Dubái, 24 de enero de 2015 #2
La conversación fue muy fluida y natural; nos contó que llevaba trabajando en Dubái casi diez años, pero que durante el verano, como hace tanto calor y casi no hay turistas, se va siempre a Paquistán a ver a su familia (me imaginé que se referiría a sus padres y hermanos, porque es muy joven,
no creo que llegue a los 30), que está muy contento aquí y que le encanta su trabajo.
Me fijé en que cada dos por tres miraba a Alejandro y a Diego por el retrovisor y les hacía mucho caso a los dos, preguntándoles si les gustaba el desierto, si habían montado en camello alguna vez, y cosas así con las que captó completamente su atención.
Ese es uno de los aspectos que más me gustaron del guía que nos había asignado la agencia: que adoraba a los niños.
De hecho, hicimos una parada a mitad de camino para ir al baño y comprar souvenirs en unos puestos que había al lado de una gasolinera, y cuando volvimos al coche les había comprado a mis hijos unos zumos y unas chucherías, detalle que me enterneció muchísimo.
Cuando por fin llegamos al desierto, primero hicimos una parada junto a los demás todoterrenos de la excursión para hacernos fotos entre las dunas con la magnífica puesta de sol al fondo.
Son unas imágenes preciosas que no dejo de mirar en mi móvil y en las que unas veces salen los niños, otras los niños y yo, mi padre conmigo, yo con Luisa y los peques…
Mohammed no solo hacía de fotógrafo con los diferentes teléfonos, sino que en un momento dado me pidió que le hiciera a él una foto con mis hijos, lo cual me halagó mucho, así que le hice varias con su propio móvil (que no me dio tiempo a cotillear).
Después nos volvimos a meter todos en los coches e hicimos el safari por el desierto propiamente dicho: subimos y bajamos a toda velocidad las enormes dunas llenando las ventanas de arena en cada derrape.
Los niños disfrutaron a tope, mi padre no paró de alabar las excelentes maniobras al volante de Mohammed, y Luisa apenas abrió la boca (luego me confesó que se había mareado bastante).
Yo me hice la valiente en todo momento, aunque Mohammed debió de intuir que no lo estaba pasando en grande, porque hubo un momento en que me preguntó si estaba bien o necesitaba que bajara un poco la velocidad, a lo cual contesté en rotundo que no,
que lo estaba pasando genial y que habíamos tenido mucha suerte de contar con el mejor conductor de toda la excursión.
Tras pasar al lado de una granja de camellos que a Alejandro y a Diego les encantó, sobre todo cuando vieron los «camellos bebé» caminando «con sus papás»,
el safari finalizó en una impresionante jaima en mitad del desierto en la que nos recibieron con un té muy dulzón y un shawarma (parecido al kebab) para merendar.
Luego no nos perdimos ninguna de las actividades que habían preparado para nosotros: montamos en camello (tengo la foto que nos hicieron montados en uno en un marco justo al lado del ordenador y me encanta verla y rememorar aquella excursión),
sostuvimos al impresionante halcón con un protector en el brazo para que no nos clavara las garras, hicimos surf bajando dunas y los niños se montaron en unos quads: Alejandro con mi padre y Diego con Mohammed, porque no le dejaban montar solo y a Luisa y a mí nos daba un poco de miedo.
Alrededor de la jaima había un montón de tenderetes en los que vendían desde trajes típicos árabes hasta lámparas, jofainas de barro, botellas de cristal llenas de arena del desierto de diferentes colores dibujando figuras de camellos, etc. Así que, como era de esperar,
mi madrastra (qué mal suena) arrasó con todo lo que había a su alcance y cada niño tiene ahora en su habitación una botella de cristal con su nombre escrito en español y en árabe de la que no se separan (Alejandro hasta quiere dormir con ella),
en recuerdo de una aventura que ambos están deseando repetir; de hecho, me suplican cada día que llame a Mohammed «para que nos vuelva a llevar al desierto».
También había una señora que hacía dibujos arabescos en las manos con henna, pero gracias a Dios mi padre no le permitió a Luisa que se lo hiciera.
Cuando el sol iba poco a poco ocultándose tras las dunas y la temperatura iba bajando (menos mal que a los niños les llevé un jersey), se abrió un magnífico bufé de comida árabe muy sabrosa y excelentemente condimentada servida por los propios chóferes (Mohammed nos sirvió a nosotros en el plato
bastante más cantidad de muslos de pollo a la brasa y brochetas de cordero que al resto de turistas) y nos sentamos sobre colchonetas tapizadas en tonos rojos alrededor de mesas bajas de madera en torno a un enorme escenario iluminado.
Mi padre sugirió comprar una botella de vino para cenar, y sorprendentemente (porque en Dubái solo tienen licencia para vender alcohol los restaurantes que están dentro de los hoteles), en el tenderete que hacía las veces de bar vendían cerveza y vino, además de ron, ginebra o whisky.
Pregunté qué tipos de vino podrían venderme y me contestaron que rojo o blanco, así que opté por el tinto, que, por cierto, no estaba mal del todo, o a lo mejor yo estaba tan feliz en ese momento que todo me parecía bien.
El espectáculo que vino a continuación fue una maravilla: un cuarteto tocando melodías árabes evocadoras de tiempos lejanos, un bailarín marroquí dando vueltas sobre sí mismo con su falda de luces,
otra chica guapísima (que me comentó Mohammed que era chechena) bailando sensualmente la danza del vientre…
, ¡hasta Luisa subió al escenario cuando pidió voluntarios entre el público para aprender a bailarla!
Entre actuación y actuación miraba por el rabillo del ojo, no podía evitarlo, a Mohammed, que charlaba con sus compañeros de trabajo, todos feísimos comparados con él, y tampoco nos quitaba ojo; de hecho, cuando Diego se subió al escenario a bailar (como siempre,
queriendo ser el centro de atención), acudió corriendo a bajarle cariñosamente, y cuando notó que yo me abrazaba por el frío se acercó a darme una pashmina que había comprado para mí en uno de los puestos, gesto que la mujer de mi padre,
que ya sabes que no se caracteriza por un sentido del humor sutil, se apresuró en calificar de «la pasión turca», mientras a mi padre se le dibujaba un extraño rictus.
En definitiva, que fue una excursión maravillosa y muy divertida: nunca nos lo habíamos pasado tan bien los niños y yo en Dubái.
Y encima Mohammed me dio su número de móvil para que la próxima vez que tuviera visitas le llamara a él directamente, sin pasar por la agencia, prometiéndome una rebaja sustancial en el precio.
Así que, como te imaginarás, he guardado su número como oro en paño y hasta lo he apuntado en un papelito que he metido en el cajón de la mesilla de noche para no perder nunca su contacto.
En el resto de los días de la visita fuimos a ver The Palm (una de las islas artificiales más grandes creadas por el hombre), que es una zona residencial de lujo que a mi padre le impresionó mucho, de compras por el Dubai Mall (Luisa dejó la Visa temblando),
nos tomamos una copa en el bar Atmosphere del hotel Armani (en el piso 123 del Burj Khalifa, con unas vistas impresionantes) y la última noche reservé una mesa en uno de los restaurantes del Zouk Madinat,
donde cenamos con el Burj Al Arab (el hotel de siete estrellas que simula una vela) completamente iluminado justo enfrente de nosotros.
Así que mi padre y su mujer volvieron a Madrid agotados pero muy contentos de haber podido compartir estos días con nosotros, y yo creo que mi padre se subió al avión mucho más tranquilo, habiendo comprobado que su hija y sus nietos estaban muy felices viviendo en Dubái,
a pesar de su opinión en contra y sus malos augurios cuando le comuniqué la decisión de irme.
Bueno, Sara, pues te lo he contado todo, como te prometí, y ahora me voy a dormir ya, que aquí son las doce de la noche y mañana me tengo que levantar a las seis para dar el desayuno a los niños, vestirlos y llevarlos al colegio.
Además, estoy muy cansada: aún no me he recuperado del todo de la visita, que ha sido un auténtico maratón para verlo todo en apenas una semana, y estoy deseando irme a la cama y soñar con aquella jaima en mitad del desierto bajo el cielo estrellado. Te quiero, cielo.
Un abrazo muy fuerte,
Lola