Cartas desde Dubái Dubái, 15 de noviembre de 2014
3%

Dubái, 15 de noviembre de 2014

Querida Sara,

No me acabo de acostumbrar a tener que escribirte en lugar de llamarte por teléfono, o tomar un vuelo de Emirates a Madrid para poder hablar contigo, pero aquí estoy otra vez, tal y como te prometí, contándote todo lo que me pasa, explicándote cada detalle de mi nueva vida de expatriada,

porque necesito hacerlo, porque nada es lo mismo si no lo puedo compartir contigo, como siempre ha sido y siempre será.

Me alegra contarte que aquí todo sigue igual, o incluso mejor, y hasta me da miedo y me siento culpable por ser tan feliz, por estar tan serena, por no tener que mirar el reloj cada cinco minutos agobiada por no llegar a tiempo al dead line de un informe;

por poder disfrutar de la música de las olas rompiendo en la playa cada mañana mientras leo una buena novela sobre la arena con mi sudadera de GAP a primera hora y en biquini después (porque en esta época del año el clima en Dubái es maravilloso);

por aplaudir a rabiar a Diego cuando mete un gol o animar a Alejandro en sus clases de natación; por esperar a mi maridito cada noche e interesarme de verdad por cómo ha ido su día en la oficina sin sacar a pasear la retahíla de quejas y frustraciones del mío…

De verdad, Sara, no echo nada de menos de mi vida anterior (salvo a la familia y los amigos, por supuesto), y cuando pienso que tantos años de intenso trabajo solo me han servido para comprar media casa y un coche siento que he tirado a la basura 15 preciosos años que ya nunca voy a poder recuperar,

en los que ni en vacaciones me permitía darme un respiro porque mi sentido de la responsabilidad me lo ha quitado todo y apenas me ha dado nada, o al menos nada que realmente merezca la pena.

La otra noche Alfredo me llevó a cenar a un restaurante indio increíble que está en el hotel Armani del Burj Khalifa (el edificio más alto del mundo) y no recuerdo una cena tan romántica en siglos.

Nos sentamos en una mesa en la terraza y, tranquilamente y sin prisas, fuimos saboreando cada plato del exquisito menú degustación de cordero y especias acompañado por un Burdeos sublime mientras contemplábamos el espectáculo de las fuentes danzantes del Dubai Mall (el centro comercial buque

insignia de aquí), que cada media hora emergen del lago artificial a alturas colosales, y bailan al son de la música y las luces escoltadas por los modernísimos rascacielos.

Sin embargo, no fueron los deliciosos platos picantes ni el exotismo de la música árabe mezclada con el estruendo del agua de las fuentes, ni siquiera la amabilidad abrumadora de los camareros de piel aceituna de ese restaurante de auténtico lujo, ni todo eso junto…

Lo que de verdad fue romántico fue hablar y hablar con Alfredo de este nuevo proyecto de vida juntos, comprobar que su éxito profesional lo consideraba un logro compartido, sentirnos los dos en uno solo, babear comentando anécdotas de nuestros hijos…

y casi tener que pellizcarnos para comprobar que todo esto no es un sueño.

Son los momentos de la vida en los que deseas que el reloj se pare para siempre, las fotografías que enmarcaría para llevarme a la tumba y poder decir que mereció la pena vivir.

No quiero ponerme empalagosa, pero jamás había estado tan unida a mi marido (o quizá sí, pero entre la vorágine laboral y la familiar con los niños tan bebés se me ha olvidado).

Él sigue creyendo que yo he hecho un enorme sacrificio dando puerta a mi carrera y mi futuro laboral, y yo no lo desmiento del todo porque en el fondo soy una egoísta, pero a ti puedo confesarte que para nada es así, que después de tantos años de trabajar tan duro ya no tenía fuerzas para seguir,

así que esta oportunidad profesional que le ha surgido en Dubái ha supuesto para mí, nunca mejor dicho, encontrar un oasis después de días y noches vagando en el desierto: ojalá no sea un espejismo…

También es cierto que apenas pasamos tiempo juntos, porque su profesión y sus viajes le absorben, y raro es el fin de semana (aquí son los viernes y los sábados) que nos puede dedicar enteramente a mí y a los niños.

Pero no me siento en absoluto sola, todo lo contrario, me siento llena, plena, completa.

Y esos viernes que podemos pasar los cuatro juntos en la playa, o en el beach club de alguno de los muchos hoteles de cinco estrellas, o en la Ciudad Vieja (mi parte favorita de Dubái, tan árabe, tan auténtica, con sus pequeñas tiendas artesanales, su Zoco del Oro y las Especias,

o sus barquitos de madera cruzando la bahía del Creek) son insuperables, te lo aseguro.

Respecto al grupo de españolas de mi urbanización te diré que ya he ido a varias barbacoas y fiestas de cumpleaños con los niños (Alfredo aún no ha podido apuntarse a ningún plan porque siempre está liado en la oficina), y son todas muy educadas y amables conmigo, pero, no sé…

, me aburren un poco (a decir verdad, soberanamente) cuando hablan de lo felices que son, de lo bien que cocinan, de lo guapos que van sus hijos con el conjunto nuevo que les han comprado en Gocco o de lo espabiladas que son para encontrar tiendas con rebajas (las veo a todas muy obsesionadas con

hacer caja en Dubái y ahorrar lo máximo posible para irse cuanto antes de vuelta a España).

Debería estarles muy agradecida por lo que se preocupan por mí, porque siempre se ofrecen a echarme una mano en lo que sea, y de verdad lo estoy, pero soy demasiado independiente para ir con ellas a todas partes, y tampoco me aporta nada hablar de recetas de cocina cuando apenas sé freír un huevo,

que para eso está mi estupenda maid (interna) filipina, Joan, que además de llevar la casa (esta frase parece de mi madre, que en paz descanse) de maravilla, adora a mis hijos y siempre tiene una sonrisa dibujada en el rostro.

Por eso siempre que me llama Céline (la adquisición belga que ya te comenté) me apunto a lo que sea, porque con ella no tengo obligación de sonrisa Profident, ni de ir arreglada (las españolas siempre van con el vestido playero a juego con las chanclas para ir a la piscina),

ni de jugar a las casitas: con Céline soy realmente yo, sin tapujos ni máscaras.

Y además de Céline también he conocido a algunas madres encantadoras en el colegio de los niños.

Con la que mejor me llevo es con Alice, una tejana divertidísima casada con un sudafricano que es un auténtico bombón, que es más sencilla que las margaritas del campo y sin embargo tiene un puestazo importantísimo en la mayor empresa de publicidad de UAE (United Arab Emirates,

que aquí los acrónimos se llevan mucho).

El sábado pasado me invitó a pasar el día en su casa con los niños y llevé una botella de Protos: ¡antes de saludarme ya estaba abriéndola y sirviéndose una copa a rebosar!

Lo pasamos genial los niños y yo en la piscina, y luego haciendo una barbacoa en su jardín (sí, ya lo sé, otra barbacoa), y me encantó su grupo internacional de amigos que hablaban de trabajo (la mayoría de las amigas de Alice sí curran), o de viajes, o de política…

, y con los gin-tonics de después (porque nos dieron las tantas) incluso se animaron a contar chistes verdes, racistas y hasta religiosos.

Con ellos, a pesar de no conocerlos de nada, me sentí muy relajada, como si estuviera en España con mi grupo de amigos un viernes por la noche tomando copas en el jardín.

Pero que sepas que no todos mis amigos son expatriados como yo, porque a pesar del poco tiempo que llevo viviendo en Dubái y lo reacios que son los locales a mezclarse con el resto de nacionalidades que viven y trabajan en su país, a mí ¡ya me han invitado a tomar el té a casa de una emiratí!

Te cuento, porque no tiene desperdicio… Resulta que Samira es la madre de Leila, la «novia» (esto lo digo yo, porque su madre ni en broma) de Diego en el colegio: me dice la profesora que son inseparables y yo ya había notado que el niño hablaba mucho de ella en casa.

Leila es muy morenita y muy guapa, y su madre y yo habíamos coincidido ya muchas veces en la puerta de la clase esperando a nuestras respectivas criaturas mientras los veíamos jugar juntos a través del cristal.

Así fue como empezamos a hablar, al principio sobre todo de cómo se llevaban de bien los niños, pero luego fuimos profundizando en otros temas y, poco a poco, nos fuimos haciendo amigas, hasta que hace un par de días me propuso que llevara a mis hijos a merendar a su casa y a bañarse en su piscina,

porque le había hablado mucho de mí a sus amigas y querían conocerme, invitación que yo acepté encantada por la gran oportunidad que me ofrecía de entrar de lleno a conocer un mundo de costumbres religiosas y culturales completamente desconocido hasta ahora para mí.

Para ponerte en antecedentes y que comprendas la situación, te contaré que a Samira, hasta el día que fui a su casa, nunca le había visto la cara, únicamente los ojos, porque al colegio va siempre vestida con el traje tradicional para las mujeres locales,

la abaya o túnica negra hasta los pies que se ponen sobre su ropa occidental para cumplir con el precepto de que las mujeres musulmanas deben cubrirse cada centímetro de piel en los lugares públicos.

Además, en Emiratos Árabes, Arabia Saudita y la mayoría de los países de la península arábiga, algunas mujeres también optan por ponerse el niqab, un velo que cubre la cabeza completamente, tapando la nariz y la boca y dejando un hueco horizontal para los ojos,

que en el caso de Samira son preciosos, profundamente negros, con unas pestañas larguísimas, aunque, para mi gusto, demasiado maquillados.

Otra de las cosas que me impresionaron cuando la conocí es que cuando iba a recoger a su hija al colegio (aunque muchos días no iba ella personalmente,

sino una de sus muchas maids filipinas o de Sri Lanka) la esperaba en el aparcamiento del centro escolar un chófer completamente uniformado (con gorra y todo) al volante unas veces de un flamante Bentley con matrícula de dos números y otras de un Mercedes G 63.

Ya te estarás preguntando qué es eso de la matrícula de dos números, ¿verdad?