Cartas desde Dubái Dubái, 6 de diciembre de 2014 #2
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Dubái, 6 de diciembre de 2014 #2

religiones y culturas (tan solo la quinta parte de la población de UAE es local; el resto es mano de obra, bien manual o bien altamente cualificada, que importan, como Alfredo).

Y ya entrados en materia, me atreví a hacerles la pregunta del millón: cómo habían conocido y se habían enamorado de sus maridos tapadas hasta los pies.

Pues bien, aunque te parezca una práctica absolutamente medieval, lo cierto es que aquí siguen practicándose los matrimonios concertados, generalmente entre primos y demás familiares (hermanos, hijos y padres no, por supuesto).

Samira se casó con un primo segundo suyo, y las demás, o bien con primos o tíos lejanos, o con hijos de las personas que componían el círculo de amistades de sus padres.

Increíble, ¿verdad? Está claro que sin conocerme de nada y siendo extranjera todas me aseguraron que eran muy felices en sus respectivos matrimonios (los trapos sucios se lavan en casa y muchísimo más en esta cultura),

a pesar de que Emiratos es de los pocos países árabes en los que el divorcio está permitido por ley incluso a petición de la mujer (en casi todos los demás países el cónyuge masculino es el único que puede solicitarlo, y muchas veces por las razones más absurdas).

Pero para que comprendas perfectamente cómo funciona esto aquí, te voy a poner el ejemplo de Mohammed y Maira, los dos hijos mayores de Samira.

De Mohammed me contó muy orgullosa que es un chico muy cariñoso e inteligente que está estudiando no sé qué carrera de negocios en Londres (como este país estuvo bajo dominación británica muchos años, los emiratíes adoran todo lo anglosajón y viajar a Londres para ellos es lo más de lo más).

Sin embargo, y voy al grano, lo sorprendente fue que me comentó que había estado «embobado» durante un tiempo con la hija de un primo de su marido, pero que, «con la ayuda de Alá»,

le había hecho ver que esa chica no era buena para él (al parecer porque no le gustaba asistir a las multitudinarias reuniones familiares que organizan los árabes cada dos por tres) y fue la propia Samira la que le buscó otra prima mucho más adecuada con la que se iba a casar dentro de un año y a

la que su hijo conoció en la pedida de mano, momento en el que comprobó que se trataba de una chica muy guapa y que su madre había hecho una muy buena elección para él.

Así como te lo cuento, Sara, completamente alucinante, pero cierto…

Al parecer, ahora Mohammed está contentísimo deseando que llegue el día de su boda y mientras tanto le escribe poemas de amor (los árabes adoran la poesía,

de hecho el jeque de Dubái actual está considerado un gran poeta) y le regala pulseras de Cartier llenas de brillantes que le entrega a través de su hermana Maira, que además de prima también es muy amiga de su prometida, porque a ella no la ha vuelto a ver ni la verá hasta el día de la boda:

no estaría bien visto.

Y en cuanto a Maira, aunque aún está en el colegio, no está previsto que se marche a estudiar a Inglaterra, sino que lo hará en una de las universidades privadas de aquí y, según mi amiga, a ella los negocios no le interesan nada, lo que le gusta es el diseño de interiores.

No hay boda a la vista en el caso de Maira, pero Samira está segura de que, al ser una chica bellísima (viendo a su madre no me cabe la menor duda), no le faltarán pretendientes entre los socios de su marido en sus múltiples y variados negocios (desde la construcción de urbanizaciones, puentes,

carreteras y centros comerciales hasta temas, de los que Samira o no estaba muy enterada o no me supo explicar bien, relacionados con el gas y el aluminio).

Ellas también me preguntaron cómo había conocido yo a Alfredo, pero no me pareció bien contarles que en un bar de copas a las tantas de la madrugada y los dos borrachos como cubas, más que nada por si no me volvían a invitar a tomar el té, así que simplemente les dije que teníamos amigos en común,

sin entrar en más detalles.

También aproveché para preguntarles sobre la religión, y, para que te hagas una idea, me parecieron todas lo que para el catolicismo serían los miembros del Opus Dei o de los Legionarios de Cristo: todas son muy piadosas y practican la oración cinco veces al día,

respetan el ayuno y la caridad en Ramadán, y dicen mucho el inshallah o «si Dios quiere» musulmán.

Pero es que además disfrutaban de verdad hablando de sus creencias conmigo, se las notaba apasionadas cuando me contestaban a la multitud de dudas que yo tenía acerca de la doctrina del Corán o del significado de las fiestas musulmanas en las que mis hijos no van al colegio:

el EID o la fiesta del sacrificio, el nacimiento del Profeta, etc. Yo les hablé de la Navidad, que es mi fiesta religiosa preferida, e hice hincapié en que los tres Reyes Magos vinieron de Oriente cruzando el desierto montados en camellos,

pero en este caso sí fui sincera y les confesé que en Dubái (lo mismo que en España) a pesar de existir un par de iglesias católicas e incluso una en la que dos días a la semana se celebra la misa en español,

no practicaba ningún precepto más allá del de «amarás al prójimo como a ti mismo» (un poco según me convenga), y dudaba mucho de que algún día mis hijos fueran a hacer la Primera Comunión, aunque habían sido bautizados por aquello de quedar bien con la familia.

La tarde en casa de Samira se alargó casi cinco horas en las que disfruté muchísimo y me sentí muy a gusto, aunque cuando salí de aquella mansión de suelos y escaleras de mármol, lámparas de cristal y altísimos techos eché mucho de menos la roña y los adoquines gastados de las calles de La Latina,

el suelo lleno de palillos y servilletas sucias del bar Los Caracoles o al camarero de El Brillante gritando ¡Dos bocadillos de calamareees!)

. En Dubái todo es tan nuevo y tan lujoso e impecable que se añora muchísimo la Vieja Europa.

Precisamente en mi próximo correo tenía pensado contarte qué es lo que más y lo que menos me gusta de Dubái (del país en general), porque en ambos casos es lo mismo: las personas.

Adoro la mezcla de población de este lugar, un poco al estilo de Nueva York, aunque con bastante más barniz tercermundista y con un tono bastante más oscuro; pero, por otra parte, no puedo soportar las diferencias sociales tan brutales que hay aquí,

y me duele en el alma cuando veo cómo viven algunas personas (y ahí me incluyo) a costa de la gran mayoría.

Pero como ese tema da para hablar largo y tendido, lo dejamos para otro día, que ahora me tengo que ir a buscar a los niños al colegio, porque acabo de escuchar en la radio que ha habido un accidente de tráfico monumental en la Sheikh Zayed Road (la principal arteria que recorre la ciudad de norte

a sur, con ocho carriles en cada sentido, impresionante, con un tráfico espantoso en las horas punta y una conducción temeraria), así que seguro que tardo dos horas como mínimo en llegar a recoger a mis enanos.

Te quiero, amiga, vaya donde vaya siempre estarás conmigo.

¡Muuuack!

Lola