Cartas desde Dubái Dubái, 15 de febrero de 2015 #2
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Dubái, 15 de febrero de 2015 #2

Mientras conducía de vuelta al colegio, le di muchas vueltas a las palabras de Samira, y aunque por mi educación y mi cultura no podía estar de acuerdo con ella, lo cierto es que de alguna manera mi amiga local consiguió calmar un poco la frustración que llevaba sintiendo últimamente.

Aquella noche, cuando Alfredo llegó a casa, a las tantas como casi siempre, se sorprendió de verme suave como la seda en lugar de enfadada y de morros como venía siendo habitual, y no me costó nada convencerle para ir el viernes siguiente a Global Village,

un lugar de ocio para toda la familia que Samira me había aconsejado encarecidamente visitar en cuanto tuviera ocasión.

Global Village resultó ser un inmenso recinto ferial al aire libre (solo está abierto de noviembre hasta abril, los meses en los que el clima es benigno en Dubái) donde además de todo tipo de atracciones de feria para los niños,

conciertos de música autóctona o restaurantes principalmente de comida árabe, cada país tiene un pabellón lleno de tiendas en las que adquirir los productos típicos de cada lugar: el de España, por ejemplo, simulaba una de las carabelas con las que Cristóbal Colón llegó a América,

y allí aprovechamos para comprar una garrafa de aceite de oliva, un par de latas de banderillas (cómo las echo de menos con la caña del domingo…)

, y unas camisetas para los niños de una conocida marca de ropa artesanal española.

Sin embargo, los pabellones más grandes eran los de los países vecinos: India, Irán, Yemen, Omán, Arabia Saudita…

, y entre los miles de personas que paseaban por allí, porque estaba abarrotado de gente, apenas había occidentales, sino árabes, indios, africanos, etc.

En Global Village sentí por primera vez en cinco meses que realmente estaba viviendo en un país árabe.

Hasta ahora, menos cuando visitaba la Ciudad Vieja (en la que, por otra parte, la verdad es que la gran mayoría eran turistas), todo eran hoteles y restaurantes de lujo, y excepto por las abayas y las kandoras de los locales, mucha ropa elegante y piel muy blanca,

como si estuviera paseando por las calles de cualquier capital del norte de Europa.

De hecho, siempre me preguntaba dónde pasarían su tiempo libre los filipinos que trabajan de dependientes en las tiendas de los centros comerciales, o las señoras de la limpieza etíopes o de Sri Lanka, o las personas sin formación académica de Paquistán, Irak, Afganistán,

India o Bangladesh que emigran a Emiratos para trabajar catorce horas al día y seis días a la semana por un sueldo de doscientos o trescientos euros al mes como máximo (y, por supuesto, sin seguro médico ni jubilación ni indemnización por despido improcedente)…

Pues por fin había encontrado la respuesta: ¡se van los viernes, que es su día libre, a Global Village!

Me encantó abrirme paso entre el desfile de piel oscura y rasgos marcados, en contraste con su ropa multicolor, de los africanos —porque las musulmanas de los países de África no llevaban abayas negras como en el Golfo Pérsico, sino trajes de colores chillones que, no obstante,

respetan fielmente la tradición, hadiz, de cubrirse todo el cuerpo excepto la cara y las manos—, pantalones holgados tipo falda o sarongs de los musulmanes asiáticos, preciosos saris y shalwar kameez (la túnica larga que llega hasta el muslo) de los hindúes…

Una maravillosa e insólita mezcla étnica que literalmente me transportó a otra época y a otro lugar, como si el Burj Khalifa y el resto de los rascacielos de Dubái se hubieran convertido de repente en un chiste de cartón piedra a cientos de kilómetros de allí.

Sin embargo, y a pesar de lo que me gustó el ambiente racial de Global Village (¿te acuerdas de que cuando hace años nos íbamos de vacaciones juntas siempre discutíamos porque tú preferías ir a Estocolmo o Boston y yo a Senegal o Estambul?)

, la tarde fue un desastre absoluto y llegué a casa llorando después de haber chillado e insultado a Alfredo delante de los niños, que se asustaron muchísimo, traspasando una línea que me había prometido a mí misma que jamás cruzaría desde el día que me quedé embarazada por primera vez.

Todo empezó cuando Alfredo les compró a los niños dos algodones dulces después de que se hubieran comido sendas manzanas de caramelo y no sé cuántas piruletas Fiesta rojas con forma de corazón que habíamos comprado en el pabellón de España.

Le había advertido de que no podían comer más dulces porque les iban a acabar sentando mal, pero a él le dio igual: como ya casi nunca pasa tiempo con ellos cree que atiborrándolos a caramelos puede compensar su falta de atención,

así que hizo oídos sordos a lo que yo le dije y cada vez que Diego o Alejandro pedían algo de la multitud de puestos de comida de Global Village, él acudía solícito a satisfacer sus caprichos a cambio de un «eres el mejor papá del mundo».

Después vimos una plaza en la que habían colocado chorros de agua de diferentes colores que salían del suelo para que los niños más mayores jugaran a correr entre los surtidores sin mojarse.

Mis hijos enseguida quisieron ir y yo se lo prohibí, les expliqué que eran muy pequeños para jugar a eso y que se iban a mojar.

«Venga, chicos, intentadlo, que seguro que lo hacéis muy bien», les dijo su padre llevándome la contraria, algo que teníamos pactado no hacer nunca, y, como era de esperar, a los cinco minutos de correr entre las fuentes los dos estaban empapados de arriba abajo.

«¿Lo ves?, ¡te lo dije: se van a poner malos!»

«Pero qué exagerada eres, Lola, si no pasa nada, si hace mucho calor.»

Y ya, para rematar, tuvo la feliz idea de colocar a Alejandro papel higiénico dentro del zapato, además de decirle que se pusiera de puntillas para parecer más alto y que le dejaran montarse en muchas de las atracciones en las que por su corta estatura le prohibían el paso.

Total, que la tarde acabó con Alejandro vomitando, Diego temblando y diciendo que tenía mucho frío (estuvo una semana sin ir al colegio después de ese día por el resfriado que pilló) y yo completamente histérica: vamos, que fue todo menos una idílica tarde familiar.

Al día siguiente, a pesar de ser sábado, Alfredo, por no escucharme, se fue a la oficina con la excusa de no sé qué proyecto importantísimo, y yo me fui a casa de Céline a beberme ocho cervezas seguidas con ella para desahogarme y echar fuera toda mi rabia y toda mi frustración.

Le dije que ya no aguantaba más, que estaba harta de ser una ama de casa mantenida cuyo marido no le hace ni caso y se cree con derecho a hacer lo que le dé la gana solo porque él es el que mantiene a la familia, que quién se había creído que es,

cuando en España yo ganaba bastante más que él y nunca se lo había restregado como había empezado a hacer él últimamente.

Por fortuna, por aquello de que las penas compartidas son menos amargas, mi amiga belga también estaba al límite de aguantar a Christian, su marido, que estaba o bien trabajando,

o tirado en el sofá cuando llegaba de vuelo o bien poniéndose ciego a whisky en el jardín con su vecino australiano mientras ella no tenía una vida propia más allá de ocuparse de la casa y los niños a todas horas.

Por primera vez me di cuenta de cuánto echaba de menos Céline a su familia, sus amigos y su trabajo en Bélgica, donde era azafata de Brussels Airlines, tenía su independencia económica para darse los caprichos que quisiera sin tener que pedirle dinero a su marido,

la oportunidad de cambiar de ambiente visitando diferentes países cada mes, y, cuando no volaba, el tiempo que pasaba con sus hijos era tiempo de calidad del que verdaderamente disfrutaba sin estar cansada, triste y amargada como lo estaba ahora.

Por cierto, no he podido evitar reparar en que mi amiga ha empezado a beber muy rápido.

Al principio nos tomábamos las dos el tema del alcohol con calma, saboreando y disfrutando cada copa sin prisa, pero esta vez me di cuenta de que Céline se bebía los vasos de su vino blanco francés casi de un trago, con rabia y desesperación.

Me pareció muy violento comentárselo en ese momento, en el que precisamente yo también estaba bebiendo las botellas de cerveza a toda velocidad, pero me prometí a mí misma comentarle mi preocupación cuando encontrara un momento más propicio.

Aunque sé que no le va a sentar nada bien mi comentario, también sé que tú habrías hecho lo mismo si todavía formaras parte de mi vida.

Las amigas están para eso y yo a Céline la quiero y tengo la obligación de cuidar de ella.

Así que, Sarita, como ves, no es oro todo lo que reluce, y aunque quiero pensar que es normal que tenga momentos de bajón, parece que mi luna de miel con Dubái está llegando a su fin,

y cada vez que me pregunto si ha sido una buena idea dejar mi trabajo y mi pedazo de sueldo en Madrid para venirme aquí a convertirme en una maruja dudo mucho qué contestar.

En fin, preciosa, que seguiré contándote todo lo que me vaya pasando, y ojalá lleguen tiempos mejores, pero ahora mismo no estoy muy animada que digamos. Mientras tanto no olvides nunca cuánto te quiero y cuánto te echo de menos: tanto que a veces duele, y mucho…

Un beso muy grande,

Lola

PS. Diego y Alejandro no paran de decirme que quieren volver al desierto: se lo pasaron tan bien cuando estuvimos allí el mes pasado que están deseando que llame a Mohammed «para que nos venga a buscar con su coche blanco y nos lleve a las dunas».

El otro día la madre de Alfredo comentó que a lo mejor venía a Dubái en Semana Santa (aquí se llaman vacaciones de primavera) para pasar unos días con los niños, que hace ya muchos meses que no los ve:

si al final decide venir lo primero que voy a hacer es llamar a Mohammed para que nos vuelva a llevar de safari, que seguro que a Trini le encanta hacer esa excursión.