Cartas desde Dubái Dubái, 6 de diciembre de 2014
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Dubái, 6 de diciembre de 2014

Querida Sara,

Sigo muy contenta, sigo muy feliz, pero me sigues faltando tú; sin ti mi felicidad nunca podrá ser completa.

La principal novedad desde mi última carta es que estos días se ha celebrado el cuarenta y tres aniversario de la fundación de la Federación de los Emiratos Árabes Unidos, que son siete, aunque a ti solo te sonarán Abu Dhabi, la capital y sede del Gobierno del presidente,

su alteza el jeque Jalifa bin Zayed Al Nahayan, y Dubái, el Emirato más poblado y con mayor proyección internacional, gobernado por el jeque Mohammed bin Rashid Al Maktoum, que también es el vicepresidente de UAE.

El 2 de diciembre de 1971 los siete emiratos firmaron su primera Constitución y desde ese día cada año se conmemora la fiesta nacional con muchísimo orgullo,

ya que los emiratíes y la mayoría de los que vivimos aquí estamos impresionados por los objetivos tan ambiciosos que ha logrado este país en tan poco tiempo.

La celebración es por todo lo alto, con banderas gigantes en todos los lugares públicos y en los coches de los locales, fotos de los emires en todas las tiendas, globos con los colores del país en cualquier rincón y, en definitiva,

muchas ganas de fiesta por la calle y los centros comerciales a tope de gente.

Por cierto, que mi amiga Samira me contó el otro día en el colegio el significado de los cuatro colores de la bandera de UAE (United Arab Emirates): el negro es el petróleo, el rojo la unidad, el blanco la neutralidad y el verde la fertilidad,

aunque también simboliza el color del Islam (la tradición cuenta que Mahoma llevaba un manto verde y por eso la mayoría de los países de religión musulmana incluyen este color en sus banderas).

Nosotros, después de disfrutar con los niños de la fiesta nacional —hasta les puse una kandora a cada uno, que es el traje tradicional de los hombres aquí: una sábana blanca almidonada hasta los pies a juego con el turbante en la cabeza, ¡iban los dos monísimos!

—, aprovechamos que Alfredo tenía un par de días libres en la empresa para hacer una escapada romántica solos (Diego y Alejandro se quedaron con su nanny Joan en casa) a uno de los hoteles más evocadores en los que he estado jamás: el Bab Al Shams, un auténtico oasis en mitad del desierto.

Está a una hora y media en coche de nuestra casa y lo han construido imitando las antiguas fortalezas árabes; absolutamente precioso, con frondosos jardines,

fuentes y caminos de piedra y una decoración de estilo rústico con un gusto exquisito (al contrario que los demás hoteles modernos y ostentosos de Dubái, que te dejan fría con tanto mármol).

Tomarnos una copa al atardecer en su piscina de bordes infinitos contemplando las dunas, o disfrutar de la música árabe en vivo en el restaurante al anochecer ha sido un auténtico regalo de Dios, se llame Alá, Jesús o Buda, me da igual,

pero te juro que esta maravilla de hotel hace que recuperes la fe.

En cuanto a la noche que pasamos en ese pedazo de cama con dosel…

, mejor no entro en detalles, porque se me ponen los pelos de punta…

; fue como si los dos volviéramos a tener veinte años.

El resto del tiempo lo he pasado sin grandes cambios: mucha lectura, niños y playa.

He empezado a hacer más planes con el grupo de españolas de mi zona, al que ya he dividido mentalmente en dos claramente diferenciados: el de las que consideran que su paso por Dubái es coyuntural y se pasan el día suspirando por volver a España, y el de las que no tienen un pie en cada lado,

sino que asumen que su vida ahora está en este país y tratan de aprovecharla de la mejor manera.

Dentro de este último hay muchas chicas que realmente merecen la pena, si las coges por separado, claro, y la verdad es que cada vez me gustan más.

Hay una de Barcelona, Sonia, con la que me llevo especialmente bien.

Acaba de montar un pequeño negocio de pulseras tipo Hipanema falsas, que su hermano, que vive en Shanghái, le envía todos los meses por Federal Express; ella las vende aquí a través de una página que se ha hecho en Facebook, y organizando desayunos y catas de vinos españoles en su casa.

El problema es que, como apenas habla inglés, sus clientas se circunscriben únicamente a las comunidades española e hispanoamericana de Dubái.

También me llevo fenomenal con una burgalesa, María, buenísima persona y una fanática del yoga en todas sus vertientes.

Y hasta hay una médico en el grupo: se llama Valentina y es una tía muy válida y educada.

Ahora está intentando que la autoricen a ejercer aquí su profesión y para ello tiene que convalidar su título español aprobando unas pruebas bastante complicadas en las que, además, necesita tener un buen nivel de inglés (del que por ahora carece),

así que se ha apuntado todas las mañanas a un curso intensivo en la Escuela Eton, una de las que más fama tienen aquí.

Su objetivo es presentarse al examen en seis meses: ojalá que consiga sacarlo, porque como en UAE no hay Seguridad Social (no sabemos la suerte que tenemos en España), la medicina es carísima y los profesionales sanitarios están supersolicitados.

En cuanto a Céline y Alice, sigo cultivando nuestra amistad, cada día más agradecida por haberlas encontrado en mi camino, especialmente ahora que no te tengo a ti…

Con ellas es con quienes de verdad me relajo y disfruto, y con quienes me desahogo cuando Alfredo me llama para avisarme de que no le espere despierta porque se quedará trabajando en la oficina hasta tarde una noche más.

El viernes pasado Peter y Alice compraron un cerdo de quince kilos y lo cocinaron en su jardín con todos sus amigos.

Lo pasamos genial y te juro que esa carne, cocinada a fuego lento toda la mañana, estaba más jugosa que la del cochinillo de Cándido.

Con Alice te partes de risa: decía que el próximo cerdo que compren lo van a asar en Ramadán para que el olor penetre en las casas de sus vecinos, muchos de ellos musulmanes.

Espero que sea una broma, que aquí puedes pasar de tener una vida de ensueño a convertirla en una auténtica pesadilla si traspasas unas determinadas líneas: te recuerdo que por muy abierto y tolerante que sea o pretenda ser este país, aquí rige la sharia, la ley sagrada del Islam,

y aunque su aplicación es muchísimo más relajada que en nuestros países vecinos, Arabia Saudita, Yemen o Irán, y en muchos casos hacen la vista gorda para proteger al sector turístico, principal fuente de ingresos de Dubái,

lo cierto es que en lo esencial se aplica y hay que tener mucho cuidado con determinadas actitudes, sobre todo si son públicas.

Al final, de lo que se trata es de tener un poco de sensatez y respeto a las costumbres del país que te ha acogido si no quieres acabar viviendo un infierno, pero te aseguro que puedes llevar una vida tan normal como la que se lleva en España si tienes en cuenta tres o cuatro reglas fundamentales:

no beber alcohol si conduces, no llamar la atención en tu manera de vestir o comportarte cuando no estás en tu casa o en casa de algún amigo, mantener la educación en todo momento y huir de cualquier tipo de confrontación, especialmente si se trata de locales,

que no hay que olvidar en ningún momento (y ellos te aseguro que no lo hacen) que este es su país.

Pero como lo prometido es deuda, paso a contarte cómo fue aquella tarde en casa de Samira tomando el té con sus amigas, absolutamente encantadoras, en su jardín colosal con unas vistas impresionantes al campo de golf mientras los niños chapoteaban en una de sus piscinas (que tenía de todo,

por cierto: tobogán, cascada, jacuzzi…) .

Lo primero que me preguntó Samira después de presentarme a las demás chicas —que eran todas emiratíes menos una libanesa y una siria— como «mi amiga española Lola» (me hizo mucha ilusión el calificativo) fue cómo me imaginaba yo que iba a ser su aspecto sin la abaya y el niqab.

Le contesté que me la imaginaba guapa pero no tanto, porque es verdad que tiene una belleza de esas morenas rotundas: pelo larguísimo negro, muy cuidado y brillante, boca de labios carnosos, nariz nada exagerada…

Enseguida me di cuenta de que las mujeres musulmanas, por lo menos las de este país, en contra de lo que yo pensaba, se ocupan muchísimo de su aspecto, ya que, como la mayoría no trabaja y les salen los millones por las orejas, pasan gran parte de su tiempo en salones de belleza, spas,

clínicas de adelgazamiento…

(de hecho, yo creo que esa nariz tan mona de Samira, tan poco árabe, tiene la firma de algún buen cirujano plástico).

Casi todas ellas eran realmente guapas, con los dientes blanco nuclear, las pestañas interminables, las cejas perfectamente depiladas (aunque algunas se las depilan rectangularmente, lo que a mí no me gusta nada)…

, y las que ya tenían hijos eran tirando a rellenitas, alguna directamente gorda, con mucho pecho y curvas en general muy generosas.

Sin embargo, Samira, a pesar de tener cuatro hijos más que yo y solo un par de años menos, porque Emiratos es un país con una tasa de natalidad alta, sobre todo si la comparas con la española, donde los matrimonios se celebran a una edad temprana, tenía un tipazo que ya quisiera yo para mí.

Como me lo pusieron en bandeja, inmediatamente les pregunté que para qué cuidarse y arreglarse tanto si nadie las podía ver debajo de tanta tela opaca, a lo que unas me contestaron que se cuidaban para sí mismas,

otras para sus maridos e incluso hubo una que me confesó (y a esta la intuí más sincera que las demás) que para lucirse ante sus amigas.

En cuanto a mi manera de vestir (mucho pantalón corto y mucha camiseta aquí en Dubái, que durante la mitad del año hace un calor extremo), ellas me comentaron que les parecía bien que las occidentales vistiéramos como quisiéramos siempre que respetáramos el dress code de cada lugar (en los centros

comerciales y demás lugares públicos los hombros deben ir tapados, y tampoco es aconsejable enseñar las rodillas), lo cual demuestra una vez más que los emiratíes son gente tolerante y muy educada que está acostumbrada a vivir rodeada de personas de otras nacionalidades, etnias,