Cartas desde Dubái Dubái, 20 de octubre de 2014
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Dubái, 20 de octubre de 2014

Querida Sara,

En primer lugar, mil perdones por no haberte escrito antes, pero desde que aterricé en Dubái siento que estoy en una montaña rusa de extrañas y a la vez maravillosas sensaciones de la que aún no me he bajado… ¡Ni quiero bajarme!

Impactante, así definiría yo Dubái. De la nada y en tiempo récord (el país solo tiene 42 años) han construido una ciudad futurista de rascacielos imposibles que se iluminan con luces de neón de todos los colores cada atardecer.

Y cuando después de un día agotador —porque hasta ahora todos los días están siendo así, extenuantes—, saboreo tranquilamente mi copa de vino y enciendo un cigarrillo mientras contemplo desde mi terraza la caída de ese inmenso sol anaranjado que acaba fundiéndose con la arena abrasadora del

desierto —te aseguro que es un auténtico espectáculo—, no deseo estar en ningún otro sitio.

Es como si hubiera encontrado por fin mi lugar en el mundo.

Pero, bueno, voy a intentar superar mi tendencia natural a ponerme cursi para contarte todo lo que he hecho hasta ahora, y te juro que no he parado.

Necesitaba echar el freno unos momentos, tomar aire y contártelo todo: te he echado mucho de menos en esta nueva etapa vital y no sabes cuánto me gustaría poder disfrutar de todo esto contigo.

Lo más pesado ha sido el tema burocrático, porque en Emiratos Árabes el que trabaja (es decir, Alfredo, porque yo, por primera vez en mil años, voy a disfrutar de ser una «mantenida», como la gran mayoría de las que vivimos aquí) tiene que patrocinar a los que viven con él.

Desde que me he mudado a Dubái siento que lo único que he hecho es guardar colas interminables, aunque las «solo para mujeres» normalmente van más rápido (sí, has leído bien: en los organismos oficiales hay colas solo para mujeres, igual que hay taxis de color rosa solo para nosotras…

Increíble, pero cierto), cargada de fotocopias, y copias compulsadas y multilingües de las partidas de nacimiento, matrimonio, libro de familia, pasaportes, etc., y en cada ministerio te piden como veinte fotos para hacer cada gestión, y si te falta un papel tienes que volver al día siguiente,

y aquí todo está lejísimos y el tráfico es horroroso a pesar de las carreteras de ocho carriles…

Así que pierdes un día entero para hacer cualquier recado engorroso pero necesario, y sientes que el tiempo se está burlando de ti cada día que pasa sin poder exprimir esta ciudad, que es lo que te pide el cuerpo cuando ves los restaurantes, las discotecas, las palmeras, las tiendas, las playas…

Todo desde la ventanilla del coche y cruzando los dedos para no perderte entre tanto cartel de calles y lugares que aún no conoces, Umm Suqueim, Al Barsha, Jebel Ali, pero que suenan tan exóticos…

En fin, que ha sido una pesadilla, pero por fin tengo mi ID emiratí (como el DNI español), mi tarjeta rosa de residente en el pasaporte y el carné de conducir convalidado, para lo que, por cierto, Alfredo tuvo que firmar una carta en la que me autorizaba a conducir en UAE: manda cojo…

Lo de buscar colegio la verdad es que tampoco ha sido un camino de rosas, porque todos te cuestan un riñón y parte del otro, y hay que elegir entre diferentes currículos educativos (en este país conviven más de un centenar de nacionalidades diferentes en completa armonía),

pero los niños ya han empezado a ir por las mañanas —porque el horario escolar empieza al alba y finaliza también muy pronto—, a uno internacional donde Alá perdió el mechero (hay listas de espera larguísimas para entrar en todos los colegios y este es el único en el que han admitido a los dos) en

el que están muy contentos.

Cada día los recojo emocionados con las nuevas experiencias que están viviendo: un día Alejandro me cuenta que ha jugado con una niña marrón; otro, Diego me pregunta que por qué él no tiene los ojos como su amigo Akim, que es chino…

Da gusto con los niños, son como esponjas que todo lo absorben y de todo se empapan con absoluta naturalidad, y hasta les parece normal que algunas mujeres vayan completamente vestidas de negro o que los hombres «se pongan una sábana para salir a la calle, porque son de Dubái».

El otro día en la gasolinera, porque aquí el petróleo será baratísimo, sí, pero las distancias son muy grandes, el redicho de Diego me dijo que no le tenía que decir al empleado indio fill it, sino fill it up, please: encima de bilingüe me va a salir educado el renacuajo este.

La casa está en una urbanización de chalés adosados blancos (aquí las llaman villas), todos iguales y todos muy amplios y luminosos, llena de familias de expatriados como nosotros que generalmente tienen mucha prole (al no trabajar…)

. Yo ya he empezado a conocer a algunas chicas gracias a mis tardes de parque con Diego y Alejandro sudando la gota gorda (lo del calorazo es un capítulo aparte).

Hay una chica belga guapísima, Céline, con la que he congeniado un montón porque es muy normal (las demás no paran de decir que todo les va fenomenal y a mí me suena un poco falso) y está siempre quejándose de lo cansada que está de aguantar a los niños, que son pequeños y se portan fatal,

como los míos y como cualquier niño de esta edad; y de que su marido, que es piloto, esté todo el día fuera de casa, como el mío, que aunque no lo es, casi como si lo fuera, porque esto de que te paguen la casa, el colegio, el seguro médico, etc.,

obviamente tiene sus contraprestaciones y la verdad es que a Alfredo casi no le veo el pelo: no había trabajado tanto en su vida, el pobre.

El otro día, hartas de tanto columpio y reventadas de tanto madrugón para hacer el school run (o sea, tratar de digerir con mucha paciencia una hora de atasco a las siete de la mañana para llevar a los enanos al colegio),

me invitó a su casa para que se pegaran los cuatro niños entre ellos para variar, y nos bebimos una botella de Ribera del Duero que había traído yo de España (aquí el alcohol está a precio de Chanel nº 5), y otra de blanco francés: o sea,

que nos bebimos una botella cada una sin pestañear mientras nos contábamos nuestras vidas.

Acabamos como dos nécoras gallegas, pero muy contentas por haber tenido la suerte de conocer, en este rincón del planeta, tan lejos de nuestros respectivos países, a otro ser humano tan parecido con quien poder desahogarnos y ser nosotras mismas,

que ya sabes lo selectiva que soy yo para estas cosas.

Es que cuando la química funciona entre dos personas es como si se hiciera magia, pero sin trucos; aunque imagino que la botella de Pesquera también pudo influir.

También he conocido a un par de españolas que parecen muy simpáticas y hasta me han incluido en un chat de whatsapp de chicas (la mayoría de Madrid) que viven en mi misma urbanización.

Mi móvil no para de sonar, creo que como soy nueva están haciendo una competición para ver quién puede ayudarme más, lo cual es muy de agradecer, aunque no por ello menos agobiante.

Hasta ahora no he podido ir a ninguno de los múltiples desayunos, cumpleaños, paellas, barbacoas, etc., que organizan a todas horas, porque instalarte en un país nuevo es agotador y estresante.

Supongo que ya tendré tiempo de ir conociéndolas, pero sinceramente no creo que yo me apunte a muchas de sus mañanas de compras en Karama (el megasitio de las falsificaciones de Dubái),

porque entre que yo no he llevado un bolso de marca en mi vida (ni falso ni auténtico) y que hay tan buena literatura ahí fuera con tan poco tiempo libre para leerla…

Supongo que a estas alturas ya te estarás preguntando cómo llevo yo el bajarme de los tacones de aguja y pisar moqueta a las chanclas y la arena del desierto, sabiendo que probablemente no vuelva a sentarme sobre el cuero de mi despacho ni a tener una secretaria que me lleve la agenda nunca más.

Pero te aseguro que la transición ha sido más suave que la española: en el fondo lo estaba deseando…

La oferta laboral que le han hecho a Alfredo aquí, si bien se la he vendido como «si a ti esto te hace ilusión y va a beneficiar tu carrera, yo te apoyo y me voy contigo» (porque una se puede poner el disfraz de maruja sin volverse estúpida de repente),

lo cierto es que todo este cambio ha supuesto un gran alivio para mí.

En los últimos años, aunque ya sabes que yo no soy de las que se quejan, ya casi no podía soportar la presión laboral de estar en la cima y, sin embargo, sintiéndome siempre como si una espada de Damocles fuera a caer sobre mi cabeza en cualquier momento por cualquier mínimo error,

o simplemente por alguna conspiración palaciega injusta.

Recuerdo las vacaciones de Navidad de mis hijos más preocupada por saber si finalmente me iban a dar la paga de objetivos que por elegir sus regalos de Papá Noel, los domingos en el RACE agobiada por la reunión de directivos de los lunes, anticipándome a alguna traición de alguno de los socios,

presagios que normalmente se hacían realidad, en lugar de recoger a mis hijos en el tobogán y empujarlos en el columpio.

Y lo de bañar a los niños, darles la cena y poder contarles un cuento juntos en la cama solo podía hacerlo los sábados y domingos, porque entre semana llegaba de la oficina cuando estaban dormidos y los viernes Alfredo y yo entrábamos por la puerta de casa tambaleándonos después de la sobremesa de

nuestra comida semanal, donde la orgía de copas duraba lo que duraba, porque era la única manera, por lo menos para mí, de lograr atontarme, desconectar y desestresarme de mi semana en las trincheras, en un ambiente hostil que me daba mucho dinero, mucho prestigio y un gran poder,

todo el que te puedas imaginar, pero que me estaba privando de lo más importante: de disfrutar de los besos y abrazos que Diego me da espontáneamente cada día, porque ni siquiera sabía que tuviera un hijo tan sensible y cariñoso,

o de darme cuenta de que Alejandro no sabe pronunciar la erre fuerte y por eso no sabe decir que el perro de san Roque no tiene rabo…

He tenido que dejar un puesto de trabajo que me había costado sangre, sudor y lágrimas conseguir y que era la envidia de todos para aprender estas y muchas otras cosas de mis propios niños, que ya nunca más van a tener cuatro y cinco años.

Ni siquiera me acuerdo de si tuve tiempo para organizar una fiesta el día que cumplieron tres y dos.

Así que, cariño, quédate tranquila, que lo de que me tenga que autorizar Alfredo para conducir es una nimiedad comparado con saber, ahora sí, los nombres de los amiguitos de mis hijos, y ponerles su disfraz de Spiderman para ir a la fiesta de su compañero de clase:

esa satisfacción te hincha el corazón hasta casi hacerlo explotar, mientras lo de antes solo te alimentaba la vanidad y te llenaba los bolsillos.

Bueno, guapísima, te tengo que dejar ya, que me quedan un par de muebles que comprar y precisamente en el chat ese de las españolas acaban de comentar que hay rebajas ahora en una tienda «ideal con un toque colonial» que se llama Marina,

así que me voy a ver si compro un par de sofás y algún cuadro o elemento decorativo que estratégicamente colocados disimulen que mi casa es una copia exacta del catálogo de Ikea de esta temporada.

Te quiero, amiga; te llevo siempre en el corazón.

Un millón de besos

Lola