Carrera a Kuelap 81 - Convencimientos
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81 - Convencimientos

Un guerrero más viejo, con una cicatriz profunda que le atravesaba el rostro desde el rabillo del ojo hasta la mandíbula, le interpela.

Sus ojos, cansados y llenos de historia, se fijan en los suyos con una mezcla de resignación y terquedad.

Él empuña un bastón ceremonial desgastado por el tiempo y la falta de uso.

Se aclara la garganta, la voz áspera como piedra.

— Kuélapaj jani jispayañjamawa, k'ajü. Jisk'a wawa samkakik thakaskta.

(Kuélap no tiene forma de ser salvada, joven.

Es un sueño de niño lo que persigues.) — dice, con tono de autoridad incuestionable.

— Tawantinsuyuj jach'a k'apawa, ankaj k'ita jiranajamawa.

Nänakana pirkanaakasajja, kawkïri jach'äkchisa, sip'i sip'i utjamakiwa Sapa Inka kayupatakija.

(El Tawantinsuyu es demasiado grande, vasto como la selva.

Nuestras murallas, por más altas que sean, son solo hormigueros ante el pie del Sapa Inca.)

Él duda, su mano arrugada apretando el bastón.

— Nayax arunakamarux, jank'iñata ukat qhathisiñata, iyaw sajja.

Jaqinakaman chiqapa uñjawimpi parlastaxa.

Ukasti, q'axü…  (Creo en tus palabras, sobre la urgencia y el peligro.

Hablas con la verdad en tus ojos. Pero, mi joven…) — un suspiro pesado escapa de sus labios.

— Awkiman qhipa thakipajj, sintt'asisa, qillqatäjjewa.

Walja pacha Apunaka ukat jach'a jaqinaka kawkïris pasani uk amtapxänwa.

(El destino de tu padre, desafortunadamente, ya está trazado.

Hace mucho que los dioses y los hombres poderosos decidieron lo que sucedería.)

Sientes un escalofrío al oír eso, el peso de la responsabilidad aplastando tu pecho.

Una claridad dolorosa se apodera de ti. Llevar a estos hombres al corazón del peligro sería un riesgo imprudente e innecesario para tu pueblo.

La voz de Chispi resuena en tu memoria: “Ukhama taqikunaru jark’aqañani.

( Así, protegeremos a todos. )” Él tenía razón.

Tu padre es tu responsabilidad y solo tuya.

La misión de salvarlo recae enteramente sobre tus hombros.

Te giras hacia el grupo, sus rostros llenos de esperanza, pero también de cansancio y miedo, y apuntas hacia la salida, hacia donde tu pueblo evacua la fortaleza.

– Nänakana jaqinakar arkapxma. Jani akankapxamti.

(Sigan a nuestro pueblo. No se queden aquí.) – dices, con la voz embargada por la emoción y la necesidad de ser honesto.

Ellos escuchan, cabizbajos, pero no sin comprender.

Observan hacia donde apuntas. Uno de ellos, otro joven, este con un arco a la espalda, habla por todos:

— Amuynapama ukat jisk'a q'ipikamax iyawsapjjaraktwa, ukasti, nänakana familiasanakajja yaqha jisk'a qhispiyaña utanakaruw sarapjjewa, nayra thakhinaka kawkïris apaskitu ukaru.

Jumana qhipa thakipajja janiw awkimanki ukham qillqatäkaniti.

Qurpachasipkma. (Respetamos tu decisión y tu carga, pero nuestras familias se dirigen a otros refugios, hacia donde los viejos caminos aún nos llevan.

Tu destino no está trazado como el de tu padre. Ven con nosotros.)

Bajas la cabeza, resignado, y sales rápido de su compañía. Tienes mucho en qué pensar.

¿Qué hacer?

82 - Ir a la entrada principal de Kuélap, intentar salir solo

47 - Unirse a tu pueblo en la evacuación de la ciudad