Dubái, 15 de febrero de 2015
Querida Sara,
Por aquí mis días transcurren plácidamente, como si las manecillas del reloj se hubieran detenido y no fuera necesario saber qué hora es, ni qué día de la semana ni del mes…
Mi única obligación sigue siendo llevar y traer a los niños del colegio y asistir a mis clases de árabe dos días por semana, así que muchas veces no sé qué hacer con tantas horas libres.
Ya he leído mi lista de «Las treinta novelas que siempre quise leer y nunca tuve tiempo para ello», y no sabes cuánto me gustaría que me pudieras recomendar algún buen libro con el que llenar mis mañanas de brazos cruzados.
La verdad es que, y a ti sí puedo serte sincera, empiezo a aburrirme un poco.
No es que eche de menos tener un trabajo, no, pero te confieso que tanto tiempo libre me está empezando a poner un poco nerviosa, porque cuando quedo para desayunar con mis amigas españolas, o para ir de compras con Céline, a veces me siento culpable por ello,
como si estuviera desperdiciando un tiempo precioso que podría emplear en algo más productivo.
Pero bueno, supongo que solo se trata de la falta de costumbre de ser una ama de casa ociosa y espero que esta sensación de estar perdiendo el tiempo vaya desapareciendo poco a poco.
Y, hablando de mis amigas españolas, la que sigue pasándolo muy mal es Luz, la chica que descubrió en Nochebuena que su marido la engañaba con una azafata.
Está sumida en una fuerte depresión y empiezo a pensar que no va a poder salir de ella.
Su todavía marido, Borja, ya se ha alquilado un pisito en el centro de la ciudad, según él «para darse un tiempo y tratar de solucionar sus problemas con algo más de distancia» (valiente sinvergüenza),
y para poder pagar el alquiler de lo que yo llamo su picadero le ha restringido los gastos domésticos, incluso echando a la interna que la ayudaba con los tres niños.
Así que ahora la pobre, que apenas tiene fuerzas para levantarse cada mañana, tiene que cargar con la responsabilidad de ocuparse de sus hijos sola y no tiene ni un minuto libre (el pequeño todavía no va a la guardería),
mientras Borja hace la vida que le da la gana y aparece en su casa cuando no tiene nada mejor que hacer y únicamente para cubrir el expediente de padre.
Las demás intentamos no dejarla sola y montamos planes con los niños a todas horas para que se sienta acompañada.
Ella no quiere ni oír hablar de divorcio (que es lo que todas le aconsejamos), porque a pesar de todo sigue enamorada del cretino ese.
Se me cae el alma a los pies cada vez que la veo: ha adelgazado como quince kilos en apenas dos meses, tiene la cara demacrada, la mirada perdida y no para de llorar y llorar.
Yo creo que, aparte de que siga queriendo a Borja, lo que de verdad le da miedo es volver a España con tres niños y sin trabajo.
Por desgracia, su familia no puede ayudarla económicamente y no tiene ahorros suficientes como para empezar una nueva vida hasta encontrar un puesto de trabajo y resolver su divorcio.
La pobrecita se siente en un callejón sin salida, no ve la luz al final del túnel, y mientras tanto Borja se aprovecha de la situación y se dedica a pegarse la vida padre con su amante, porque todas estamos seguras de que no la ha dejado. Horrible, Sara, tremendo.
Con quien sigo estrechando lazos de amistad es con la emiratí Samira, de la que cada vez me siento más cerca a pesar de nuestras diferencias sociales, culturales y religiosas.
Es una mujer increíble, muy cariñosa y sensible, y me admira lo educada que es, pero no educada en lo que se refiere a modales, sino educada en el sentido más profundo de la palabra: es una persona que sabe ponerse en tu lugar y se adelanta siempre a lo que puedas necesitar.
El otro día, por ejemplo, Alejandro se puso malo y, en cuanto se enteró por la profesora, me llamó para saber cómo estaba el niño, o si quería dejar a Diego en su casa mientras yo le llevaba al médico.
Siempre está pendiente de mí, cuidándome en todo lo que puede y yo disfruto mucho de su compañía haciendo cosas evidentemente diferentes a las que hago con Alice o con Céline, pero igual de gratificantes, a pesar de que no haya alcohol de por medio y todo sea mucho más tranquilo.
La semana pasada me propuso pasar la mañana con ella, las dos solas, en un spa, invitación que acepté contentísima.
Después de dejar a los niños en el colegio condujimos hasta The Palm, que es como un remanso de paz lejos del bullicio de la ciudad, y tras desayunar unos huevos Benedictine, que me encantan, entramos en el exótico spa Talise del hotel Jumeirah,
que está decorado como si se tratara de un antiguo hamman turco, con preciosos mosaicos en las paredes, gruesas vigas de madera de caoba en los techos, suelos con preciosas baldosas de mármol, tenues luces que varían de color según la habitación…
En resumen, el exotismo y el lujo en su máxima expresión.
Después de hacernos en una cabina con olor a sándalo sendas limpiezas y tratamientos faciales, pasamos a tumbarnos en una piedra caliente hexagonal en el centro de una habitación privada donde nos hicieron una exfoliación corporal y un masaje un poco doloroso al principio,
pero que a mí me dejó los músculos completamente relajados y el cuerpo levitando.
Luego nos sumergimos en una de las piscinas calientes de talasoterapia decorada con velas aromáticas, y allí, las dos solas, lejos del estrés y los problemas, con el cuerpo y la mente distendidos, hablamos y hablamos con total confianza, las dos en bañador (el de Samira era occidental, como el mío),
como si al despojarnos de nuestras ropas también nos hubiéramos despojado de todo lo que nos hace diferentes para quedarnos solo con lo que nos une, que es lo esencial, lo intrínsecamente nuestro: nuestras almas de mujer.
Como sé que Samira es una persona muy reservada, comencé abriéndome yo.
Le confesé que Alfredo se pasa los días y las noches trabajando, que apenas paso tiempo con él y que me siento muy sola.
Que ha llegado un momento en que siento que a mi marido lo único que le interesa es su carrera profesional, y a los niños y a mí solo nos ofrece las migajas del tiempo que le sobra fuera de la empresa, migajas que cada vez son más escasas y me llenan menos.
Trasladé a mi amiga toda mi frustración e insistí en lo injusto que me parecía que nos hubiera traído hasta aquí, a miles de kilómetros de nuestras raíces, para tenernos luego arrinconados, guardados en un cajón que abre solo cuando no tiene nada mejor que hacer.
Las palabras de Samira fueron como un bálsamo a toda la rabia que últimamente estaba sintiendo hacia Alfredo por haberme dejado de lado en su vida.
Su concepto de familia, el concepto de familia musulmana, es bastante diferente al nuestro, y después de compartir con ella sus creencias aquella mañana de vapores calientes y aromaterapia mi ira se fue aplacando poco a poco.
Con su dulce tono de voz Samira me explicó que cuando, «por la voluntad de Alá», una mujer se casa, adquiere el compromiso de crear una familia junto al compañero en el camino de la vida, y que desde ese momento la mujer debe formar un equipo junto al marido para criar a los hijos,
que son un tesoro, y asegurarles un buen futuro en un mundo mejor, para lo que la mujer debe desprenderse de todo egoísmo y fomentar un ambiente de cariño y respeto mutuo que los hijos tomen como ejemplo.
Samira me aseguró que su marido también trabaja mucho, y que por sus negocios necesita hacer en ocasiones largos viajes al extranjero, pero que todo ese tiempo que pasa fuera de casa no es por propia voluntad, sino en aras de la prosperidad de su propia familia,
para lograr mejores oportunidades para sus hijos el día de mañana.
De ahí que como compañera de equipo que es ella no sería justo sumarle, a la pena por no poder disfrutar de ese tiempo en casa con los niños, el enfado y los reproches, sino que, al contrario, su deber como madre y esposa es cuidar de los hijos mientras él está ausente,
y recibirle con afecto y cariño cuando llega a casa cansado del trabajo.
Ya sé que te puede sonar un poco medieval este concepto del matrimonio, pero hay que tener en cuenta que, en una sociedad como la musulmana, en la que la religión es invasiva y está presente en todos y cada uno de los momentos de la vida cotidiana, son precisamente las creencias religiosas,
muy arraigadas, las que sustentan este estatus familiar.
Según su Profeta, Mahoma, y tal y como Samira me expuso, «quien establezca una familia adecuadamente habrá cumplido con la mitad de los preceptos del Islam».
Así que toda esa generosidad y comprensión de mi amiga a su marido le venía de la fe en su Dios, al que rezaba cinco veces al día, por lo que si alguna vez flaqueaba en el compromiso adquirido al casarse, Alá se lo recordaba cada pocas horas.
«Pero ¿qué pasa si por su comportamiento te acabas desenamorando de tu marido?»
, le pregunté a continuación, a lo que mi amiga contestó que «el enamoramiento no tiene nada que ver con el matrimonio», lo cual, obviamente, me dejó pasmada.
«La atracción física o la perspectiva de un amor romántico al estilo occidental no es el objetivo que nosotros buscamos cuando nos casamos; el matrimonio es una empresa muy seria para un musulmán, y el respeto, el afecto y la confianza mutua son lazos mucho más duraderos», me explicó.
Así que, aprovechando el ambiente íntimo del spa Talise y la sensación que te da The Palm (La Palmera) de encontrarte muy lejos del tráfico ensordecedor y el bullicio de la ciudad, aproveché para preguntarle: «Pero ¿tú estás enamorada de Alí?»
, a lo que ella, con bastante rubor, me contestó que sí, pero que no lo estaba cuando sus padres le eligieron como su esposo, y que probablemente algún día esa pasión tan fuerte que ahora siente por él irá diluyéndose hasta desaparecer tal vez por completo, pero que su amor como marido,
compañero en la vida y padre de sus hijos, no tiene ninguna duda de que no solo permanecerá para siempre, sino que se acrecentará con el paso de los años hasta envejecer juntos.