Dubái, 11 de diciembre de 2014
Querida Sara,
La vida es como una partida de parchís en la que Dios, o el azar, o como lo quieras llamar, a algunos nos ha puesto directamente en la casilla de salida y con todo a favor para comernos una y contar veinte mientras que a otros, por desgracia la gran mayoría,
ni siquiera se les da la oportunidad de salir al tablero a jugar, porque les han tocado las fichas del color equivocado o porque a su dado a alguien se le ha olvidado pintarle el cinco.
Tú y yo hemos tenido muchas conversaciones sobre lo cruel que puede llegar a ser la realidad para las tres cuartas partes de la población y lo sencillo que resulta para el resto, sin que haya ningún mérito de por medio más que el de haber tenido la suerte de nacer en un determinado país,
en una determinada época de la historia o con un determinado color de piel.
Recuerdo nuestras lágrimas el Día del Domund en el colegio de monjas de Valladolid, donde desde el primer día nos sentamos juntas jurándonos no separarnos jamás (y así habría sido si de nosotras hubiera dependido, de eso estoy segura),
cuando nos llevaban a la sala de cine y nos ponían esas películas de niños negros con las tripas hinchadas y los ojos llenos de moscas.
Después nos daban una hucha a cada una con la pegatina de la cruz en la que inmediatamente echábamos nuestros pequeños ahorros de todo el año, y salíamos corriendo a la calle a pedir «un donativo para los niños de África, que se están muriendo de hambre».
Cuando les devolvíamos a las monjas las huchas llenas a rebosar nos poníamos muy contentas creyendo realmente, o eso nos hacían creer, que los niños pobres ya no pasarían más hambre: entonces y solo entonces nos permitíamos secar nuestras lágrimas y olvidarnos del tema…
hasta el Domund del año siguiente.
En Dubái he vuelto a pensar en aquellos días de camisas blancas y faldas plisadas azul marino cada vez que Joan me cuenta cómo viven muchas de sus amigas, o incluso ella misma antes de venirse a vivir con nosotros, trabajando a destajo seis días a la semana,
muchas veces durmiendo apenas cuatro o cinco horas al día, limpiando, planchando, cocinando y criando a los hijos de otras mientras los suyos están a miles de kilómetros cuidados por familiares o amigos.
Y todo eso a cambio de un sueldo mínimo en el que no hay sitio para la esperanza de un futuro mejor.
Ayer tuve mi primera gran bronca con Elvira, una de las españolas de mi grupo.
Me había prometido a mí misma que en cuanto pusiera un pie en este país me iba a morder la lengua y contar hasta diez antes de hablar, que es lo que me aconsejaban las religiosas que hiciera tras levantarme los más que frecuentes castigos que me imponían por soberbia e impertinente,
cada vez que cuestionaba todo lo que nos hacían aprender de memoria sin permitirnos un mínimo resquicio para la duda.
Pero no me arrepiento de ello, Sara, porque hay momentos en esta injusta vida en los que hay que saber dar un puñetazo en la mesa, sobre todo ante los que no solo se conforman con comerse una y contar veinte, sino que además se permiten el lujo de pensar que de algún modo se lo merecen,
que tienen todo el derecho de hacerlo.
Cuando sonó el timbre de mi puerta y al abrirla me encontré con Elvira y Paola, que es una amiga suya italiana, diciendo que querían hablar conmigo de algo importante, supe que viniendo de ellas no podía ser nada bueno,
porque ya me había dado cuenta de que se habían autoproclamado las padrinas de la mafia española de mi urbanización con derecho a poner en tela de juicio constantemente el comportamiento del resto, por supuesto siempre a sus espaldas.
Las invité a un café de mala gana y empezaron preguntándome si estaba contenta con mi empleada doméstica, si los niños la querían, si sabía cocinar, si limpiaba bien la casa…
—Estoy feliz con Joan, pero ¿esto a qué viene? —les pregunté instándolas a ir directamente al grano, porque estoy enganchadísima a la última novela que me estoy leyendo, La sonata del silencio, y no me apetecía seguir perdiendo el tiempo con estupideces.
—Pues mira, Lola, es que nos hemos enterado de que Joan va diciendo en los columpios a las demás chicas que gana tres mil dírhams al mes, que es el doble de lo que ganan las nuestras; y que además del viernes, que es el día libre que tienen todas las filipinas,
le has dado también el sábado —contestó Elvira—.
Imagino que será mentira, pero hemos preferido preguntártelo directamente.
—Pues mira por dónde es verdad, ¿tenéis algún problema con lo que pago yo a la persona que se ocupa de mis hijos? —inquirí indignada.
—Pues la verdad es que sí, porque estás rompiendo los precios del mercado de las maids, y si tú abres la veda pagando el doble, las nuestras nos van a pedir lo mismo tarde o temprano, así que te pedimos, y en esto creo que hablo en nombre de todo el grupo,
que reconsideres el sueldo que le pagas y los días libres que le das, por el bien de todas.
Ya me conoces, Sara, y te puedes imaginar cómo me puse cuando escuché esas palabras y las barbaridades con las que las invité a salir por la puerta con cajas destempladas y diciéndoles que esa era la última vez que se atrevían a opinar sobre lo que ocurría en mi casa y en mi familia,
porque yo a Joan la considero parte de mi familia, y eso se lo dejé meridianamente claro.
—Entonces no te quejes cuando le prohibamos a nuestras maids que traigan a nuestros hijos a jugar a tu casa, o cuando hagas una fiesta de cumpleaños y no vengamos ninguna —apuntilló Elvira cruzando ya el umbral.
—Por mí podéis hacer lo que os dé la gana. ¡Hala, hasta luego, que tengo muchas cosas que hacer! —les grité dando un portazo.
Cuando me senté en el sofá no pude evitar soltar una carcajada, porque la situación que acababa de vivir era absolutamente surrealista, por no decir dantesca si profundizaba un poco en ella.
«Pero ¿de qué clase de gentuza estoy rodeada, Dios mío?»
, pensé mientras me abría una botella de Corona helada y le ponía una raja de limón.
Ay, Sara, mi niña, ¿por qué no estás conmigo? ¿Es que no ves cuánto te necesito?
Lola