interna etíope la tarde libre,
me quedé en su casa para bañar a los niños y darles la cena, después les leí un cuento y a eso de las nueve ya estaban los tres dormiditos en la cama de Andy, que es inmensa, una king size,
bajo un techo lleno de estrellas que Alice había comprado en la tienda de regalos de la NASA (te recuerdo que es de Houston).
A eso de las nueve y media recibí una llamada suya diciéndome que ya estaba en camino y que preparara dos gin-tonics y metiera la botella de tequila en el congelador, que estaba muy estresada y necesitaba relajarse, así que después de preparar las copas llamé a Alfredo,
que a esas horas aún estaba trabajando, para preguntarle si podía venir a recogernos cuando saliera de la oficina, porque en este país hay tolerancia cero con el alcohol y puedes acabar en la cárcel si tienes un accidente y la policía te pilla conduciendo borracho.
Pero me dijo que imposible, que habían venido unos clientes chinos muy importantes y tenía que sacarlos a cenar en beneficio de la firma de un contrato muy sustancioso.
De modo que, como era evidente que a esas alturas ya iba a dar positivo en cualquier prueba de alcoholemia, llamé a un safety driver (un señor que viene a buscarte a la dirección que le indiques y conduce tu coche hasta tu propia casa),
para que nos recogiera a los tres a las doce en punto de la noche.
Alice me sugirió que nos quedáramos a dormir, pero yo soy de las que les gusta dormir en su cama y levantarse con su cepillo de dientes al día siguiente, así que aunque tuviera que despertar a los niños en mitad de la noche prefería esta opción.
Alice llegó a casa poco antes de las diez superarreglada, con un vestido muy elegante que a la pobre le quedaba fatal y que parecía que le iba a estallar, porque aunque tiene una cara preciosa con unos increíbles ojos azules del color del mar,
la verdad es que está muy gorda y se pasa la vida haciendo diferentes dietas que abandona al poco tiempo: es una de esas personas alegres a las que les gusta exprimir la vida, divertirse, comer y, sobre todo, beber, con el consiguiente sentimiento de culpa posterior, que tampoco le dura demasiado,
por otra parte.
Me encanta este tipo de personas sin complejos, optimistas, divertidas y naturales que saben disfrutar de cada momento y siempre te arrancan una sonrisa: así es exactamente mi amiga Alice, a la que quiero con toda mi alma a pesar de conocerla desde hace tan poco tiempo.
Pero voy al grano, que me disperso: resulta que a la tercera copa Alice empezó a quejarse de lo mucho que trabajaba, de lo poco que veía a su familia, de lo que le encantaría tener otro hijo pero que no veía el momento porque estaba hasta arriba de proyectos publicitarios que no se atrevía a
rechazar para tomarse unos meses de baja por maternidad, etc. Y fue entonces cuando yo, en lugar de apoyarla y darle ánimos, que es lo mínimo que se espera de una buena amiga, no sé por qué (aunque es verdad que a mí el alcohol me pone muy sensible) rompí a llorar como hacía años que no lloraba,
hipando, temblando, sin poder controlarme.
Alice al principio no entendía nada, así que me abrazaba, me acariciaba la cara (que estaba llena de mocos) y en medio de un torrente de lágrimas que no cesó durante un buen rato, me decía: «Todo va a estar bien, cariño, no te preocupes: todo va a estar bien…» .
La verdad es que me vino muy bien echar toda esa impotencia y frustración fuera, sobre todo porque no podía estar en mejores manos.
Cuando por fin pude dejar de llorar, Alice me preparó otro gin-tonic y me preguntó muy cariñosa si había algo de lo que quería hablar con ella.
Entonces me entró una risa histérica y le contesté que al escucharla hablar de su agobio laboral no había podido evitar recordar mi trabajo en España, donde era respetada y admirada por todos,
donde se hacía un silencio cada vez que corría por los pasillos cargada de papeles hasta el despacho del presidente, al que ni siquiera tenía que pedir cita porque era la única persona de toda la empresa a la que recibía siempre sin necesidad de anunciarse.
Le conté de mis logros profesionales, de cómo me las arreglaba para conseguir cada año que mi empresa diera pingües beneficios, a pesar de la crisis económica, de cómo entrevistaba, contrataba y despedía sin tener que consultar a nadie a los subordinados que no daban la talla: del poder,
en definitiva, que tenía y de lo vacía e inútil que me sentía ahora, desperdiciando mi talento para las finanzas en cuadrar las cuentas de la compra en el supermercado, al que iba casi cada día porque no tenía nada mejor que hacer,
mientras mendigaba a mi marido una atención y un cariño que ya no me daba.
Y así fue, animada por Alice, cómo nos pusimos juntas, entre copa y copa, a traducir y actualizar mi currículum, que ya he enviado a un montón de contactos que tiene mi amiga en las empresas más importantes de Emiratos Árabes.
Sí, Sara: estoy buscando trabajo, y espero encontrarlo pronto para recuperar el respeto y la seguridad en mí misma.
Creía que podría ser feliz siendo una ama de casa volcada en sus hijos, pero me falta algo muy importante que solo puedo encontrar en un despacho frente a un ordenador con la pantalla llena de números,
así que en lugar de quejarme y seguir deprimida todo el día metida en casa de brazos cruzados me he puesto manos a la obra para buscar una solución a mi problema, tal y como me enseñaron en casa desde muy niña…
¡Estoy deseando que me llamen para hacer entrevistas, y maquillarme y ponerme mis trajes de chaqueta otra vez!
Por cierto, y hablando de buscar soluciones a los problemas (aunque en este caso se trata más bien de poner un parche), dentro de dos semanas hemos organizado una ladies night para Luz, que está cada día más hundida y más encerrada en su desgracia.
Hemos pensado que le vendrá muy bien salir una noche y tener un motivo, aunque sea efímero, para ilusionarse un poco, arreglarse, disfrutar de una buena cena y una noche de baile y copas.
Como te estarás preguntando qué es eso de la ladies night te lo explico, porque es algo que está muy de moda en Dubái.
Resulta que muchos restaurantes, pubs y discotecas de aquí dedican un día de la semana a las mujeres (la mayoría lo celebran los martes, pero algunos también lo organizan los lunes o los miércoles) con bebidas gratis para nosotras, descuentos en la cena, etc.,
de manera que llenan sus locales de chicas (y chicos que acuden en masa detrás de ellas) los días que hay menos afluencia de público (aunque en Dubái hay marcha loca casi todas las noches).
Las mujeres, que la mayoría están casadas y no trabajan, se ponen sus mejores galas esa noche y salen a darlo todo, por lo que muchas acaban escandalosamente ebrias perdiendo el equilibrio sobre sus tacones en la pista de baile.
Yo apenas he salido de ladies night, porque la verdad es que salgo muy poco aquí, pero se me ocurrió organizar esta salida de chicas con todas las españolas para que a Luz le diera un poco el aire, que lo necesita de verdad.
Esa noche nos hemos repartido sus tres hijos entre Sonia, Valentina y yo (que tenemos maid) para que ella se lo pase bien, se olvide por un día de la situación tan espantosa que le está tocando vivir y no tenga que preocuparse por los niños al día siguiente.
Así que ya te contaré nuestra noche de marcha y cuántas entrevistas de trabajo hago en los próximos días: ¡estoy superilusionada con la idea de volver a trabajar!
Un beso, amiga. Te quiero. ¡Deséame suerte!
Lola