Dubái, 15 de noviembre de 2014 #2
Pues resulta que en este país todos los coches tienen cinco números en su matrícula, excepto los de la familia real, que solo tienen uno, y los que se lo puedan permitir pueden pagar desde 300 o 400 euros (en el caso de los que pidan una matrícula con cuatro números) hasta cantidades astronómicas
(unos 300.000 euros como mínimo, pero pueden llegar hasta un millón o incluso más) para los que quieran pagar por una matrícula como la del Bentley de Samira, que únicamente tiene dos números.
Y me dirás: ¿y para qué pagar 300.000 euros para conseguir una matrícula de solo dos números?
, y la respuesta está en algo intrínsecamente relacionado con la idiosincrasia de esta cultura: a los árabes les gusta fardar.
No se conforman con ser ricos, multimillonarios en muchos casos (aquí los Ferraris están a la orden del día) gracias al petróleo entre otros muchos negocios, sino que necesitan que los demás lo sepan:
es la única explicación que encuentro para justificar gastarte lo que te costaría un piso en Madrid en comprar una matrícula que tenga tres números menos que las demás.
En cualquier caso, lo importante aquí es que te cuente cómo fue esa tarde en casa de Samira, y, la verdad, no sé cómo empezar, porque desde el principio me resultó una experiencia tan extraña, chocante y gratificante a la vez…
Lo primero que hice fue elegir cuidadosamente mi atuendo para la cita y, aunque se trataba simplemente de tomar el té a primera hora de la tarde y de que los niños se divirtieran juntos en la piscina, traté de buscar en mi ropero las prendas que me situaran a la altura de las circunstancias.
Así que después de darle muchas vueltas y probarme y quitarme casi todo el armario, acabé escogiendo un elegante vestido hasta los pies muy sobrio y recatado, conjuntándolo con una chaquetita de punto de manga larga para cubrir los brazos y el escote de la espalda.
Y, así, vestida medio de monja medio de reina madre, y con los niños en bañador, camiseta y crocks, conduje mi humilde Mitsubishi Pajero hacia el impresionante distrito de Emirates Hills (imagino que no se te habrá pasado por alto la similitud del nombre con el famoso barrio de la ciudad de Los
Ángeles), jalonado por las mansiones más grandiosas que te puedas imaginar, campos de golf (te recuerdo que aquí no llueve más de una decena de días al año) y personal y medidas de seguridad por doquier; un barrio, en definitiva, apabullante.
En cuanto llegamos a la calle y el número que mi amiga me había indicado, lo primero que Diego exclamó fue: «¡Leila es una princesa y vive en un palacio!»
, y es que, efectivamente, así podría considerarse esa inmensa casa de dos mil doscientos metros cuadrados con no sé cuántos más de superficie verde y arbolada, dos piscinas, tres cocinas, ascensor (tiene cuatro pisos), gimnasio al que no le faltaba de nada…
e incluso una sala de cine que ya quisiera para sí el Alphaville de Martín de los Heros, aunque, eso sí, decorada de tal manera que más parecía un hotel que un hogar, con techos altísimos, suelos de mármol, sofás con tapizados imposibles, maravillosas alfombras persas,
lámparas de araña descomunales y sobrecargados tapices colgados de las paredes sobre un empapelado que solo sabría calificar de profuso, porque no se me ocurre otro calificativo mejor…
En fin, algo completamente alejado del gusto occidental, pero que no tengo duda de que a Samira le habrá costado una pasta gansa.
Me recibió ella misma en la puerta y casi me caigo del susto cuando la veo con unos leggins de ciclista ajustados y camiseta Nike de tirantes escotadísima, con unas hawaianas negras para completar el conjunto.
Me quedé absolutamente de piedra y empecé a sudar bajo mi disfraz de «tú no eres muy normal que digamos».
En cuanto llegué al fastuoso jardín de pérgolas y piscinas de agua cristalina con la temperatura del agua controlada sobre el verde infinito de los campos de golf,
comprobé que todas sus amigas también parecía que venían directamente del gimnasio y me asombré ante el impresionante bufé que habían preparado los ocho empleados «fijos, porque para la limpieza gorda contrato eventuales» con el que comerían varias familias durante todo un mes,
al tiempo que se me subían los colores al recordar que le había enviado hacía un par de horas a Samira un whatsapp para preguntarle si necesitaba algo
«algún zumito» o si quería «que parara en la gasolinera para comprar unos dónuts para los niños».
Dios mío, qué vergüenza la mía y qué educación tan exquisita la de ella, que inmediatamente me contestó que muchísimas gracias, pero que no hacía falta, aunque le parecía un detalle muy cariñoso por mi parte.
Pero ese fue únicamente el shock inicial, porque luego pasé una tarde deliciosa con unas mujeres exactamente iguales a cualquiera de nosotras a pesar de sus abayas, sus niqabs y sus Bentleys con matrícula de dos números.
Unas personas que se desvivieron por hacerme sentir una más a pesar de mi atuendo fuera de lugar y mi «popular Pajero» (que así es como califican en este país a mi modelo de coche en los anuncios publicitarios de radio Dubai 92) aparcado en la puerta,
haciendo gala de la legendaria hospitalidad árabe.
Unas mujeres con unas vidas completamente distintas a las nuestras en casi todo, menos en lo esencial, porque tienen los mismos sentimientos, anhelos e inseguridades que tú y que yo, y disfrutan de las mismas cosas que cualquier mujer de cualquier país del mundo.
Unas personas sumamente auténticas y coherentes con sus costumbres y su religión en su manera de comportarse en la vida a los que nunca podré estar lo suficientemente agradecida por todas las cosas que me enseñaron en aquella tarde inolvidable para mí.
Pero, como diría Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión, así que la dejo para mi próxima carta, que llego tarde a mis clases de árabe y no me quiero perder ni un minuto: estoy entusiasmada aprendiéndolo,
porque aunque aquí todos hablan inglés y el árabe no sea necesario ni para la vida cotidiana ni para el mundo laboral, me hace ilusión volver al colegio y tomar apuntes, y hacer preguntas, y deberes…
Además, no sabes lo bonito (y complicado) que es este idioma en el que cada letra es una auténtica obra de arte.
Te quiero, amiga, y ni te imaginas cuánto te echo de menos.
Lola