Dubái, 24 de enero de 2015
Querida Sara,
Estoy contenta, muy contenta. La visita de mi padre y Luisa ha sido un éxito rotundo: a ellos les ha encantado Dubái y nosotros hemos estado muy a gusto con ellos.
Además, con Alfredo todo ha vuelto a la normalidad y volvemos a estar unidos y felices, los niños han disfrutado muchísimo con su abuelito y, sobre todo con su mujer, que ya sabes que los adora,
y yo he pasado página al borrón de las pasadas navidades y vuelvo a estar ilusionada con mi vida de expatriada en Dubái lejos del agobio de la oficina.
La vida, en definitiva, me ha vuelto a sonreír y estaba deseando tener unas horas libres para poder compartirlo todo contigo, como siempre ha sido y siempre será.
Mi padre y Luisa llegaron cargados de juguetes y regalos para todos, especialmente para Diego y Alejandro, que vivieron una noche de Reyes muy emocionante en la que pusimos turrón recién traído de España para Sus Majestades de Oriente, agua para los camellos y, por supuesto, carbón:
no quería que se perdieran ni un detalle de la tradición y, al final, como mi padre insistió en que a los Reyes Magos también les gusta el vino dulce (habían traído de España una botella de Pedro Ximénez) y Luisa sugirió poner unas peladillas para que repusieran fuerzas,
la noche del 5 de enero a los pies de nuestro árbol de Navidad más que un detallito para los viajeros había todo un brunch al estilo hotel de cinco estrellas dubaití.
Esa primera noche le supliqué a mi padre que en lugar de irse al hotel se quedaran en casa, para que pudieran contemplar a la mañana siguiente la cara de alegría de los niños cuando se despertaran y bajaran a ver sus regalos, así que, aunque a mi padre noté que no le apetecía nada,
Luisa le convenció (es una pena que ella no haya sido madre, porque no sabes cómo disfruta de los niños y la mano que tiene con ellos) y pasamos una velada realmente agradable cenando los cuatro juntos y luego tomando una copa tranquila en la jaima de mi jardín.
Obviamente tenían muchas preguntas que hacernos sobre nuestra nueva vida, ya que hacía más de cuatro meses que no nos veíamos.
Mi padre sobre todo estaba interesado en el trabajo de Alfredo, por algo ambos son ingenieros, las posibilidades de promoción, su futuro profesional, etc., mientras que Luisa tenía más curiosidad por saber cómo se habían adaptado mis hijos a un nuevo colegio todo en inglés,
si yo ya tenía amigas aquí (le hablé de Céline, Alice, Samira y el grupo de españolas) y en qué ocupaba mi tiempo libre.
A ambos les sorprendió mucho que no echara para nada de menos mi vida laboral en España y que estuviera disfrutando tanto de mi papel de madre a tiempo completo.
«Bueno, eso es ahora, porque es la novedad, pero ya veremos dentro de un año cómo estás, no vas a poder aguantar sin hacer nada, te vas a acabar subiendo por las paredes, y si no, tiempo al tiempo», apuntó el cenizo de mi padre,
que siempre tiene que decir la última palabra y poner la guinda amarga encima del pastel.
El día de Reyes decidí no llevar a mis hijos al colegio (aquí los días no laborables son, obviamente, los de las fiestas musulmanas, así que Alfredo sí tuvo que ir a trabajar) para que pudieran disfrutar de sus juguetes nuevos toda la mañana.
Por la tarde, como mi padre y Luisa aún estaban cansados del viaje del día anterior nos lo tomamos de relax, así que nos pusimos todos los bañadores (sí, bañador en pleno enero, es lo bueno del clima de Dubái en invierno) y nos fuimos al beach club del hotel Westin, que es una auténtica maravilla,
con varias piscinas, barras de bar dentro del agua y un césped cuidado hasta el milímetro a diez pasos de una playa de arena fina y agua casi transparente bajo los impresionantes rascacielos de Dubai Marina: la definición exacta de lo que significa relajarse con glamur.
Ese día pudieron ver a varias mujeres musulmanas bañándose con la abaya acuática (un traje de baño en tonos fucsias y negros que las cubre desde los tobillos hasta el pelo, con un círculo alrededor de la cara), y a Luisa le hizo mucha gracia, aunque le tuve que llamar la atención un par de veces,
porque no paraba de señalarlas y reírse sin ningún disimulo, y en este país la gente es extremadamente educada y no se pueden montar numeritos en público jamás.
Mis hijos se lo pasaron fenomenal con ella bañándose en todas las piscinas, y mi padre y yo tuvimos ese momento a solas en la hamaca en el que, aprovechando que Alfredo no estaba,
volvió a repetirme que le parecía un error garrafal haber dejado mi trabajo y renunciado a una brillante carrera profesional por seguir a mi marido a este rincón del planeta, que, según él, por mucho rascacielo y mucha carretera de ocho carriles, no dejaba de formar parte del tercer mundo.
En su línea, vamos…
Esa noche ya durmieron en el hotel Kempinski del Mall of The Emirates y como por la mañana yo tenía que llevar y traer a los niños al colegio, les aconsejé que aprovecharan el día para montarse en el Big Bus, el autobús turístico,
para que se pudieran hacer una idea general de lo que es esta maravillosa ciudad futurista, comieran luego en el restaurante español Salero del hotel, si les apetecía una sopa de ajo y unas gambas al ajillo, o en el chino Dim Tai Fung, del centro comercial, si preferían optar por algo más exótico.
Por la tarde, ya con los niños, los recogí en su hotel y nos fuimos a la Ciudad Vieja, o Bur Dubai, que es la zona que más me gusta a mí, porque es la que tiene verdaderamente un sabor árabe genuino, como si estuvieras en Estambul, Fez o Túnez.
Fue una tarde inolvidable en la que lo hicimos todo: primero visitamos el Museo de Dubái, donde se recrea la vida de los camelleros nómadas, comerciantes artesanos y buscadores de perlas de principios del siglo xx hasta el boom del petróleo en los años sesenta,
las primeras obras faraónicas y la construcción a velocidad de vértigo de esta flamante ciudad cuya moderna arquitectura no tiene nada que envidiar a Chicago o Nueva York.
Después pagamos un dírham por cruzar en un barco tradicional de madera motorizado —a estos taxis de agua se les llama abras— la cala (aquí se conoce como Creek) que separa Bur Dubai de Deira, las dos zonas donde se gestó esta ciudad.
Fue entonces cuando mi hijo mayor comentó: «Aquí empezó todo», y mi padre y Luisa se morían de risa, porque a pesar de tener cinco años a veces Diego habla como un adulto de cincuenta.
Una vez allí visitamos el Zoco de las Especias, con sus callejas llenas de colores, olores y sabores, y el del Oro, donde, como era de esperar, Luisa se compró de todo («para regalar», dijo): pulseras y pendientes, una veintena de pashminas,
bolsos de marca falsos y hasta una lámpara turca preciosa que no tengo ni idea de cómo planea llevar a España sin que se le rompa.
Menos mal que por lo menos me dejó a mí hacer el regateo, que me encanta, y todo se lo saqué a bastante menos de la mitad del precio original…
La noche terminó con un relajante crucero, porque los niños se quedaron dormidos después de cenar, en un dhow, que es una embarcación de madera con vela, convertido en restaurante flotante,
donde mientras admirábamos la ciudad iluminada saboreamos un exquisito bufé árabe en el que no faltó el hummus o salsa de garbanzos, el tabulé, el cordero tierno y muy especiado…
Todo regado, por desgracia, solo con agua, té o lemon mint (zumo de limón y menta), porque si uno apuesta por una cena árabe de verdad hay que llevarla hasta sus últimas consecuencias, aunque nos pese.
Fue una tarde maravillosa, una tarde para el recuerdo que todos disfrutamos mucho, aunque a mí me dio mucha pena que Alfredo no pudiera venir.
Y para el día siguiente, y aquí viene lo mejor, como era viernes (los niños no tienen colegio los viernes ni los sábados y Alfredo tampoco trabaja), había contratado en una agencia de viajes el típico safari por el desierto que yo hasta ahora no había tenido la oportunidad de hacer.
Fue maravilloso, Sara, una experiencia absolutamente inolvidable que me ha dejado huella, incluso siendo muy consciente de que todo se trataba de un espectáculo prefabricado para turistas.
La pena fue que mi marido no pudiera acompañarnos, porque le llamaron por un problema importante que había surgido en la empresa y se tuvo que ir corriendo a la oficina a «apagar el fuego».
Pero dio igual; nos transportamos con los ojos cerrados a las mil y una noches y nos dejamos imbuir de la magia del desierto de dunas, halcones, camellos y beduinos de profundos y misteriosos ojos negros bajo la luz blanca de una espectacular noche estrellada que logró hechizarnos a todos,
o por lo menos a mí…
Poco antes de las tres de la tarde, superpuntual, llegó Mohammed, guapísimo, impecablemente vestido al estilo local (aunque es paquistaní), con su kandora almidonada y su turbante blanco sobre una tez muy morena, gruesos labios, ojos negros y cálidos, y mirada de persona afable, de buena persona.
A todos nos saludó con la mano (aquí lo de los dos besos no se lleva nada) y con los niños chocó los cinco y se los ganó en el minuto uno.
Una vez hechas las presentaciones, subimos al Toyota Landcruiser con la pegatina de la agencia de viajes (creo que se llama Arabian Adventures o algo así) que tenía siete plazas y había contratado solo para nosotros, para poder disfrutar de una excursión más privada.
En el camino yo me senté delante, al lado de Mohammed, porque no estoy acostumbrada a tener chófer y me parecía poco educado ir detrás, mientras mi padre, su mujer y mis hijos se sentaron en las dos filas posteriores.
Y a lo largo de la hora u hora y media que duró el viaje al desierto, donde nos uniríamos al resto de los coches de la expedición de aquella tarde, Mohammed nos contó en qué iba a consistir la excursión y nos hizo las típicas preguntas que se hacen siempre cuando conoces a alguien en Dubái:
de dónde eres, cuántos años llevas viviendo en este país, te gusta…