Dubái, 3 de enero de 2015
Querida Sara,
Estoy de bajón…
Esta vez no voy a contarte lo bonitos que han sido los fuegos artificiales de Dubái, que han batido un año más el récord Guinness por su duración y espectacularidad, ni lo que me ha sorprendido el ambiente navideño que se ha respirado estos días aquí, a pesar de ser un país musulmán,
con filipinos vestidos de Papá Noel ofreciendo caramelos a los niños en cada centro comercial, y en los restaurantes y hoteles magníficos árboles profusamente decorados (aquí todo es así, profuso).
No, esta vez te escribo para desahogarme, porque a pesar de todo lo que me he esforzado por que los niños vivieran unas navidades mágicas y entrañables, sus primeras navidades en Dubái, lo cierto es que me he sentido muy sola, sin ti, porque no estás, y sin Alfredo,
porque no ha hecho acto de presencia, e incluso conmigo misma, porque por primera vez he empezado a dudar de que haya sido una buena idea dejarlo todo en Madrid y venirme a este rincón del planeta.
La noche del veinticuatro fue dura, muy dura.
Había preparado (bueno, más bien encargado en el restaurante del hotel Movenpick) un fantástico pavo relleno acompañado de diferentes salsas de ciruelas, arándanos, etc.; compré manteles rojos y piñas para decorar la mesa,
puse espumillón y bolas por toda la casa y hasta colgué en cada ventana ristras de luces de colores para que los vecinos supieran que somos católicos y celebramos el Nacimiento de Jesús, por no hablar del árbol de Navidad y el belén que compré por Internet casi de tamaño real (bueno,
eso es un poco exagerado, que viviendo aquí todo se pega…)
. A los niños les compré de parte de Papá Noel unos quads para el desierto y a Alfredo un Breitling, del que no te comento el precio porque luego veo a los indios trabajando de sol a sol en la construcción y me parece inmoral gastarme esa ingente cantidad de dinero cuando esas pobres personas viven
en un régimen de casi esclavitud por un plato de arroz y unos pocos dírhams que mandar a sus familias.
Alfredo me había prometido que llegaría a las siete a cenar, pero a las ocho aún no estaba en casa, y como a las nueve el pavo ya estaba frío y los niños muertos de sueño les di la cena y los metí en la cama anunciándoles que Santa Claus, que es el nombre que oyen en el colegio,
llegaría a la mañana siguiente cargado de regalos.
Y en ese momento yo también debería haberme ido a dormir, y de hecho lo iba a hacer, te lo prometo, pero fue entonces cuando recibí un whatsapp suyo (no una llamada, no, ¡un whatsapp!)
, anunciándome que le había surgido una cena con unos clientes a la que no podía faltar y que no le esperara despierta.
¿Te lo puedes creer? Fue entonces cuando abrí el Vega Sicilia que tenía reservado para una ocasión muy especial y me lo fui bebiendo enterito, copa tras copa, mientras releía una y otra vez su mensaje y me preguntaba qué pintaba yo en este país, sin trabajo,
sin una vida propia más que la de cuidar a mis hijos, sin apenas amigos…
y la sensación de estar en un precipicio sin red se iba acrecentando a medida que el nivel del vino iba disminuyendo.
Después vinieron los gin-tonics, que no sé ni cuántos fueron…
En definitiva, y de esto ya no me acuerdo, que cuando Alfredo llegó a casa a las tantas de la madrugada me encontró tirada en el suelo, inconsciente y cubierta de vómito.
Así que ya te puedes imaginar el día de Navidad que pasé: agotada, completamente destruida física y psicológicamente, con un dolor que me estallaba la cabeza, fregando el suelo,
limpiando sábanas y avergonzada por las miradas de reproche de mi marido y por no tener fuerzas para ir al desierto con los niños a estrenar los quads, porque ante mi lamentable estado a Alfredo no le quedó más remedio que llamar a la oficina y pedir el día libre por motivos familiares.
El resto de las navidades lo he pasado con el alma entumecida, todo el día sola con los niños, que tenían tres semanas de vacaciones y por mucho que los adore me han exprimido la poca energía que me quedaba después del lamentable episodio de Nochebuena, con una pareja a la que apenas he visto,
y que en las pocas noches que no llegaba tan tarde a casa apenas me ha dirigido la palabra, ni siquiera cuando le he pedido perdón (lo he hecho muchas veces, créeme) y con una tristeza incrustada en un corazón al que le ha costado mucho latir a su ritmo habitual estos días,
como si se hubiera oxidado.
Con quien sí he pasado mucho tiempo es con algunas de las españolas de mi zona, y la verdad es que me han hecho mucha compañía.
Su cariño y su calor han logrado que me replantee completamente la imagen que tenía de ellas y que me arrepienta sinceramente del recelo que sentía hacia este grupo de compatriotas que me acogieron con los brazos abiertos cuando aterricé en Dubái.
Todas están aquí para luchar por un futuro mejor para sus hijos, porque en una España paralizada por la crisis económica las oportunidades se iban terminando hasta prácticamente desaparecer, y cada una trata de buscar su felicidad de la manera que puede: una vendiendo pulseras,
la otra esforzándose por ser la mejor ama de casa, la otra aprendiendo inglés con la idea de encontrar un trabajo algún día en este país…
Pero todas al fin y al cabo son mujeres y madres como yo y estamos hechas de la misma pasta, aunque en algún momento llegara a pensar que yo estaba en un nivel superior: qué idiota fui al creerme que la gran Lola Goizueta, azote del consejo de administración, valía más que cualquiera de ellas…
Para una en concreto, Luz, tampoco han sido unos días fáciles, más bien han sido un auténtico infierno.
Mientras en Nochebuena yo estaba emborrachándome sola en mi casa, ella estaba curioseando el móvil de su marido, que es piloto, y se había ido de línea a Nueva York olvidándose el teléfono en la mesilla de noche.
Primero supongo que fue rabia, luego tristeza, después miedo…
No quiero ni imaginarme cuánto debió de sufrir cuando se encontró en el móvil unas fotos de Borja, que así se llama el personaje, en situaciones mucho más que comprometidas con una azafata de Sri Lanka de apenas 20 años.
Y todo esto mientras sus tres hijos (2, 4 y 6 años, respectivamente) soñaban con el trineo en el que llegaría Papá Noel desde el Polo Norte hasta el desierto.
No te cuento cómo está mi amiga en estos momentos, porque te lo puedes imaginar, sobre todo cuando el tío por el que lo ha dejado todo (ella también era azafata, ella también tenía un trabajo y una familia en Madrid: una vida,
en definitiva) primero niega la relación rotundamente acusándola de estar paranoica y, después, y ante la evidencia de las fotos desnudos abrazados y sonriendo a la cámara en un selfie en una habitación de hotel de cualquier país,
le jura y perjura que solo fue una noche y que la relación ha terminado, cuando los mensajes que Luz había leído se alargaban seis meses en el tiempo y hasta le felicitaba la Navidad a su marido asegurándole que le tenía preparado un regalo muy especial a su vuelta de Nueva York.
Y ahora, la pobre Luz, aparte de estar sumida en una depresión (de la que estoy segura que saldrá, porque es una chica muy fuerte), se encuentra en un país extraño,
con tres niños pequeños que dependen absolutamente de ella y sin posibilidades de volver a trabajar en España en su profesión por la edad que tiene, porque cuando apostó por Dubái y por la carrera profesional de su marido lo hizo con todo lo que tenía,
sin llegar a imaginarse nunca que Borja podría algún día hacer trampas y jugar de farol.
Evidentemente todas nos hemos volcado en ella estos días y, sobre todo yo, le hemos aconsejado que busque un buen abogado matrimonialista y se vuelva a España cuanto antes con sus hijos, pero por el momento está en estado de shock y lo único que puede hacer es llorar y sentirse imbécil, e impotente,
y seguir llorando.
Así que nosotras hacemos lo único que podemos hacer por el momento: acompañarla, no dejarla sola ni un segundo, arroparla todas juntas como una piña…
, y te aseguro que tarde o temprano la haremos despertar y retomar las riendas de su vida.
Lo que sí he aprendido viniéndome a vivir aquí es que el tiempo y la distancia ponen las cosas, a las personas y los acontecimientos en perspectiva.
Y aquí, como ya te habrás imaginado, quería hablarte de mi padre, del que, a pesar de nuestras diferencias, estos días, quizá por mi tristeza, o porque era Navidad,
me he sentido más cerca de lo que me había sentido en muchos años a través de largas conversaciones telefónicas en las que sin decirle nada ha percibido perfectamente mi nostalgia.
Así que, con la excusa de darle los regalos de los Reyes Magos a Diego y Alejandro, ha comprado dos billetes (también viene su mujer) para venir a Dubái la próxima semana.
No es que me apetezca mucho que vengan, la verdad, porque, y eso lo sabes tú mejor que nadie, nunca hemos tenido una relación fácil; pero por otra parte me alegro de que mis hijos vean a su abuelito y en el fondo de mi corazón espero que, como solo van a estar aquí unos días,
podamos simplemente pasarlo bien todos juntos, sin entrar en temas más ásperos o profundos.
Por mi parte ya estoy organizando actividades para los cinco días que él y Luisa van a estar aquí: subida al Burj Khalifa, visita a la Ciudad Vieja, compras en el Dubai Mall, cena en el Zouk Madinat, safari por el desierto…
Lo típico que hace cualquiera que vive aquí cuando vienen familiares o amigos de visita.
Así que en mi próxima carta prometo contarte con pelos y señales qué tal fue todo con mi padre, preciosa. Mientras tanto cruza los dedos y deséame suerte.
Y nunca olvides que te quiero. Y te he echado de menos estos días más que nunca.
No sabes lo que habría dado por haber podido coger el teléfono y charlar contigo: seguro que no me habrías dejado ni deprimirme ni emborracharme; habrías cuidado de mí como lo has hecho siempre…
Pero no te preocupes demasiado, que ya sabes que cuando me propongo algo lo consigo sea como sea; solo he tenido un pequeño bache sin importancia, pero como me he propuesto ser feliz en Dubái cueste lo que cueste lo voy a ser, y seguro que las próximas navidades son mucho mejores que estas,
¡ya verás cómo lo son!
Un beso muy grande,
Lola
PS. También he echado de menos unas navidades blancas, con nieve y mucho frío, ver el color verde de los árboles y el cielo encapotado, y aspirar el aroma de un prado después de la lluvia.
En este país apenas llueve una docena de días al año, y cuando lo hace, como no está preparado para ello y ni siquiera tienen un sistema de alcantarillado, las carreteras se inundan y todo se llena de barro.
Me gusta el desierto, sí me gusta, pero el paisaje es siempre igual, siempre plano y monocolor, sin ríos ni montañas, excepto las que forman las dunas.
Las navidades tienen que ser blancas para ser unas verdaderas navidades.
PS2. En fin, supongo que me acabaré acostumbrando también a no poder comerme unos huevos fritos con una buena morcilla de Burgos en un mesón de alguna bocacalle estrecha y empedrada de las que circundan la Plaza Mayor, y a no poder ponerme bufanda y gorro en invierno,
y a no ver la televisión en mi idioma, y a las cañas de los compañeros de la oficina los viernes por la tarde, y al pincho de morro y oreja a la hora del aperitivo, y a poder gritar cuando me apetezca y perder las formas de cuando en cuando…
Porque vivo en Dubái, sí, pero soy española, y amo a mi país.